Félix Mérine creció muy cerca del agua, en una casa frente al mar. Desde muy pequeño, el yawl formó parte de su vida cotidiana, sin imaginar que esta embarcación tradicional sería su compañera de por vida. Pero fue mucho más tarde, tras las tormentas de la vida, cuando Félix Mérine comprendió el poder de esta embarcación. El yawl no sólo le enseñó a navegar, sino que le dio un camino, una dirección, una razón para actuar. Hoy, este timonel convertido en empresario se dedica a transmitir lo que el mar le ha dado.
Un hijo del mar, forjado por las olas
Félix Mérine creció a dos pasos del mar, en Robert, en una casa donde el agua formaba parte de la vida cotidiana. Muy joven, descubrió el mundo de la trainera junto a sus tíos. No subió a bordo de inmediato; al principio observaba, aprendía y escuchaba. Construía pequeños yawls en la calle, ayudaba a lavar las velas y participaba en la vida del yawl sin saberlo. Ahí es donde empieza todo: en los gestos repetidos, las miradas intercambiadas, el respeto silencioso de los mayores.
A la deriva pero no perdidos
A los 16 años, Félix Mérine dejó la escuela. “No hice caso a mi madre”, dice sin rodeos. Entró en una época turbulenta. El servicio militar en Lyon le marcó profundamente. Disciplina, respeto, responsabilidad: descubrió reglas estrictas que aplicaba sin rechistar.
A 8.000 kilómetros de distancia, el consejo de su madre por fin tenía sentido.
A su regreso, sus tíos volvieron a embarcarlo en un yawl. Esta vez, se enroló para siempre.
El yawl como disciplina, el deporte como trampolín
En 1987, fundó su asociación e impuso reglas estrictas: entrenamiento regular, nada de alcohol, espíritu de equipo y respeto mutuo. Llevó su tiempo, pero los resultados llegaron. El yawling se está convirtiendo en algo más que un deporte: se está convirtiendo en una escuela.
“El yawl me salvó la vida”, dice Félix Mérine.
Lo que aprende en el agua, lo aplica en su negocio. Hoy dirige una empresa de transporte que opera en el Caribe, con más de 60 empleados. Lo que le transmitieron, él lo transmite a su vez. “Lo que me transmitieron mis mayores, tengo el deber de transmitirlo a mi vez”, afirma.
Transmitir el legado para construir el mañana
Actualmente retirado de las competiciones, Félix Mérine dedica su tiempo a transmitir sus conocimientos. Supervisa a jóvenes que han perdido el rumbo, comparte su experiencia y dirige un proyecto de reinserción de reclusos mediante la navegación a vela. Para él cada esfuerzo cuenta, y puede cambiarlo todo. “Nada está perdido”, dice gravemente, “incluso cuando todo parece estarlo”. Lo que ha recibido de sus mayores ha sido decisivo, y sabe que un joven bien rodeado también puede encontrar su camino.
La historia de Félix Mérine es la de un hombre que encontró en el mar un marco, un sentido, una fuerza. Hoy trabaja para ayudar a otros a seguir adelante. Porque a veces basta un punto de referencia, un oído atento o un barco para que todo vuelva a ponerse en marcha.
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