Con este primer episodio, «Richès Karayib» estrena una serie de diez entregas dedicada a las historias del cine caribeño, basada en el trabajo de Guillaume Robillard, doctor en cine, profesor e investigador, director de documentales y especialista en cine y producción artística antillana. Desde Cuba hasta Jamaica, desde Martinica hasta Curazao, esta cronología abarca más de sesenta años de creación cinematográfica en el Caribe.
Esta primera entrega nos lleva a los años 60 y principios de los 70, primero a Cuba y luego a Jamaica, donde varias obras empiezan a sentar las bases de unas cinematografías muy ligadas a las realidades sociales, culturales y políticas de sus territorios. Este artículo es el primer episodio de una serie de diez, que puedes encontrar en Richès Karayib.
Así pues, la historia del cine caribeño no empieza hasta los años 60, aunque ya se rodaban películas en el Caribe desde principios del siglo XX, sobre todo dos cortometrajes de los hermanos Lumière en Martinica en 1902. De hecho, es habitual distinguir claramente entre las películas rodadas en el Caribe y las realizadas por directoras y directores de las distintas islas de este archipiélago.
En cuanto a las producciones de Jamaica, Trinidad y Tobago y la República Dominicana, muestran cierta regularidad salpicada de agradables sorpresas, mientras que en Haití la producción semiprofesional fue durante mucho tiempo prolífica y contó con un numeroso público.
Por otro lado, algunos países pequeños producen de forma más bien irregular (Santa Lucía, Granada) o de vez en cuando (Barbados, Puerto Rico) películas cuyos temas se solapan con los de otros cines de la región, lo que demuestra un «espíritu caribeño» compartido a pesar de la evidente diversidad de estas producciones.
En cuanto al «cine antillano», es decir, el de Guadalupe y Martinica, hoy en día cuenta con unas cuarenta películas, cuyas tramas se desarrollan principalmente en estas dos islas.
Por último, cabe señalar que esta cronología se centra en el Caribe insular, por lo que no tiene en cuenta, por ejemplo, las películas continentales, de Guyana o de México. Un dato a destacar: la mayoría de las películas caribeñas están disponibles en plataformas de streaming gratuitas o de pago para que las disfrutes todo el mundo.
1964: CUBA - «CUMBITE», DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA
El tercer largometraje del imprescindible director cubano Tomás Gutiérrez Alea, uno de los cofundadores del ICAIC (Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos), la famosa escuela de cine cubana que ha formado a generaciones de profesionales latinoamericanos, es la adaptación de uno de los clásicos de la literatura haitiana, Gobernadores del rocío , de Jacques Roumain. Tras marcharse a la isla de Cuba, donde trabajó en los campos de caña de azúcar, el protagonista, Manuel, regresa a su pequeño pueblo rural de Haití, azotado por la sequía.
El héroe se pone entonces a buscar agua y encuentra un manantial escondido. No conseguirá cumplir la misión que se ha impuesto, y muere sin su amada Annaïse ni su madre Délira. Gracias a ellas, los habitantes se darán cuenta de la necesidad de formar una comunidad, a través del «coumbite» —una palabra criolla que significa trabajo colectivo basado en la ayuda mutua—, y llevarán el agua al pueblo. Al abordar el tema de la deforestación descontrolada, que ha marcado profundamente la historia de Haití, el libro tiene una fuerte dimensión ecológica que se refleja generosamente en su adaptación cinematográfica.
Como digno heredero del neorrealismo italiano (el director estudió cine en Italia), esta película oscila entre un gran clasicismo visual (composición de la luz y el encuadre, retratos fotogénicos, fluidez del montaje) y el cine de lo real, sobre todo en una impactante secuencia de vudú (una religión africana que se mantiene en Haití) que no tiene nada que envidiar al famoso documental Divine Horsemen de la rusa Maya Deren (rodado entre 1947 y 1951), que es toda una referencia en la materia. Y por último, pero no menos importante: Cumbite es una de las primeras adaptaciones, de gran belleza, de una obra de la literatura caribeña.
