Así pues, la historia del cine caribeño no empieza hasta los años 60, aunque ya se rodaban películas en el Caribe desde principios del siglo XX, sobre todo dos cortometrajes de los hermanos Lumière en Martinica en 1902. De hecho, es habitual distinguir claramente entre las películas rodadas en el Caribe y las realizadas por directoras y directores de las distintas islas de este archipiélago.

Está claro que este repaso empieza con una obra del cine cubano cuyo profesionalismo, riqueza y diversidad —que ya han inspirado una amplia bibliografía— lo hacen destacar claramente en esta zona.
En cuanto a las producciones de Jamaica, Trinidad y Tobago y la República Dominicana, muestran una cierta regularidad salpicada de agradables sorpresas, mientras que en Haití hubo durante mucho tiempo una producción semiprofesional muy prolífica que contaba con un numeroso público.

Por otro lado, en el otro extremo, hay algunos países pequeños con una producción más bien escasa (Santa Lucía, Granada) o de vez en cuando (Barbados, Puerto Rico) películas cuyos temas coinciden con los de otras cinematografías de la región, lo que demuestra que hay un «espíritu caribeño» compartido a pesar de la evidente diversidad de estas producciones.

En cuanto al «cine antillano», es decir, el de Guadalupe y Martinica, hoy en día cuenta con unas cuarenta películas, cuyas tramas se desarrollan principalmente en estas dos islas.
Por último, cabe señalar que esta cronología se centra en el Caribe insular, por lo que no tiene en cuenta, por ejemplo, las películas continentales, de Guyana o de México. Un dato a destacar: la mayoría de las películas caribeñas están disponibles en plataformas de streaming gratuitas o de pago para que las disfrutes todo el mundo.

1964: CUBA - «CUMBITE», DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA

El tercer largometraje del imprescindible director cubano Tomás Gutiérrez Alea, uno de los cofundadores del ICAIC (Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos), la famosa escuela de cine cubana que ha formado a generaciones de profesionales latinoamericanos, es la adaptación de uno de los clásicos de la literatura haitiana, Gobernadores del rocío , de Jacques Roumain. Tras marcharse a la isla de Cuba, donde trabajó en los campos de caña de azúcar, el protagonista, Manuel, regresa a su pequeño pueblo rural de Haití, azotado por la sequía.

El héroe se pone entonces a buscar agua y encuentra un manantial escondido. No conseguirá cumplir la misión que se ha impuesto, y muere sin su amada Annaïse ni su madre Délira. Gracias a ellas, los habitantes se darán cuenta de la necesidad de formar una comunidad, a través del «coumbite» —una palabra criolla que significa trabajo colectivo basado en la ayuda mutua—, y llevarán el agua al pueblo. Al abordar el tema de la deforestación descontrolada, que ha marcado profundamente la historia de Haití, el libro tiene una fuerte dimensión ecológica que se refleja generosamente en su adaptación cinematográfica.

Como digno heredero del neorrealismo italiano (el director estudió cine en Italia), esta película oscila entre un gran clasicismo visual (composición de la luz y el encuadre, retratos fotogénicos, fluidez del montaje) y el cine de lo real, sobre todo en una impactante secuencia de vudú (una religión africana que se mantiene en Haití) que no tiene nada que envidiar al famoso documental Divine Horsemen de la rusa Maya Deren (rodado entre 1947 y 1951), que es toda una referencia en la materia. Y por último, pero no menos importante: Cumbite es una de las primeras adaptaciones, de gran belleza, de una obra de la literatura caribeña.

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Cumbite de Tomás Gutiérrez Alea ,1964 ©ICAIC – Cuba

1966: CUBA – LA MUERTE DE UN BUROCRATA, DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA

Justo al principio de la película, vemos el funeral de un hombre al que entierran con su carné de trabajador para honrar su compromiso con el proletariado. Sin embargo, ese carné resulta ser un documento imprescindible para que su viuda pueda cobrar una pensión. Como tiene que recuperar ese preciado objeto y no puede exhumar el cuerpo, un sobrino del difunto llegará incluso a desenterrar ilegalmente a su tío, lo que le acarreará una serie de líos burocráticos que no tienen fin…

Esta película, con influencias de la comedia italiana de los años 60, te cautiva por su libertad formal (uso de fotos y montajes acelerados, entre otras cosas), algo poco habitual en el cine caribeño. Además, muestra una fuerte intertextualidad con un grupo de directores, citados en los créditos (escritos a máquina en un papel administrativo, en consonancia con el tema de la película): montaje de diversos archivos para presentar la vida del difunto (a modo de eco de Ciudadano Kane de Orson Welles), animación stop motion con una máquina «trituradora» de hombres (en un guiño a Tiempos modernos de Charlie Chaplin), una secuencia onírica que hace referencia al El perro andaluz de Luis Buñuel, etc.

Este juego de referencias, que demuestra una gran cultura cinematográfica, no la convierte, sin embargo, en una película europea o estadounidense. De hecho, está muy arraigada en la sociedad cubana, la trama se pregunta cómo un régimen (en este caso, el de Fidel Castro) puede acabar convirtiéndose a su vez en una burocracia «absurda», a pesar de sus intenciones de acabar con la burocracia («Muerte a la burocracia», como se indica varias veces en la película).

Por otra parte, el origen amerindio del protagonista, que sufre las iras de la administración —cuya mayoría de representantes es de origen europeo—, tal vez apunte discretamente a una jerarquía social cubana «racializada». Esta crítica a los límites de un régimen, o más en general al ejercicio del poder, tendrá su continuación en la no menos famosa Memorias del subdesarrollo (1968), la siguiente película de este director, con un tono más abiertamente político y que tuvo el honor de proyectarse en Cannes Classics en 2016.

