La serie Historias del cine caribeño sigue recorriendo varias décadas de creación en la región. Tras un primer episodio que se remonta a los años 60, desde Cuba hasta el surgimiento del cine jamaicano con *The Harder They Come*, esta segunda entrega nos lleva a Trinidad y Tobago, a Cuba y luego a Guadalupe.
Entre conflictos sociales, la memoria de la esclavitud y las reivindicaciones políticas, tres películas muestran cómo el cine caribeño se adentra desde muy pronto en la historia y las relaciones de poder. Este artículo es el segundo episodio de una serie de diez. La primera entrega ya está disponible en Richès Karayib y otras ocho entregas continuarán esta cronología hasta 2025.
1974: TRINIDAD Y TOBAGO – BIM, DE HUGH A. ROBERTSON
Hugh A. Robertson tiene una trayectoria poco habitual entre los directores de cine del Caribe. Neoyorquino de padres jamaicanos, empezó muy joven en la industria cinematográfica y ha desempeñado diferentes puestos, entre ellos el de montador en películas como la famosa *Macadam Cowboy* (John Schlesinger, 1969), con Dustin Hoffman y John Voight, y uno de los clásicos de la «Blackploitation», Shaft, las noches rojas de Harlem (Gordon Parks, 1971), con Richard Roundtree.
Por la primera, fue nominado al Óscar al mejor montaje (una primicia para una persona negra) y ganó el BAFTA ese mismo año. Tras algunos trabajos para la tele y el largometraje Melinda (1972), una «película negra», según decía el cartel, se mudó al archipiélago de Trinidad y Tobago con su mujer y sus hijos, donde dirigió Bim y luego Obeah (1987), su segunda película, que se estrenó justo cuando falleció el director. Bim, inspirada en la trama clásica de una película de gánsteres, cuenta la historia de un trinitense de origen indio que, tras sufrir muchas vejaciones desde pequeño, se convierte en un capo y acaba metiéndose en política.
Lo que llama la atención de esta película es la franqueza con la que se muestran los conflictos interétnicos, sobre todo entre personas de origen africano y de la India (cada uno de estos grupos representa más o menos el 40 % de la población de la isla), desde el colegio hasta el ámbito político (donde la minoría blanca parece «mover los hilos»), pasando por la vida de pareja. Algunas secuencias tienen un marcado carácter etnográfico: por ejemplo, la película empieza con una boda hindú tradicional.
Aunque este último es mayoritariamente urbano, al igual que The Harder They Come (Perry Henzell, 1972), ya que Trinidad y Jamaica cuentan con grandes ciudades históricas, como Puerto España y Kingston, respectivamente, el trabajo en los campos de caña de azúcar, base histórica de la mayoría de las sociedades caribeñas, cobra protagonismo en una trama que se desarrolla en la época colonial, en plena efervescencia independentista de los años 1950-1960.
La marcada conciencia política de esta película recuerda a algunas películas trinitenses anteriores, como The Right and the Wrong (1970), del director indio Harbance Kumar, que trata sobre una revuelta en una plantación en una época indeterminada. Por otra parte, Bim destaca por su energía y la impresionante interpretación de Ralph Maharaj en el papel protagonista. Teniendo en cuenta la trayectoria de Robertson en el mundo del cine estadounidense, no es descabellado pensar que Brian De Palma viera su película, ya que la interpretación brillantemente exagerada de Al Pacino en Scarface (1983) recuerda mucho a Bim en varias ocasiones.
1976: CUBA - LA ÚLTIMA CENA, DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA
Este clásico es una película imprescindible sobre cómo se retrata la esclavitud en el Caribe, igual que lo es, para el sur de Estados Unidos, «Doce años de esclavitud» (Steve McQueen, 2013). Inspirada en la novela El Ingenio (La Plantación) de Manuel Moreno Fraginals (que a su vez se basa en hechos reales), la trama de La Última Cena se desarrolla en una plantación esclavista de Cuba, en el siglo XVIII, durante la Semana Santa.
