Bushinengués: el arte-memoria de los descendientes de los cimarrones de Surinam y Guayana Francesa

bushinengués

Los bushinengués tienen una historia nacida de la huida, el bosque y la reconstrucción. En Papaïchton, a orillas del río Maroni, Carlos Adaoudé, conocido como Kalyman, esculpe y pinta formas inspiradas en las decoraciones que adornaban las casas tradicionales bushinengue. Adaoudé es escultor. Pero también es un transmisor de la memoria: cada pieza que crea es una prolongación del saber hacer que ha permitido a toda una cultura sobrevivir a la esclavitud y a la agitación contemporánea.

En este arte, nada es meramente decorativo. Las líneas, los colores y las formas geométricas hablan de una forma de habitar el mundo. Son portadoras de signos, mensajes y recuerdos. Tembé se lee como una memoria transmitida por la madera, el color y el gesto.

Sociedades libres nacidas del marronazgo

Los Bushinengués, o Bushinenge como a veces se escribe, son descendientes de africanos esclavizados que escaparon de las plantaciones de Surinam, entonces colonia holandesa, en los siglos XVII y XVIII. En el interior de la selva, construyeron sociedades autónomas basadas en la herencia africana, las adaptaciones locales y los conocimientos forjados mediante la resistencia.

Esta historia no trata sólo de la huida. También trata de la organización política, las estrategias militares, las alianzas y las negociaciones. La resistencia de los grupos cimarrones llevó a las autoridades coloniales holandesas a firmar varios tratados de paz: con los ndyuka, también conocidos como okanisi, en 1760, con los saamaka en 1762, y luego con los matawai en 1767.

En la actualidad, existen generalmente seis grandes grupos bushinengue: los saamaka, los ndyuka u okanisi, los aluku o boni, los paamaka, los matawai y los kwinti. Su historia transcurre principalmente entre Surinam y Guyana. El Maroni, conocido como Marowijne en el lado surinamés, sigue siendo uno de los ejes centrales de esta historia.

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Los Maroni, tierra de vida y transmisión

En la Guayana Francesa, las comunidades bushinengue tienen una fuerte presencia en la Guayana Occidental, sobre todo a lo largo del río Maroni. Saint-Laurent-du-Maroni, Apatou, Grand-Santi, Papaïchton y Maripasoula son lugares donde esta presencia se manifiesta en las lenguas, las familias, las canoas, las casas y los vínculos con el vecino Surinam.

El río no es sólo un límite administrativo. Para las personas que viven en sus orillas, es una ruta, una memoria y un espacio vital. Los intercambios, los mercados, el parentesco y las prácticas culturales recuerdan que la historia del Bushinengués se entiende ante todo a partir del río.

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Tembé, un arte cotidiano convertido en patrimonio

Una de las expresiones más visibles de la cultura material bushinengue es el tembé. Este arte gráfico, esculpido o pintado, está vinculado a los pueblos cimarrones de Guyana y Surinam. Se expresa en madera, lienzos, calabazas, telas, objetos cotidianos y elementos del hábitat tradicional.

Tradicionalmente, los motivos tembé adornaban las piraguas, los remos, los bancos, los peines, las puertas, las fachadas y los frontones de las casas. En algunas comunas del Maroni, sobre todo Apatou, Maripasoula y especialmente Papaïchton, las casas tradicionales llamadas ossu tenían un frontón decorado, el kopo.

El tembé se incluyó en el Inventario Nacional del Patrimonio Cultural Inmaterial de Francia en 2020. Este reconocimiento da visibilidad institucional a una práctica que se ha transmitido durante mucho tiempo a través de familias, pueblos y objetos cotidianos. También sirve para recordar que este patrimonio no es estático. Sigue evolucionando e inspirando a las nuevas generaciones.

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Lenguas portadoras de historia

Otra singularidad bushinengue tiene que ver con las lenguas. En la Guayana Francesa, las referencias institucionales reconocen el neng(e), con sus componentes aluku, ndyuka y pamaka, así como el saamaka entre las lenguas de Francia. El sranan tongo, un criollo surinamés, también se habla en Guayana Occidental.

Estas lenguas no son simples medios de comunicación. Son portadoras de la memoria del abandono, de las migraciones y de las relaciones entre las orillas. Hablan del mundo desde una experiencia histórica concreta: la de los pueblos que han reconstruido una sociedad libre lejos de las plantaciones.

El reconocimiento institucional sigue siendo frágil

El papel de los bushinengués en la vida institucional de Guayana se ha ido afirmando progresivamente. En 2008 se creó el Consejo Consultivo de las Poblaciones Amerindias y Bushinenge. Posteriormente, el Gran Consejo Consuetudinario de las Poblaciones Amerindias y Bushinenge de Guayana Francesa reforzó este reconocimiento.

La cuestión de la tierra sigue siendo central. En la Guayana Francesa, las Zonas de Derechos de Uso Colectivo, las concesiones colectivas y las cesiones colectivas son herramientas de la legislación francesa. Reconocen determinados usos colectivos relacionados con el bosque, la caza, la pesca, la recolección y la tala y quema. Pero estos mecanismos siguen estando vinculados al arbitraje administrativo y a las tensiones locales.

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Una cultura ante los retos del presente

El futuro de las comunidades Bushinengue también depende del medio ambiente. La presión del lavado ilegal de oro, la contaminación por mercurio, los daños a los ríos y las tensiones en torno a la selva pesan mucho sobre los territorios del interior de la Guayana Francesa.

Pero la historia de los bushinengués no es sólo una historia de amenazas. También es una historia de creación. Tembé sigue inventándose. Las lenguas siguen circulando. Las familias, las asociaciones, las autoridades consuetudinarias y los habitantes del Maroni siguen transmitiendo sus conocimientos, un proceso que va más allá del patrimonio.

Los bushinengués son portadores de una memoria caribeña esencial. Su historia es un recordatorio de que la libertad no se consiguió únicamente por decreto. También se construyó en la selva, en los ríos, en las lenguas, en las casas, en los objetos y en los gestos transmitidos.

Los bushinengués son descendientes de comunidades cimarronas formadas por africanos esclavizados que escaparon de las plantaciones de Surinam en los siglos XVII y XVIII. Construyeron sociedades autónomas en el interior de la selva, principalmente entre Surinam y Guyana. Su historia está ligada al marronaje, al río Maroni, a las lenguas criollas bushinengue y a una cultura material muy fuerte, de la que el tembé es una de las expresiones más visibles.

El tembé es mucho más que una forma de arte decorativo. Entre los bushinengués, aparece en canoas, remos, bancos, peines, puertas y frontones de las casas. Sus motivos geométricos transmiten una memoria, una identidad y una forma de vincular a las generaciones. Incluido en el Inventario Nacional del Patrimonio Cultural Inmaterial de Francia en 2020, el tembé es prueba de un patrimonio vivo que se sigue practicando, reinterpretando y transmitiendo en la Guayana Francesa.

El pueblo bushinengue vive principalmente en Surinam y Guayana Francesa, con una presencia especialmente fuerte en Guayana Occidental, a lo largo del río Maroni. Municipios como Saint-Laurent-du-Maroni, Apatou, Grand-Santi, Papaïchton y Maripasoula están vinculados a esta historia. El río Maroni desempeña un papel central, vinculando familias, lenguas, prácticas culturales y desplazamientos entre las dos orillas.

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