Curupira, el espíritu de la selva amazónica, se convierte en la voz simbólica de la COP30

COP30

COP30: este nombre hace referencia a la 30ᵉ Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebrará del 10 al 21 de noviembre de 2025 en Belém, Brasil. Organizada por primera vez en el corazón de la Amazonia, esta conferencia internacional reunirá a más de 190 delegaciones nacionales, jefes de Estado, ONG, científicos y representantes de la sociedad civil para negociar medidas urgentes para hacer frente al empeoramiento de los trastornos climáticos.

Esta elección geográfica marca un punto de inflexión: la mayor selva tropical del mundo se convierte tanto en el telón de fondo como en el centro de los debates. Ante los niveles récord de deforestación, la pérdida de biodiversidad y la creciente presión de las industrias extractivas, la COP30 pretende redefinir las prioridades en la lucha contra el cambio climático situando la protección de los ecosistemas en el centro de los compromisos internacionales.

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©Reproduction du gouvernement fédéral

Curupira: un espíritu antiguo para los retos del futuro

Para encarnar esta edición decisiva, Brasil ha elegido una figura de las leyendas indígenas: Curupirala mítica guardiana de la selva amazónica. Lejos de ser un símbolo consensuado, esta figura encarna una forma de resistencia. En la tradición tupí-guaraní, se le representa como un hombre pequeño, pelirrojo y con los pies hacia arriba, capaz de ahuyentar a los intrusos y defender ferozmente su territorio.

Su nombre, formado por las palabras “curumin” (niño) y “pira” (cuerpo), evoca tanto la infancia como la vitalidad. Curupira no es sólo un personaje folclórico: está profundamente arraigado en la memoria colectiva de los pueblos de la selva, y su influencia se extiende más allá de las fronteras de Brasil.

En la Guayana Francesa, se conoce como Makilili. En Colombia, se convierte en Madre Monte. En Ecuador, se conoce como Sachamama, la madre de los árboles. En la Amazonia peruana, se la conoce como Chullachaqui. En Surinam y Guyana, se le llama Winti-boskopu o Watramama. Todos estos avatares cumplen la misma misión: proteger la selva de los depredadores.

Un territorio compartido, una emergencia común

La Amazonia ocupa más de cinco millones de kilómetros cuadrados y atraviesa nueve países: Brasil, Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Surinam, Guayana y Guayana Francesa. Este vasto territorio alberga a unos 34 millones de personas, entre ellas cientos de pueblos indígenas, que a menudo se encuentran en primera línea cuando se trata de los efectos de las políticas extractivistas y la crisis climática.

Al elegir a Curupira como mascota oficial, la COP30 está enviando una señal clara: el reconocimiento de los conocimientos ancestrales y las luchas locales, y la plena participación de las poblaciones amazónicas en los debates globales.

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COP30: objetivos, tensiones y expectativas

La COP30 promete ser un momento estratégico en la gobernanza internacional del clima. En Belém se abordarán una serie de cuestiones cruciales:

  • ✔️ Llevar a cabo una transición energética justa, prestando apoyo práctico a las poblaciones más vulnerables.
  • ✔️ La creación de un fondo mundial para preservar los bosques tropicales, con el apoyo anunciado de China.
  • ✔️ El objetivo es movilizar 1,3 billones de dólares anuales de aquí a 2035 para financiar la adaptación al cambio climático.
  • ✔️ Negociaciones delicadas en torno a la reducción de los combustibles fósiles en un país como Brasil, gran productor de petróleo.

A estos retos se suma la fuerte presión pública. La sociedad civil brasileña, los investigadores y las organizaciones indígenas esperan decisiones ambiciosas. En este contexto, Curupira no es sólo un símbolo: se ha convertido en la voz de una Amazonia que reclama su lugar en la mesa de negociaciones.

¿Y en el Caribe?

Los territorios caribeños participan plenamente en la COP30, como miembros del Convenio Marco y representantes de los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo. Entre ellos se encuentran Barbados, Trinidad y Tobago, Haití, Santa Lucía, Jamaica, Cuba, Antigua y Barbuda, Dominica, San Cristóbal y Nieves, Granada y San Vicente y las Granadinas.

¿Por qué es esencial su presencia? Porque estos países, aunque emiten muy pocos gases de efecto invernadero, están sufriendo todo el impacto del cambio climático: ciclones cada vez más violentos, aumento del nivel del mar, estrés hídrico, erosión costera y colapso de la biodiversidad marina.

Para el Caribe, la COP30 es una oportunidad para defender mecanismos de financiación específicos adaptados a su vulnerabilidad, pero también para promover sus iniciativas locales, a menudo innovadoras, en los ámbitos de la resiliencia, la agricultura sostenible y la gestión de riesgos.

Un esquema educativo y simbólico en torno a Curupira

No todas las conferencias sobre el clima han tenido una mascota, pero Curupira marca un avance. En la COP28, una tortuga marina simbolizó la fragilidad de los ecosistemas marinos. Pero hasta ahora, ninguna figura había encarnado una fuerza protectora arraigada en la creencia popular.

El plan es que Curupira se convierta en objetos educativos y simbólicos: carteles, juegos educativos, actos escolares y talleres en las “aldeas ciudadanas” junto a la conferencia oficial. El objetivo es sensibilizar a un público más amplio, especialmente a los jóvenes, sobre los problemas climáticos globales, utilizando una figura del imaginario colectivo.

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Curupira, la alerta roja del Amazonas al mundo

A través de Curupira, la COP30 nos está recordando que las respuestas a las crisis ecológicas no vendrán sólo de laboratorios o ministerios. También implicarán escuchar a la población local, reconocer los conocimientos locales y redefinir nuestra relación con los seres vivos.

Al situar sus debates en la Amazonia, la COP30 abre un nuevo capítulo. Para el Caribe y para los países amazónicos, se trata de transformar una voz marginada durante mucho tiempo en una palanca para la toma de decisiones a escala mundial. Y quizá mirando a Curupira a los ojos, los dirigentes comprendan que la selva no pide caridad. Exige respeto.

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