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UN BUROCRATA), DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA 1966 Au tout début du film, on assiste à la cérémonie funéraire d’un homme qui est enterré avec sa carte de travailleur afin d’honorer son engagement pour le prolétariat. Cependant, cette carte s’avère être un document essentiel pour sa veuve si elle veut obtenir une pension. Devant récupérer ce précieux objet et ne pouvant faire exhumer le corps, un neveu du défunt ira jusqu’à déterrer illégalement son oncle, impliquant une série d’impasses administratives en cascade… Ce film, influencé par la comédie italienne des années 1960, fascine par sa liberté formelle (utilisation de photos et de montages accélérés, entre autres), rare dans les cinémas caribéens. Par ailleurs, il manifeste une forte intertextualité avec un ensemble de réalisateurs, cités au générique (inscrit à la machine à écrire sur un papier administratif, en adéquation avec le sujet du film) : montage d’archives diverses pour présenter la vie du défunt (en écho à Citizen Kane d’Orson Welles), animation en stop motion avec une machine « broyeuse » d’hommes (en clin d’oeil aux Temps Modernes de Charlie Chaplin), une séquence de rêve faisant référence au Chien andalou de Luis Buñuel, etc. Ce jeu de références, signe d’une grande culture cinéphilique, n’en fait pourtant pas un film européen ou étasunien. En effet, fortement ancrée dans la société cubaine, l’intrigue interroge comment un régime (en l’occurrence de Fidel Castro) peut à son tour devenir une bureaucratie « absurde » malgré ses intentions de mise à mort de la bureaucratie (« Muerte a la burocracia » comme indiqué à plusieurs reprises dans le film). Par ailleurs, l’origine amérindienne du protagoniste qui subit les foudres de l’administration, dont la majorité des représentants est d’origine européenne, indique peut-être discrètement une hiérarchie sociale cubaine « racialisée ». Cette charge critique sur les limites d’un régime, ou plus largement de la pratique du pouvoir, sera poursuivie dans le non moins célèbre Mémoires du sous-développement (1968), le film suivant de ce réalisateur, aux accents plus frontalement politiques et qui eut l’honneur d’une projection à Cannes Classics en 2016.

1972: JAMAICA – «THE HARDER THEY COME», DE PERRY HENZELL

Esta película marca el inicio del cine jamaicano y va a sentar una «fórmula» que se ha repetido mucho desde entonces: la puesta en valor de la música jamaicana, sobre todo el reggae, cuya fama internacional ya no hace falta recordar, a través del viaje del joven cantante Iván (interpretado por el famoso Jimmy Cliff) en busca de un productor, pero también del criollo jamaicano (una variante del inglés con un acento y una entonación característicos) como «raíz lingüística» caribeña y, por último, de la figura del héroe rebelde frente a un «sistema» que se considera injusto o represivo.

También se destaca el potencial del tejido urbano (en este caso, el de Kingston): el comienzo de la película ofrece algunas de las imágenes más bonitas de la energía que tenía esta ciudad en aquella época, junto con unos retratos preciosos. Además, la arquitectura «barroca» y «desordenada» de los barrios pobres se muestra en detalle. Frente al peso de la religión, se desarrolla una historia de amor marcada por un coqueteo y un poco de desnudez.

Los enfrentamientos con las fuerzas del orden, sobre todo en tiroteos, y la cárcel también están presentes, con una secuencia destacada de castigo físico. Todos estos elementos, salvo la figura del rebelde (o del resistente), brillan por su ausencia en el cine de las Antillas francesas (por ejemplo) durante casi treinta años, salvo contadas excepciones. Mientras le persigue un policía en moto, el protagonista le dispara, como forma de rebeldía contra el orden establecido: se desata entonces una persecución en varias etapas que terminará en el manglar y concluirá en una playa, donde intenta llegar a Cuba (una isla considerada revolucionaria) subiéndose a un barco.

En las paredes de la ciudad se ven grafitis del tipo « I was here but I disappear » («Estuve aquí, pero desaparecí»), tantas alusiones que lo convierten en un «negro marrón» (esclavo que huye de la plantación) «moderno» que se opone a una sociedad en la que los que tienen (los productores, por ejemplo) y los que ostentan la autoridad (los comisarios de policía) son sutilmente mestizos o blancos, frente a una población negra empobrecida que ansía comodidades (« Puedes conseguirlo si de verdad lo quieres, al final lo lograrás / «Puedes conseguirlo si de verdad lo deseas, al final lo lograrás», dice una canción de la película mientras Iván va en un coche de lujo robado por un campo de golf): una jerarquía social «racializada» que, curiosamente, recuerda al pasado colonial.

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Tout, tout de suite (The Harder They Come) de Perry Henzell , 1972 ©Perry Henzell-International Films Ltd/Agnès B/Potemkine – Jamaïque

1974: TRINIDAD Y TOBAGO – BIM, DE HUGH A. ROBERTSON

Hugh A. Robertson tiene una trayectoria poco habitual entre los directores de cine del Caribe. Neoyorquino de padres jamaicanos, empezó muy joven en la industria cinematográfica y ha desempeñado diferentes puestos, entre ellos el de montador en películas como la famosa *Macadam Cowboy* (John Schlesinger, 1969), con Dustin Hoffman y John Voight, y uno de los clásicos de la «Blackploitation», Shaft, las noches rojas de Harlem (Gordon Parks, 1971), con Richard Roundtree.

Por la primera, fue nominado al Óscar al mejor montaje (una primicia para una persona negra) y ganó el BAFTA ese mismo año. Tras algunos trabajos para la tele y el largometraje Melinda (1972), una «película negra», según decía el cartel, se mudó al archipiélago de Trinidad y Tobago con su mujer y sus hijos, donde dirigió Bim y luego Obeah (1987), su segunda película, que se estrenó justo cuando falleció el director. Bim, inspirada en la trama clásica de una película de gánsteres, cuenta la historia de un trinitense de origen indio que, tras sufrir muchas vejaciones desde pequeño, se convierte en un capo y acaba metiéndose en política.

