Una capital sin habitantes
En los mapas oficiales del Reino Unido, la capital de Montserrat sigue teniendo un nombre: Plymouth. Pero en Plymouth ya no hay vecinos, ni ayuntamiento abierto, ni puerto activo. La ciudad se encuentra en la zona de exclusión desde 1997. En algunos lugares está sepultada bajo varios metros de sedimentos volcánicos, entre cenizas, lodo y lahares. Y, sin embargo, sigue estando vinculada, tanto legal como simbólicamente, a la capital de este territorio británico de ultramar del Caribe oriental.
El despertar del Soufrière Hills
El 18 de julio de 1995, tras siglos de letargo, el volcán Soufrière Hills entra en erupción. La primera erupción freática, llena de vapor y cenizas, pilla por sorpresa a los montserratianos. No hay víctimas mortales. Pero los científicos del Observatorio Volcánico de Montserrat, creado a toda prisa, se dan cuenta enseguida de que esto no va a durar poco. El 21 de agosto de 1995, Plymouth, capital y centro económico de la isla, situada a solo unos kilómetros de la cima, fue evacuada por primera vez. Los habitantes regresaron. Luego se marcharon de nuevo. El ciclo duraría años.
En las historias locales, su nombre sigue teniendo un peso especial. Significa a la vez una antigua capital, una pérdida material y una prueba de resistencia. Hablar de Plymouth no es, pues, contemplar unas ruinas desde lejos. Es volver a un lugar que sigue dando forma a la memoria de toda una isla, a pesar del silencio que ahora reina en sus calles.
El día en que ya no hay vuelta atrás
El momento decisivo llega el 25 de junio de 1997. Unas corrientes piroclásticas bajan por las laderas del volcán. Estas avalanchas de gas, rocas y cenizas pueden alcanzar temperaturas extremas y desplazarse a gran velocidad. Ese día mueren diecinueve personas en las zonas peligrosas. Es el único suceso directamente mortal de la crisis. Pero también es el punto de inflexión. En agosto de 1997, nuevas corrientes cubren gran parte de Plymouth. No desaparecen todos los edificios. Algunos tejados y paredes siguen a la vista. Pero la capital se vuelve inhabitable. Deja de ser una ciudad cotidiana para convertirse en una ciudad paralizada.
Una isla desplazada hacia el norte
Lo que hace especial a Montserrat son unas cuantas cifras. La isla tiene unos 102 kilómetros cuadrados. Antes de la erupción, tenía más de 10 000 habitantes. El censo de 2023 cuenta 4 386. Entre estas dos realidades, hay gente que se ha ido al Reino Unido, a Antigua, a Norteamérica y a otros territorios del Caribe. También hay casas abandonadas, papeles que se guardaron a toda prisa y familias que han aprendido a vivir en otros lugares.
Las dos terceras partes del sur de la isla siguen sometidas a fuertes restricciones. En la zona que rodea el volcán ya no hay viviendas normales. En el norte, en cambio, se concentran las escuelas, las oficinas públicas, los comercios y las nuevas infraestructuras. Montserrat no solo se ha reconstruido. Se ha trasladado.
Brades está al mando, Little Bay se prepara para el futuro
El Gobierno se ha instalado en Brades, en el norte. Esta localidad funciona como capital de facto. En 2005 se inauguró en Gerald’s un nuevo aeropuerto, hoy conocido como Aeropuerto John A. Osborne, para sustituir al antiguo Aeropuerto W. H. Bramble, que quedó dentro de la zona de exclusión. En Little Bay, las nuevas instalaciones portuarias y administrativas están creando otro centro.
Pero Plymouth sigue siendo el nombre que perdura en la memoria. Esta anomalía no es solo administrativa. Demuestra que una capital puede abandonar sus edificios sin desaparecer del imaginario de un pueblo. Para muchos montserratianos que se han ido al Reino Unido, a Londres, Manchester o a cualquier otro lugar, Plymouth sigue siendo un lugar en su corazón.
Mirar sin entrar libremente
Está prohibido el acceso libre a Plymouth. Hay visitas guiadas, con guías certificados y los permisos necesarios, desde las alturas o por determinados itinerarios controlados. Se ve el antiguo campanario, las fachadas erosionadas por los depósitos, la bahía donde llegaban los barcos. El silencio no es una atracción fácil. Te obliga a mirar de otra manera.
El volcán Soufrière Hills no está extinto. Desde 2010, atraviesa una larga fase de calma, pero sigue activo y bajo vigilancia. El Observatorio Volcánico de Montserrat sigue con su labor. Esa es también la fuerza de Montserrat: convivir con el volcán sin reducir su historia a una catástrofe. Plymouth ya no tiene habitantes, pero sigue planteando una pregunta. ¿En qué se convierte una capital cuando su gente tiene que marcharse, pero se niega a borrarla del mapa?
Plymouth se convirtió en una ciudad fantasma tras las erupciones del volcán Soufrière Hills, que comenzaron en 1995. La capital de Montserrat fue evacuada poco a poco y luego quedó inhabitable por los flujos piroclásticos, las cenizas, el lodo y los sedimentos volcánicos. Gran parte del sur de la isla sigue hoy sujeta a restricciones, y la ciudad se encuentra dentro de la zona de exclusión. Esto es lo que convierte a Plymouth en un caso poco común en el Caribe: una antigua capital que sigue presente en la memoria oficial, pero sin vida cotidiana.
No se permite el acceso libre a Plymouth, ya que la ciudad se encuentra en la Zona V, una zona de exclusión debido al riesgo volcánico. Sin embargo, se pueden realizar algunas visitas guiadas con un guía certificado, bajo estrictas condiciones de seguridad. Los visitantes pueden ver la ciudad sepultada, sus edificios parcialmente visibles y los paisajes marcados por la erupción, pero la experiencia sigue estando controlada. Por eso, Plymouth no es un destino turístico clásico: es un lugar de recuerdo, de vigilancia y de respeto.
Plymouth sigue siendo importante porque representa el antiguo centro político, económico y social de Montserrat. Aunque las actividades gubernamentales se han trasladado a Brades y se están desarrollando nuevos proyectos en Little Bay, Plymouth sigue conservando la memoria de cómo era la isla antes de la erupción. Tanto para los montserratianos que se quedaron allí como para los que se fueron al Reino Unido, a Antigua o a otros lugares, la ciudad sepultada recuerda una pérdida colectiva, pero también la capacidad de un territorio para reconstruirse sin borrar su historia.