Fundada en 1511, Baracoa fue la primera ciudad colonial de Cuba. Sin embargo, no fue hasta diciembre de 1965 cuando contó con una conexión por carretera moderna con el resto del país. Entre esas dos fechas, 454 años que cuentan una historia de cómo la geografía ha protegido, frenado y moldeado profundamente la identidad de la «Ciudad Primada».
Una carretera que parece colgar entre la montaña y el precipicio
En La Farola, el trayecto nunca parece una simple entrada a la ciudad. La carretera se aferra a las laderas del macizo de Sagua-Baracoa, encadena una curva tras otra y domina valles cubiertos de vegetación. Para los conductores, cada curva les recuerda lo mismo: llegar a Baracoa por tierra fue durante mucho tiempo todo un reto.
La ciudad está en el extremo oriental de Cuba, entre el Atlántico y una cordillera difícil de atravesar. Esta ubicación le ha regalado paisajes espectaculares, pero también ha limitado las comunicaciones por tierra durante siglos. Baracoa no estaba aislada del mundo: el mar, los senderos y los intercambios locales mantenían los vínculos. Sin embargo, carecía de una carretera continua comparable a las del resto de la isla.
1511: la primera ciudad de Cuba
Diego Velázquez fundó Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa en 1511. Las fuentes oficiales cubanas la describen como la primera villa, la primera capital y la primera sede episcopal de Cuba. Además, conserva su ubicación original, otra singularidad entre las primeras fundaciones españolas de la isla.
Esta situación podría hacer pensar que la ciudad se convertiría rápidamente en el centro de los intercambios nacionales. Pero la historia tomó otro rumbo. Tras el traslado del poder colonial a otras ciudades, Baracoa quedó aislada tras sus montañas. Su fachada marítima siguió siendo fundamental, mientras que su interior desarrollaba sus propias prácticas agrícolas, alimentarias y culturales.
Este relativo aislamiento contribuyó, sobre todo, a reforzar el papel del cacao y el coco en la economía local. Incluso hoy en día, estos cultivos siguen estando muy ligados a Baracoa, hasta el punto de que se reflejan en sus recetas y en sus paisajes rurales.
36 kilómetros construidos en 20 meses
El cambio empezó en abril de 1964. Se iniciaron las obras del viaducto de La Farola para crear un paso por carretera a través del macizo. Las obras abarcaron 36 kilómetros y terminaron en diciembre de 1965, tras veinte meses de trabajo. Los constructores se enfrentan a pendientes, barrancos, lluvias torrenciales y deslizamientos de tierra. Algunas obras se llevan a cabo en laderas empinadas, con poco espacio para la maquinaria. Así que el reto no es solo construir una carretera, sino mantener una trayectoria estable en una montaña húmeda y accidentada.
En 1997, La Farola fue incluida entre las siete maravillas de la ingeniería civil cubana. Este reconocimiento resume su importancia técnica, pero no del todo su importancia humana. La carretera establece por fin una conexión terrestre regular entre Baracoa, Guantánamo y el resto del país. Facilita el desplazamiento de la gente, las mercancías y los servicios, sin ignorar las dificultades que plantea el relieve.
Una biodiversidad que también explica el aislamiento
Las montañas que rodean Baracoa no son solo un obstáculo. Forman parte de uno de los conjuntos naturales más destacados de las Antillas. La reserva de la biosfera de las Cuchillas del Toa abarca 208 305 hectáreas, de las cuales 6 013 son marinas. La UNESCO ha registrado allí 928 especies endémicas. Estas cifras nos dan otra perspectiva de La Farola. La carretera atraviesa un territorio al que es difícil llegar, lo que probablemente ha ayudado a conservar unos ecosistemas excepcionales. Así que la apertura de la carretera ha conectado Baracoa con el exterior, pero también ha planteado una cuestión que seguirá vigente: ¿cómo mejorar la movilidad sin poner en peligro lo que hace que esta región sea única?
Lo que 454 años han dejado en Baracoa
La Farola ha cambiado la relación de Baracoa con Cuba, pero no ha convertido a la ciudad en un destino cualquiera. Su arquitectura, sus cultivos, su relación con el mar y su entorno montañoso siguen reflejando una historia que se ha forjado lejos de las grandes vías de comunicación.
Quizá ese sea el verdadero mensaje que hay que recordar. Baracoa no solo esperó una carretera durante 454 años. Durante esa espera, desarrolló una identidad lo bastante fuerte como para sobrevivir a su apertura. Sesenta años después de La Farola, el reto ya no es llegar a la ciudad. Se trata de saber cómo conectarla mejor sin mermar esa singularidad que su aislamiento ha ayudado a forjar. Una ecuación que se ha vuelto clave para su futuro cultural y medioambiental.
Baracoa se considera la primera ciudad colonial de Cuba, ya que se fundó en 1511 con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa. También fue la primera capital y uno de los primeros centros administrativos y religiosos de la isla. Sin embargo, su ubicación, entre el océano Atlántico y las montañas del este de Cuba, limitó su desarrollo por tierra durante varios siglos.
La Farola es una carretera de montaña construida entre 1964 y 1965 para unir Baracoa con el resto de la provincia de Guantánamo y de Cuba. Con una longitud de unos 36 kilómetros, atraviesa un relieve escarpado marcado por barrancos, pendientes y fuertes lluvias. Su inauguración puso fin al aislamiento terrestre histórico de Baracoa y facilitó la circulación de la gente, los servicios y las mercancías.
Baracoa te permite entender cómo varios siglos de aislamiento han forjado una identidad local única. La ciudad se asocia sobre todo con el cacao, el coco, su arquitectura histórica y su entorno montañoso. Los viajeros también pueden pasear por La Farola, contemplar los paisajes dominados por El Yunque y descubrir una región cercana a la reserva de la biosfera de Cuchillas del Toa.