Lo que llama la atención de esta película es lo directos que son los conflictos interétnicos, sobre todo entre personas de origen africano e indio (cada uno de estos grupos representa más o menos el 40 % de la población de la isla), desde el colegio hasta el ámbito político (donde la minoría blanca parece «mover los hilos»), pasando por la vida de pareja. Algunas secuencias tienen un marcado carácter etnográfico: por ejemplo, la película empieza con una boda hindú tradicional. Aunque esta es mayoritariamente urbana, al igual que The Harder They Come (Perry Henzell, 1972), ya que Trinidad y Jamaica cuentan con grandes ciudades históricas, Puerto España y Kingston, respectivamente, el trabajo en los campos de caña de azúcar, base histórica de la mayoría de las sociedades caribeñas, cobra protagonismo en una trama que se desarrolla en la época colonial, en plena efervescencia independentista de los años 50 y 60.

La marcada conciencia política de esta película recuerda a algunas películas trinitenses anteriores, como The Right and the Wrong (1970), del director indio Harbance Kumar, que trata sobre una revuelta en una plantación en una época indeterminada. Por otra parte, Bim destaca por su energía y la impresionante interpretación de Ralph Maharaj en el papel protagonista. Teniendo en cuenta la trayectoria de Robertson en el mundo del cine estadounidense, no es descabellado pensar que Brian De Palma viera su película, ya que la interpretación brillantemente exagerada de Al Pacino en Scarface (1983) recuerda mucho a Bim en varias ocasiones.

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Bim de Hugh A. Robertson, 1974 ©Filmco – Trinidad-et-Tobago

1976: CUBA - LA ÚLTIMA CENA, DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA

Este clásico es una película imprescindible sobre cómo se retrata la esclavitud en el Caribe, igual que lo es, para el sur de Estados Unidos, «Doce años de esclavitud» (Steve McQueen, 2013). Inspirada en la novela El Ingenio (La Plantación) de Manuel Moreno Fraginals (que a su vez se basa en hechos reales), la trama de La Última Cena se desarrolla en una plantación esclavista de Cuba, en el siglo XVIII, durante la Semana Santa.

Un gran terrateniente, un noble católico practicante, decide revivir, alrededor de una mesa bien surtida, los gestos de Cristo, en presencia de doce de sus esclavos. El grupo come y bebe hasta saciarse. Al día siguiente, el capataz despierta a los esclavos para enviarlos a trabajar a los campos de caña de azúcar. Estalla una revuelta… En un cine que, en un primer momento, apenas aborda la «cuestión negra» (por retomar el título de un libro del intelectual trinitense C.L.R. James), esta película se enfrenta al pasado esclavista, común a la gran mayoría de los países caribeños, a través de una puesta en escena (visual y sonora) de una minuciosidad poco común sobre la jerarquía «racializada» propia de las plantaciones: los cuerpos blancos y negros no ocupan allí el mismo lugar (ni en sentido espacial ni en sentido figurado) ni tienen el mismo derecho a expresarse.

La secuencia del banquete (la famosa recreación de la Última Cena), de casi 45 minutos, destaca tanto por su gran maestría teatral (los diálogos y la interpretación de los actores) como cinematográfica (el montaje técnico, en el que los cambios de ángulo de cámara se asocian a las relaciones de poder entre los personajes). En cuanto al último tercio de la película, es una de las más bellas representaciones —tanto por los movimientos de cámara como por el encuadre de los cuerpos y los paisajes— de una revuelta de esclavos seguida de una fuga (huida de los esclavos de la plantación) que se haya hecho hasta la fecha. ¡Una auténtica obra maestra!

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La Dernière Cène (La Última Cena) de Tomás Gutiérrez Alea,1976 ©ICAIC – Cuba

1979: GUADALUPE - «COCO LA FLEUR», CANDIDATO, DE CHRISTIAN LARA

Esta película del director más prolífico de las Antillas francesas, que ha conseguido la hazaña de rodar casi 25 películas (aunque a veces fuera en condiciones técnicas precarias), marca el inicio del cine antillano. Dos años antes, por allí en Martinica, el largometraje Dérives ou la femme-jardin (1977), de Jean-Paul Césaire —uno de los hijos del poeta, político y defensor de la negritud Aimé Césaire—, no había tenido la suerte de estrenarse comercialmente en las salas.

Inspirado libremente enUna isla al sol de Robert Rossen (1957), con el famoso Harry Belafonte, Coco la Fleur, candidato es una comedia política que cuenta la historia de Coco, un candidato supuestamente «apolítico» manipulado por los tecnócratas de la prefectura, que durante la campaña decidirá preocuparse por el futuro de su «país». La reivindicación (como mínimo) autonomista de Guadalupe y Martinica la plantea sin rodeos el protagonista principal de este cine joven, que en varias ocasiones asume el papel del narrador criollo tradicional, un personaje clave en este conjunto de películas.

Por otra parte, esta película apuesta por el uso masivo del criollo. Tuvo un éxito rotundo, con más de 100 000 espectadores entre Guadalupe y Martinica, según diversas fuentes, y se mantuvo en cartelera en el cine Louxor de París durante varios años. Una mezcla eficaz de ligereza y reivindicaciones políticas que el director retomará con brillantez en su tercera película, *Mamito* (1980), otro clásico de este cine, cuyo personaje principal es una madre criolla (que cría sola a sus hijos), interpretada por la imprescindible Lucrèce Saintol (que también hace de madre de Coco), que define claramente la «fémifocalidad» del cine antillano, es decir, la presencia casi sistemática de mujeres fuertes (fanm doubout) en este cine. Una presencia destacada de las mujeres que ya anunciaba Dérives o La mujer-jardín, una película libremente inspirada en el relato Alléluia pour une femme-jardin del autor haitiano René Depestre, con su enigmática protagonista Isa.