1966: CUBA – LA MUERTE DE UN BUROCRATA, DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA
Justo al principio de la película, vemos el funeral de un hombre al que entierran con su carné de trabajador para honrar su compromiso con el proletariado. Sin embargo, ese carné resulta ser un documento imprescindible para que su viuda pueda cobrar una pensión. Como tiene que recuperar ese preciado objeto y no puede exhumar el cuerpo, un sobrino del difunto llegará incluso a desenterrar ilegalmente a su tío, lo que le acarreará una serie de líos burocráticos que no tienen fin…
Esta película, con influencias de la comedia italiana de los años 60, te cautiva por su libertad formal (uso de fotos y montajes acelerados, entre otras cosas), algo poco habitual en el cine caribeño. Además, muestra una fuerte intertextualidad con un grupo de directores, citados en los créditos (escritos a máquina en un papel administrativo, en consonancia con el tema de la película): montaje de diversos archivos para presentar la vida del difunto (a modo de eco de Ciudadano Kane de Orson Welles), animación stop motion con una máquina «trituradora» de hombres (en un guiño a Tiempos modernos de Charlie Chaplin), una secuencia onírica que hace referencia al El perro andaluz de Luis Buñuel, etc.
Este juego de referencias, que demuestra una gran cultura cinematográfica, no la convierte, sin embargo, en una película europea o estadounidense. De hecho, está muy arraigada en la sociedad cubana, la trama se pregunta cómo un régimen (en este caso, el de Fidel Castro) puede acabar convirtiéndose a su vez en una burocracia «absurda», a pesar de sus intenciones de acabar con la burocracia («Muerte a la burocracia», como se indica varias veces en la película).
Por otra parte, el origen amerindio del protagonista, que sufre las iras de la administración —cuya mayoría de representantes es de origen europeo—, tal vez apunte discretamente a una jerarquía social cubana «racializada». Esta crítica a los límites de un régimen, o más en general al ejercicio del poder, tendrá su continuación en la no menos famosa Memorias del subdesarrollo (1968), la siguiente película de este director, con un tono más abiertamente político y que tuvo el honor de proyectarse en Cannes Classics en 2016.
1972: JAMAICA – «THE HARDER THEY COME», DE PERRY HENZELL
Esta película marca el inicio del cine jamaicano y va a sentar una «fórmula» que se ha repetido mucho desde entonces: la puesta en valor de la música jamaicana, sobre todo el reggae, cuya fama internacional ya no hace falta recordar, a través del viaje del joven cantante Iván (interpretado por el famoso Jimmy Cliff) en busca de un productor, pero también del criollo jamaicano (una variante del inglés con un acento y una entonación característicos) como «raíz lingüística» caribeña y, por último, de la figura del héroe rebelde frente a un «sistema» que se considera injusto o represivo.
También se destaca el potencial del tejido urbano (en este caso, el de Kingston): el comienzo de la película ofrece algunas de las imágenes más bonitas de la energía que tenía esta ciudad en aquella época, junto con unos retratos preciosos. Además, la arquitectura «barroca» y «desordenada» de los barrios pobres se muestra en detalle. Frente al peso de la religión, se desarrolla una historia de amor marcada por un coqueteo y un poco de desnudez.
Los enfrentamientos con las fuerzas del orden, sobre todo en tiroteos, y la cárcel también están presentes, con una secuencia destacada de castigo físico. Todos estos elementos, salvo la figura del rebelde (o del resistente), han estado totalmente ausentes en el cine de las Antillas francesas (por ejemplo) durante casi treinta años, con muy pocas excepciones. Mientras le persigue un policía en moto, el protagonista le dispara, como forma de desafío al orden establecido: se desata entonces una persecución en varias etapas que terminará en el manglar y concluirá en una playa donde intenta llegar a Cuba (isla considerada revolucionaria) subiéndose a un barco.
En las paredes de la ciudad se ven grafitis del tipo « I was here but I disappear » («Estuve aquí, pero desaparecí»), tantas alusiones que lo convierten en un «negro marrón» (esclavo que huye de la plantación) «moderno» que se opone a una sociedad en la que los que tienen (los productores, por ejemplo) y los que ostentan la autoridad (los comisarios de policía) son sutilmente mestizos o blancos, frente a una población negra empobrecida que ansía comodidades (« Puedes conseguirlo si de verdad lo quieres, al final lo lograrás / «Puedes conseguirlo si de verdad lo deseas, al final lo lograrás», dice una canción de la película mientras Iván va en un coche de lujo robado por un campo de golf): una jerarquía social «racializada» que, curiosamente, recuerda al pasado colonial.
Sobre el autor:
Guillaume Robillard es doctor en cine, profesor e investigador, director de documentales y especialista en cine y producción artística antillana. Es autor de dos libros: «La conquista del espacio y del tiempo: el cine antillano (Editorial Jannink, «Hypothèses d’Art», 2023) y Un cine descolonial: los personajes del cine antillano (Presses Universitaires des Antilles, «Arts et Esthétique», 2024).