Philippe Faure-Brac nunca había visitado Habitation Clément. Mejor Sumiller del Mundo en 1992, y miembro de los Meilleurs Ouvriers de France (Mejores Artesanos de Francia) con título honorífico desde 2015, vino a Martinica para contemplar el rhum agricole desde el mismo lugar donde se elabora: la caña, las bodegas, el embotellado y la degustación.
Una primera visita a Habitation Clément
EnHabitation Clément, en Le François, esta visita tenía un significado especial. Philippe Faure-Brac ya conocía los rones Clément, su posicionamiento de calidad y su mundo. También había colaborado en el libro Rhum Clément, une histoire de famille (Ron Clément, una historia de familia), aportando su visión sobre la precisión aromática, el equilibrio y la tradición de excelencia de la casa.
Pero le faltaba la experiencia del lugar. La luz, la temperatura, el ambiente de las bodegas y la interacción con los equipos. “¿La primera vez en Martinica? Iba a decir por fin”, dice, recordando que llevaba años queriendo sumergirse en la cultura del ron de Martinica.
Esta visita, organizada por rones Clément, reunió dos mundos: el de la sommellerie francesa y el del patrimonio ronero de Martinica. Dos mundos diferentes, pero unidos por una misma exigencia: comprender lo que un producto dice de su territorio.
De la caña a la botella, la precisión es el principio rector
La jornada comenzó con una inmersión en el proceso de producción. Philippe Faure-Brac visitó la línea de embotellado de los rones JM y Clément. Vio un proceso que describió como “extremadamente preciso”, apoyado por instalaciones industriales donde “todo está controlado, supervisado y optimizado”.
Esta precisión no es un detalle. En la obra se embotellan de 2 a 3 millones de botellas. Los equipos controlan el grado real de alcohol, el grado aparente, el oscurecimiento, los depósitos de inercia, el depósito de regulación y la primera botella que sale de la llenadora. La tolerancia indicada en el momento de la visita está muy controlada: para un ron etiquetado a 50 grados, el grado real puede estar entre 49,7 y 50,3.
Este rigor da una interpretación diferente del ron. Detrás de la imagen festiva del ti-punch o del planteur, hay una serie de controles, gestos y decisiones técnicas. Para Philippe Faure-Brac, el embotellado es la última etapa antes de la comercialización, pero sólo puede entenderse volviendo al origen: la caña de azúcar.
Mencionó las cañas azules y rojas, simbólicamente cortadas, saboreadas y masticadas, para captar lo que la materia prima ya puede llevar. Más allá del dulzor, cree que hay notas y aromas vegetales y amaderados que pueden encontrarse en el producto final, tras la fermentación y el envejecimiento.
El ron agrícola de Martinica como identidad territorial
Uno de los aspectos más destacados de esta reunión fue la opinión de Philippe Faure-Brac sobre el ron agrícola de Martinica. Para él, la denominación de origen controlada no es sólo una norma administrativa. Refleja una historia, una cultura, una geología, una climatología y un proceso preciso.
Insiste en una idea esencial: un ron producido en Martinica no sabrá igual que un ron producido en otro lugar, ni siquiera en otra isla. Esta diferencia no es una estratagema de marketing. Se basa en una tipicidad reconocida, controlada y validada, determinada por comités de cata.
Aquí es donde la noticia va más allá de la simple visita de un gran nombre de la sommellerie. Es un recordatorio de que el ron agrícola de Martinica es un producto local. Lleva el recuerdo de la caña de azúcar, la historia del ingenio azucarero, el trabajo de las bodegas y la paciencia del envejecimiento.
Cuando el ron entra en el mundo de la gastronomía
Philippe Faure-Brac también defiende un enfoque gastronómico del ron. No niega su papel en los cócteles. Al contrario, señala que esta imagen festiva forma parte de su identidad. Pero abre otra vía: la de la degustación del ron en la mesa. Imagina un ron añejo con queso o ciertos postres. También evoca un ron blanco servido muy frío, casi escarchado, cuya textura se vuelve más untuosa, más grasa, y que podría acompañar a pescados ahumados. La visión de este sumiller permite sacar al ron de su uso único, sin desvincularlo de su historia.
El reto está claro: hacer comprender a la gente que se puede pensar en los grandes licores caribeños con la misma precisión que en los grandes vinos o aguardientes. El objetivo no es fijarlos en un discurso elitista, sino demostrar mejor su profundidad.
Un patrimonio que respetar y transmitir
Al final del debate, Philippe Faure-Brac reiteró una idea sencilla: los licores son un producto que hay que respetar. Debe consumirse con moderación, pero también con precisión, disfrute y cuidado. Esta frase resume quizá el sentido de su visita. EnHabitation Clément, el ron no es sólo una bebida. Se convierte en un patrimonio vivo, vinculado a un lugar, a unos gestos, a unos equipos y a una cultura. “Una gran bebida, como ocurre aquí, une a la gente”, afirmó.
Con esta visita, los rones Clément prosiguen su diálogo con los grandes nombres de la cata. Y Martinica nos recuerda una vez más que su ron agrícola no es sólo un producto de exportación: es una forma de contar la historia de un territorio al mundo.
Philippe Faure-Brac vino a Martinica invitado por los rones Clément para descubrir la Habitation Clément, donde se produce, sus bodegas, su línea de embotellado y sus equipos. La visita era importante porque, aunque ya conocía los rones Clément y había colaborado en el libro Rhum Clément, une histoire de famille, nunca antes había visitado este lugar patrimonio de Martinica.
A Philippe Faure-Brac le impresiona especialmente la fuerte identidad del ron agrícola de Martinica. Según él, esta singularidad procede del territorio, la caña de azúcar, el clima, la geología, el saber hacer y el marco de la denominación de origen controlada. Insiste en que un ron producido en Martinica no puede saber igual que uno elaborado en otro lugar, porque lleva el sello de su lugar de origen.
Philippe Faure-Brac adopta un enfoque gastronómico del ron. Señala que el ron tiene una dimensión festiva, sobre todo en los cócteles, pero también se puede disfrutar de otras maneras. Por ejemplo, sugiere maridar un ron añejo con queso o un postre, o un ron blanco servido muy frío con pescado ahumado. Su visión demuestra que el ron de Martinica puede encontrar su lugar en experiencias de degustación específicas, del mismo modo que otras grandes bebidas espirituosas.