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Coco la fleur, candidat de Christian Lara, 1979 ©Rush Distribution – Guadeloupee

1980: JAMAICA – LOS HIJOS DE BABILONIA (CHILDREN OF BABYLON), DE LENNIE LITTLE-WHITE

Esta peli es un caso aparte en el cine jamaicano y, en general, en el panorama cinematográfico caribeño. Lejos de la miseria social de los guetos de Kingston, en una villa en el campo (con piscina, champán y un bufé gourmet), seguimos las aventuras de Rick y Penny, un hombre negro y una mujer blanca, entre charlas sobre arte (él es pintor) y sexualidad (ella está haciendo una investigación sobre este tema entre las mujeres del campo, a las que nunca ves en pantalla).

La película está construida como una historia a puerta cerrada: un único lugar y un tiempo que se va contando en un calendario. Los dos protagonistas vivirán una pasión amorosa marcada por varias relaciones sexuales, en paralelo a las de una empleada doméstica extrañamente callada y a las de Luke, un matón rasta, que se encargan del mantenimiento de la villa. Esta película se inscribe en la libertad de tono del auge del cine erótico, así como en la apertura de las salas de cine pornográfico de los años 70.

Aun así, destaca entre las películas caribeñas, donde la representación del acto sexual sigue siendo poco habitual, ya que a menudo se da prioridad a los preliminares (los besos, sobre todo) o al momento posterior, y la desnudez es casi siempre parcial, al menos en las primeras décadas de estas cinematografías. Aquí, en cambio, la desnudez es total, sobre todo con un toque de humor, en una secuencia en la playa donde, mientras se bañan desnudos, la pareja se queda un rato sin ropa, ya que unos niños traviesos se la han robado. Dos tríos «amorosos» complicarán la trama, todo ello bajo la mirada intrigada de los sirvientes: Rick con Penny y otra mujer blanca, una situación que hará estallar la relación de la pareja; y luego Penny con Luke, el rasta que trabaja para Rick.

Como ya habrás entendido, a la cuestión sexual se suma una sorprendente libertad a la hora de hablar de las parejas mestizas («parejas dominó», como se dice en Guadalupe y Martinica), en una sexualidad liberada de la dramaturgia del pasado colonial. Una superación que otros cines caribeños aún no han logrado, sobre todo el de Guadalupe y el de Martinica, donde todavía impera cierta pudor.

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Les Enfants de Babylone (Children of Babylon) de Lennie Little-White, 1980 ©Mediamix Ltd – Jamaïque

1980: GUADALUPE – VIVIR LIBRE O MORIR, DE CHRISTIAN LARA

Vivir libre o morir es una de las cuatro películas que Christian Lara rodó en apenas dos años. En este juicio atemporal, se sientan en el banquillo personajes de diferentes épocas históricas, como Cristóbal Colón, Victor Schoelcher, Pèdre (uno de los primeros esclavos rebeldes de Guadalupe) o el general napoleónico Richepanse, para decidir si hay que recuperar o no la memoria del comandante Ignace.

Este debate hace referencia a la «guerra de Guadalupe» de 1802, es decir, tres semanas de combates entre las tropas napoleónicas, que habían venido a restablecer la esclavitud tras la primera abolición de 1794 impulsada por la Primera República, y los que se resistieron a que se volviera a instaurar la esclavitud, es decir, además de Ignace, el famoso coronel Delgrès, la mulata Solitude (a la que incluso se pensó por un tiempo en incluir en el Panteón) y Marthe-Rose.

La contundente intervención de esta última en el estrado pone claramente de relieve el importante papel de las mujeres en esta resistencia. El recurso narrativo que se usa revela una característica importante del cine antillano: el pasado está irremediablemente en el presente, el presente se conjuga (casi) siempre en pasado, en un tiempo circular o «en espiral» que se diferencia del tiempo lineal occidental (la famosa línea de tiempo).

El director, nieto del primer historiador negro de Guadalupe, Oruno Lara (con La Guadeloupe dans l’Histoire en 1921), volverá a abordar este acontecimiento histórico en Sucre amer (1998), un remake no oficial de «Vivre libre ou mourir» (de nuevo con el excelente actor Robert Liensol, que ya había actuado en Coco la Fleur, candidato), y la recreación histórica 1802, la epopeya de Guadalupe (2002), que pondrá en primer plano al personaje de la mulata Solitude en una sorprendente secuencia de batalla junto al río en la que solo se enfrentan mujeres guadalupeñas a los soldados napoleónicos. Christian Lara ha convertido este periodo de la historia en el hito temporal más importante (hasta la fecha) del cine guadalupeño.

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1981: MARTINICA - «LA SANGRE DEL FLAMBOYANT», DE FRANÇOIS MIGEAT

Esta película es un caso aparte en el cine antillano. De hecho, su director es un «metropolitano» (es decir, un hombre blanco de Francia continental que no tenía ningún vínculo fundamental con las Antillas francesas) que se casó con la actriz martinicana Émilie Benoît y fue invitado por el poeta y político Aimé Césaire a dirigir la primera formación en audiovisuales de las Antillas en el SERMAC (Servicio Municipal de Acción Cultural) de la ciudad de Fort-de-France.

A diferencia de *Dérives* o *La mujer-jardín* (1977), *Le Sang du flamboyant*, que contó con un gran apoyo de Césaire, se estrenó en cines e incluso tuvo el honor de proyectarse en la famosa Universidad de Columbia, en Nueva York. Se basa en un hecho histórico, concretamente el «marronaje» (que en un principio significaba la huida de un esclavo de la plantación) de Monsieur Beauregard (que en la película se llama Alban), quien tuvo en vilo a la policía del sur de la colonia posesclavista de Martinica desde 1942 hasta 1949, lo que lo convierte en uno de los últimos «marrones» históricos del Caribe.