Un gran terrateniente, un noble católico practicante, decide revivir, alrededor de una mesa bien surtida, los gestos de Cristo, en presencia de doce de sus esclavos. Todos comen y beben hasta saciarse. Al día siguiente, el capataz despierta a los esclavos para mandarlos a trabajar a los campos de caña de azúcar. Estalla una revuelta…
En un cine que, en un primer momento, apenas aborda la «cuestión negra» (por citar el título de un libro del intelectual trinitense C.L.R. James), esta película se enfrenta al pasado esclavista, común a la gran mayoría de los países caribeños, a través de una puesta en escena (visual y sonora) de una minuciosidad poco común sobre la jerarquía «racializada» propia de las plantaciones: los cuerpos blancos y negros no ocupan allí el mismo lugar (ni en sentido espacial ni en sentido figurado) ni tienen el mismo derecho a expresarse.
La secuencia del banquete (la famosa recreación de la Última Cena), de casi 45 minutos, destaca tanto por su gran maestría teatral (los diálogos y la interpretación de los actores) como cinematográfica (el montaje técnico, en el que los cambios de ángulo de cámara se asocian a las relaciones de poder entre los personajes). En cuanto al último tercio de la película, es una de las más bellas representaciones —tanto por los movimientos de cámara como por el encuadre de los cuerpos y los paisajes— de una revuelta de esclavos seguida de una fuga (huida de los esclavos de la plantación) que se haya hecho hasta la fecha. ¡Una auténtica obra maestra!
1979: GUADALUPE - «COCO LA FLEUR», CANDIDATO, DE CHRISTIAN LARA
Esta película del director más prolífico de las Antillas francesas, que ha conseguido la hazaña de rodar casi 25 películas (aunque a veces fuera en condiciones técnicas precarias), marca el inicio del cine antillano. Dos años antes, por allí en Martinica, el largometraje Dérives ou la femme-jardin (1977), de Jean-Paul Césaire —uno de los hijos del poeta, político y defensor de la negritud Aimé Césaire—, no había tenido la suerte de estrenarse comercialmente en las salas.
Inspirado libremente enUna isla al sol de Robert Rossen (1957), con el famoso Harry Belafonte, Coco la Fleur, candidato es una comedia política que cuenta la historia de Coco, un candidato supuestamente «apolítico» manipulado por los tecnócratas de la prefectura, que durante la campaña decidirá preocuparse por el futuro de su «país». La reivindicación (como mínimo) autonomista de Guadalupe y Martinica la plantea sin rodeos el protagonista principal de este cine joven, que en varias ocasiones asume el papel del narrador criollo tradicional, un personaje clave en este conjunto de películas.
Por otra parte, esta película apuesta por el uso masivo del criollo. Tuvo un éxito rotundo, con más de 100 000 espectadores entre Guadalupe y Martinica, según diversas fuentes, y se mantuvo en cartelera en el cine Louxor de París durante varios años. Una mezcla eficaz de ligereza y reivindicaciones políticas que el director retomará con brillantez en su tercera película, *Mamito* (1980), otro clásico de este cine, cuyo personaje principal es una madre criolla (que cría sola a sus hijos).
Interpretado por la imprescindible Lucrèce Saintol (que también hace de madre de Coco), lo que pone claramente de manifiesto la «fémifocalidad» del cine antillano, es decir, la presencia casi sistemática de mujeres fuertes (fanm doubout) en este cine. Esa presencia destacada de las mujeres ya la anunciaba Dérives ou la femme-jardin, una película libremente inspirada en el relato Alléluia pour une femme-jardin del autor haitiano René Depestre, con su enigmática protagonista Isa.
Sobre el autor
Guillaume Robillard es doctor en cine, profesor e investigador, director de documentales y especialista en cine y producción artística antillana. Es autor de dos libros: «La conquista del espacio y del tiempo: el cine antillano (Editorial Jannink, «Hypothèses d’Art», 2023) y Un cine descolonial: los personajes del cine antillano (Presses Universitaires des Antilles, «Arts et Esthétique», 2024).