Este largometraje destaca por el papel central del «Nègre marron», uno de los personajes recurrentes del cine antillano y de la tradición oral criolla, que da pie a la mayor parte de la trama en un cine en el que la tradición oral sigue muy viva. Además, es una de las primeras películas en desarrollar una «dimensión mágica» en la trama que pone en apuros al «béké» (descendiente de una familia esclavista), interpretado magníficamente por el famoso actor y productor Jacques Perrin.

La «fémifocalidad» tampoco se queda atrás con el personaje de Élia (interpretado con gran presencia por Émilie Benoît, que fue la actriz principal de Dérives o La mujer-jardín), una «mujer erguida» que narra la historia de la película junto a su compañero narrador Gélus, una presencia femenina que rompe con la tradición histórica según la cual los narradores criollos solo pueden ser hombres.

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Le Sang du flamboyant de François Migeat, 1981 ©Films Molière/CINUCA – Martinique

1983: MARTINICA - CALLE CASES-NÈGRES, DE EUZHAN PALCY

A día de hoy, sin duda alguna, es la película antillana más famosa del mundo. Es la adaptación de uno de los clásicos de la literatura antillana, la novela autobiográfica La Rue Cases-Nègres de Joseph Zobel, uno de los compañeros de viaje del poeta de la Negritud Aimé Césaire. Esta película ganó el León de Plata y la Copa Volpi a la mejor interpretación femenina para Darling Légitimus (abuela del famoso Pascal Légitimus, del trío cómico «Les Inconnus»), que coronó así sus cincuenta años de carrera, en el festival de Venecia de 1983.

Por otra parte, la directora ganó el César a la mejor revelación en 1984. Su trayectoria posterior fue excepcional: se fue a trabajar a Hollywood, donde se convirtió en la primera mujer negra en dirigir películas de un estudio de Hollywood, con obras comoUna temporada blanca y seca (1989), sobre el apartheid en Sudáfrica y que supuso el regreso de Marlon Brando al cine, o la producción de Walt Disney La lucha de Ruby Bridges (1998), sobre la historia real de la primera niña negra que entró en un colegio de niños blancos en el sur de Estados Unidos.

Su trayectoria ha sido reconocida recientemente con un Óscar de Honor en 2022. En cuanto a «Rue Cases-Nègres», dio a conocer el joven cine antillano a nivel internacional, desde Estados Unidos hasta Japón. Al seguir la trayectoria del joven José (Garry Cadenat) en la colonia posesclavista de Martinica de los años 30, lo que realmente se aborda es la dura situación de los trabajadores de la caña de azúcar y los vestigios de la época de la esclavitud. Al igual que en Coco la Fleur, candidato (1979) y La sangre del flamboyán (1981), aparece la figura del narrador criollo, aquí encarnada por el viejo Médouze, así como la influencia de la negritud.

Por otra parte, la trayectoria escolar de este niño refleja tanto su emancipación social como el proceso de «asimilación cultural» a través del tipo de clases que recibe, la abuela Man Tine (Darling Légitimus), auténtica encarnación de la «fémifocalidad» tradicional del cine antillano, le dice a su nieto: «Irás a su escuela!». ¡Todo un clásico del cine caribeño!

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Rue Cases-Nègres d’Euzhan Palcy, 1983 ©NEF Diffusion/JMJ Productions – Martinique

1986: CURAZAO – ALMACITA DI DESOLATO, DE FELIX DE ROOY

Después de su primer largometraje, rodado en Brooklyn, Désirée (1984), basada en la historia real de una mujer que mató a su bebé porque estaba convencida de que estaba poseído por el diablo, la pareja homosexual formada por Felix De Rooy y Norman de Palm rueda su segunda película en la isla de Curazao, de donde son originarios, inspirándose en un cuento caribeño. Los paisajes de esta pequeña isla neerlandesa de 444 km² frente a Venezuela, entre cuevas y desierto, son el escenario de una fusión entre ritos mágicos y la realidad miserable de un pueblo aislado en una época indeterminada.

Esta leyenda destaca el componente africano de las identidades caribeñas (que se puede apreciar en la arquitectura del pueblo, la vestimenta de las mujeres, los conocimientos tradicionales transmitidos oralmente, etc.) a través de una trama que narra, mediante un formidable giro ficticio, la trata de esclavos y la esclavitud, una historia «grabada en la piel», como dice la voz en off de la película. Además de su carácter ficticio, más marcado que el de muchas películas caribeñas que se ciñen a cierta realidad social o histórica, este largometraje destaca por la multidisciplinariedad de sus referencias, alimentadas por la trayectoria como poeta, hombre de teatro y artista plástico (entre otras cosas) de su director, Felix De Rooy, quien dota a esta obra de un talentoso estilo propio que la distingue dentro del panorama cinematográfico caribeño.

Poco después, la pareja De Rooy-De Palm nos traerá otra película sorprendente: Ava & Gabriel (1990), una de las primeras grandes historias de deseo amoroso, en el marco de un trío interétnico en la época colonial (una combinación «tabú», por decir algo), de ese tipo de cine, con un toque de homosexualidad (un tema muy poco habitual en la región) a través de personajes secundarios y acompañada de una generosa reflexión sobre las artes caribeñas.

Como en Almacita di desolato, todo está impregnado de la musicalidad del papiamento (papiamentu), una lengua criolla que surgió de la mezcla del neerlandés, el portugués, el español, el inglés y palabras de origen africano y amerindio (arawak), así como por las creencias mágico-religiosas en un eficaz realismo mágico. Poco después, este dúo de talento desbordante estallará, dando a esta segunda película un aire de precioso testamento artístico.

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Almacita di Desolato de Felix de Rooy, 1986 ©Hungry Eye Pictures – Curaçao

1992: MARTINICA/GUADALUPE - SIMÉON, DE EUZHAN PALCY

Tras sus primeras películas en Hollywood, Euzhan Palcy vuelve a las Antillas con una película basada en el imaginario mágico-religioso caribeño, al estilo de un cuento, y rodada en Guadalupe. En los primeros veinte minutos, el profesor de música Siméon, interpretado majestuosamente por Jean-Claude Duverger, fallece. Al no poder ascender a los cielos, el fantasma de Siméon (al que llaman «el espíritu de la música») se queda junto a sus amigos, que han creado un grupo llamado «Jacaranda» y cuyos miembros son interpretados por el auténtico grupo Kassav’ (con Jacob Desvarieux y Jocelyne Béroard a la cabeza), que inventó el zouk.

Les ayudará a dar a conocer su música entre los productores de París. Contada en parte por la joven Orélie (Lucinda Messager), la trama de esta película nos presenta la capital francesa (reconstruida en estudios) tal y como la imagina una joven de Guadalupe, a modo de imagen idílica, como un «cambio de perspectiva»: ahora es el centro de Francia (y ya no los territorios de ultramar) el que debe verse como una «postal».

Sobre todo, esta peli desarrolla cinematográficamente un realismo maravilloso, una especie de fantasía caribeña en la que los sucesos sobrenaturales se viven sin sorpresa y donde los personajes interactúan con total naturalidad con un fantasma que no ven (a diferencia de la mayoría de las pelis de fantasmas), pero al que oyen (en una clara consagración de la tradición oral). Unos años más tarde, Nord-Plage (2004), la única película dirigida hasta la fecha por un «béké» de las Antillas francesas (descendiente de una familia de esclavistas), con guion de Patrick Chamoiseau (Premio Goncourt 1992), encajará de maravilla en esta corriente que late tímidamente desde las primeras películas del cine antillano. Siméon, ¡entre alegría y originalidad!

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Siméon d’Euzhan Palcy, 1992 ©AMLF/JMJ Productions – Martinique/Guadeloupe

1993: HAITÍ – «EL HOMBRE DE LOS MUELLES», DE RAOUL PECK

Definir el cine haitiano es complicado. De hecho, a diferencia de otras cinematografías caribeñas más «estructuradas», como en Cuba o en Jamaica, por ejemplo, o en las que la producción es escasa, como la de Antigua y Barbuda, en Haití se ruedan muchas películas, a veces en condiciones técnicas precarias, y tienen un gran éxito entre la gente a pesar de su carácter semiprofesional.

Se nos ocurren, sobre todo, películas como ¿Tiene el presidente el sida? (2006), con el famoso Jimmy Jean-Louis, que interpretó al «haitiano» en la serie estadounidense Heroes (2006-2010), y Los amores de un zombi (2010), de Arnold Antonin, con la futura directora de Freda (2021), Gessica Généus, un director imprescindible, conocido sobre todo por sus documentales y su empeño en reflejar la realidad cotidiana de Haití.

A menudo se menciona una fecha: el estreno del mediometraje Anita , de Rassoul Labuchin, en 1980. En cuanto a los largometrajes de ficción, L’Homme sur les quais es imprescindible, aunque solo sea por su distribución internacional y la carrera de Raoul Peck: entre otras cosas, la película de ficción Lumumba (2000), los documentales I Am Not Your Negro (2016), sobre el intelectual James Baldwin, y Orwell: 2+2 = 5 (2025) o la serie documental «Acabad con todos esos brutos» (2021), por no hablar de su cargo como director de la prestigiosa escuela de cine FÉMIS (2010-2019).

Seleccionada para la sección oficial del Festival de Cannes, El hombre de los muelles es una película poco habitual en el cine caribeño por su apuesta por numerosos efectos de lentitud, a través de la interpretación de los actores y de muchos movimientos de cámara (desde la primera secuencia), que reflejan la tensión constante que se vivía durante la dictadura de François Duvalier (1957-1971), que, a veces, estalla sin previo aviso en una puesta en escena siempre decididamente sobria.

Contada desde la perspectiva de una niña, hija de un opositor al régimen, y defendida con firmeza por su abuela, interpretada con dignidad por la famosa cantante Toto Bissainthe (que falleció poco después del rodaje), la trama de la película termina con la voz en off de la niña: «justo cuando mi historia deja de ser solo mía y se convierte en la de todos…». Una película imprescindible sobre la dictadura.

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L’Homme sur les quais de Raoul Peck,1993 ©Acteurs Auteurs Associés – Haïti

1997: JAMAICA - DANCEHALL QUEEN, DE RICK ELGOOD Y DON LETTS

Dancehall Queen es una de las muchas películas jamaicanas que siguen la fórmula que propuso The Harder They Come (Perry Henzell, 1972): música jamaicana (reggae o dancehall) conocida a nivel internacional, baile sensual (como ocurría en los créditos finales de la película de Henzell, con un primer plano de la cadera de una mujer bailando, como una invitación a lo que vendrá después), violencia en el gueto e intervenciones esporádicas de la policía.

Es el caso de algunas películas importantes de este cine: entre ellas, *Rockers* (1978), del director griego Theodoros Bafaloukos, que algunos consideran la película que mejor ha captado el espíritu contestatario del reggae y el pensamiento de los rastafaris (una presencia comunitaria que volverá a ser clave en Countryman , de Dickie Jobson, en 1982) y que provocó un tumulto durante su proyección en el Festival de Cannes de 1979, o, más recientemente, Better Mus’Come , de Storm Saulter (2011), que tiene un carácter más abiertamente político al inspirarse en disturbios que realmente ocurrieron durante el periodo electoral.

Así que, «Dancehall Queen» empieza con una secuencia tipo «vídeo musical» del famoso Beenie Man, que hace un papel secundario y está cantando; igual que en la última parte de la peli, hay varias actuaciones en el escenario durante un concurso de baile. Sin embargo, hay una diferencia importante: la protagonista es una mujer. Marcia es una vendedora ambulante que decide participar en un concurso de baile para emanciparse.

Al mismo tiempo, una de sus hijas recibe insinuaciones de su tío Larry, que ayuda económicamente a la familia. Cuando se lo cuenta a su madre, esta le resta importancia a lo que hace su propio hermano y le habla de sus problemas económicos. A medida que se va dando cuenta de cómo es realmente su hermano Larry —que, mientras tanto, se habrá acostado con su propia sobrina—, manipulará a uno de sus secuaces para que se enfrente a él.

El tema de la violencia que sufren las mujeres aparece a menudo en el cine anglófono caribeño, sobre todo en las producciones semiprofesionales de Mathurine Emmanuel (Santa Lucía) o de Anderson Quarless (Granada), mientras que este tema sigue siendo tabú en el cine de Guadalupe y Martinica, salvo contadas excepciones. La franqueza con la que se aborda el tema de la violación y, más concretamente, el incesto, hace que Dancehall Queen.

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2000: MARTINICA - «PASSAGE DU MILIEU», DE GUY DESLAURIERS

Con motivo de la llegada del siglo XXI, el director Guy Deslauriers y su guionista Patrick Chamoiseau (Premio Goncourt de 1992 por su famosa novela Texaco) nos invitan a revivir la travesía del Atlántico a bordo de un barco negrero, al que en la época de la esclavitud se le llamaba el « Middle Passage » (es decir, el «Trayecto del Medio»), como un necesario ejercicio de memoria.

Tres cuartas partes de la película transcurren en la bodega, rodeados de esclavos arrancados de África. Varios flashbacks nos «llevan» de vuelta a ese continente, a los pueblos, los ríos y las grandes llanuras, todo ello acompañado de la voz en off de un esclavo anónimo cuyo rostro no deja de cambiar (a menudo mirando directamente a la cámara) a lo largo de la película, como si representara a todas y todos ellas y ellos.

Esa África perdida está, sin duda, encarnada por una mujer que nos mira fijamente a los ojos, a nosotros, los espectadores, mientras la voz en off dice: «Mujer, eres la tierra violada dos veces. Eres la madre a la que le arrebatan a sus hijos. De todas nuestras Áfricas, tú eres la más real. » En el primer largometraje de Deslauriers y Chamoiseau, El exilio del rey Béhanzin (1996), se narraba el encarcelamiento (hecho histórico comprobado) del rey Ahydjéré, del reino de Dahomey (actual Benín), en Martinica, tras su derrota ante las tropas francesas de Alfred Dodds: una forma que tenía el cine antillano de restablecer un vínculo con el «País de antes», por retomar una expresión del poeta y filósofo Édouard Glissant.

Unos años después Amistad de Steven Spielberg (1997), Passage du milieu fue aclamada por lo minuciosa que fue su representación de ese periodo del pasado colonial. Por eso, ganó un premio en el famoso festival de Sundance y la cadena HBO la emitió y luego la distribuyó en DVD en Estados Unidos.

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Passage du milieu de Guy Deslauriers, 2000 ©Les Films du Raphia/Kreol Productions – Martinique

2000: CUBA – LISTA DE ESPERA, DE JUAN CARLOS TABÍO

Juan Carlos Tabío, que era muy amigo de Tomás Gutiérrez Alea, codirigió con él las dos últimas películas del famoso director, al que en Cuba llaman «El Titón» («El Titán»), a saber: Fresa y chocolate / Fresa y Chocolate (1993) y Guantanamera (1995). La primera es una comedia sobre la realidad de los homosexuales y el control estatal en Cuba, con un guion coescrito por el autor Senel Paz, que ha tratado mucho el tema de la homosexualidad en la sociedad cubana en sus diversos escritos y que tuvo el honor de ser nominado al Óscar a la mejor película extranjera, algo inédito para una película cubana.

La segunda es una road movie trepidante y original que, al igual que «Fresa y chocolate», no deja de lanzar una mirada crítica al régimen cubano y es la auténtica película-testamento de Alea. En cuanto a Juan Carlos Tabío, no es su primera vez, ya que su primer largometraje, Se permuta, data de 1985. Siguiendo la línea satírica de las películas de Alea, Lista de espera sigue el recorrido de un grupo de personajes que esperan un autobús, unas veces con destino a La Habana y otras a Santiago, en una parada apartada.

Entre los autobuses que no llegan y los que, demasiado viejos, se averían, el director de la estación repara él mismo un modelo destartalado a falta de recambios, que no pueden venir ni del régimen comunista de la antigua URSS, que se ha derrumbado, ni de Estados Unidos, que impone un embargo económico a la isla, los clientes que esperan tendrán que aprender a convivir y a superar todas las dificultades del momento, incluso la de alimentarse…

Además de ser una película que critica a Cuba, esta comedia agridulce llena de giros inesperados, con un reparto excepcional que destaca la gran profesionalidad del cine cubano, es una reflexión sutil sobre lo difícil que es superar el individualismo y actuar como un todo, es decir, funcionar al estilo comunista. La última parte, a medio camino entre el sueño y la realidad, construye una bonita utopía política con un buen humor contagioso. Todo un hito del refinamiento cultural cubano.

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Liste d’attente (Lista de espera) de Juan Carlos Tabío, 2000 ©ICAIC/DMVB – Cuba

2001: ANTIGUA Y BARBUDA – «THE SWEETEST MANGO, THE SKIND», DE HOWARD ALLEN

The Skin es el segundo largometraje de la pareja Allen: Howard como director y Mitzi como productora. En 2001, ya habían hecho The Sweetest Mango (2001) para que su país tuviera su primera película «local» con motivo de la llegada del siglo XXI. Está claramente inspirada en su propia historia de amor: Lovelyanne «Luv » Davies, que vuelve tras pasar varios años en Canadá, tiene dificultades para readaptarse a su país de origen, debido a lo pequeño que es el archipiélago (440 km²) y a la escasez de oportunidades profesionales, mientras que uno de sus compañeros de trabajo la seduce hasta casarse con ella.

Basada en una trama clásica, esta película, que por desgracia era un poco precaria a nivel técnico (rodada con cámaras digitales de primera generación), ya destacaba en varios aspectos: carecía de dimensión social o histórica, a diferencia de otras películas caribeñas, un título que hacía referencia a la temporada de mangos (de abril hasta el final del verano), lo que creaba un marcador temporal firmemente arraigado en el paisaje, y la reivindicación de que los pequeños espacios también pueden albergar grandes historias (de amor, entre otras).

Para The Skin, esta pareja tan ambiciosa, que se esfuerza por hacer cine en una isla con menos de 100 000 habitantes, contó con la ayuda de un equipo técnico procedente de la prestigiosa universidad afroamericana Howard University , además de un reparto internacional en el que se incluyen el famoso actor jamaicano Carl Bradshaw y el cómico británico Jeff Stewart.

Aunque se deja llevar por una visión turística de la isla (vistas aéreas de la costa, barcos de recreo, bailes sensuales y la música que los acompaña, etc.), esta película se ancla firmemente en el folclore mágico-religioso caribeño a través de la historia de un jarrón maldito vinculado a la época de la esclavitud y ofrece unas secuencias nocturnas en el bosque especialmente angustiosas, donde el criollo se mezcla con picardía con el inglés. Una película eficaz con grandes ambiciones.

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The Skind d’Howard Allen, 2011 ©Hama Films – Antigua-et-Barbuda

2004: MARTINICA – BIGUINE, DE GUY DESLAURIERS

Tercer largometraje fruto del tándem Chamoiseau-Deslauriers, una colaboración única hasta la fecha entre la literatura antillana y el cine antillano, esta comedia musical (o, más bien, drama musical) sobre la invención de la famosa música «biguine» en la ciudad de Saint-Pierre (por aquel entonces, la capital mundial del azúcar y el ron) de Martinica en la segunda mitad del siglo XIX es la ocasión perfecta para poner en escena el proceso de criollización, ese mestizaje cultural acelerado e impredecible (tal y como lo planteó el autor Édouard Glissant), a través de la creación musical. Hermansia (Micheline Mona, hija del famoso Eugène Mona, especialista en la flauta de los «mornes») y Tiquitaque (Max Télèphe), que vienen del campo, se instalan en la ciudad, donde vivirán durante casi 30 años.

La música que tocan, de origen africano, no llama la atención en los bailes burgueses. Fue entonces, al entrar en contacto con la música europea, bales (Saint-Pierre tenía ópera, tranvía e iluminación de gas) o mazurcas, y con instrumentos europeos, que apenas conocían, empezaron a mezclar las formas de hacer música. En concreto, Hermansia toma una decisión importante al regalarle un clarinete a su pareja.

El choque entre los ritmos de origen africano (música del campo martinicano) y la instrumentación europea (clarinete, violín, piano, etc.) dará lugar a la biguine, al igual que ocurre con tantas otras músicas caribeñas, desde el reggae hasta la steel band, pasando por el compas. En esta película, la mujer antillana es, pues, la impulsora del proceso de criollización cultural: Biguine completa los distintos aspectos de la «fémifocalidad», es decir, la importancia de las mujeres en el cine antillano. Por último, además de las numerosas secuencias musicales con temas legendarios de la biguine, con un marcado carácter político, la película termina con una evocación de la famosa erupción del monte Pelée de 1902, que arrasó la ciudad de Saint-Pierre y se cobró cerca de 30 000 víctimas mortales.

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Biguine de Guy Deslauriers, 2004 ©Kreol Productions - Martinique

2005: GUADALUPE - NÈG MARON, DE JEAN-CLAUDE BARNY

Nèg Maron es la peli de toda una generación. Protagonizada por dos estrellas del dancehall guadalupeño, Daly y Admiral T, que interpretan los papeles principales de Silex y Josua, junto a Pedro (Stomy Bugsy), marca un punto de inflexión en el cine antillano a principios de los años 2000. Al igual que Tèt grenné de Christian Grandman (2001), se centra en el espacio urbano contemporáneo en un cine que todavía es rural (a diferencia del cine jamaicano, que se desarrolla en la ciudad desde sus inicios) con una estética inspirada en los videoclips (cámara al hombro, movimientos rápidos, cambios rápidos de plano, jump cut) al son del hip hop y el rap: surge una nueva generación de directores. Seguimos a una juventud ociosa en el «gueto», entre hurtos y cannabis, cuyos códigos (gestos, expresiones, ropa, referencias), perfectamente dominados, generan un potente efecto espejo en los jóvenes espectadores.

La madre criolla (una madre soltera que cría a sus hijos) nunca falla, y aquí la interpreta con mucho estilo Jocelyne Béroard (del grupo Kassav’) en unas escenas que han pasado a la historia del cine. En cuanto a la lengua criolla, está muy viva y tiene una gran presencia, tras una década en la que se había ido diluyendo (quizá por buscar un público más amplio que el de las Antillas y la Guayana), y la película también se caracteriza por una banda sonora totalmente en sintonía con su época.

La conciencia política tampoco se queda atrás: uno de los muy pocos enfrentamientos físicos entre un personaje negro y uno béké (descendiente de una familia esclavista) abre la película y marca la pauta, con el telón de fondo de una disputa relacionada con el pasado colonial, mientras que el título de la película hace referencia a la fuga de esclavos. Es como si la injusticia del sistema económico, basado en una jerarquía social «racializada», resaltara elementos de continuidad con el pasado de las Antillas.

Entre referencias al pasado y códigos culturales de principios del siglo XXI, esta película batió todos los récords de taquilla en Guadalupe y, gracias a una sólida distribución en Francia continental, tuvo un éxito inesperado en varias ciudades francesas, sobre todo en Île-de-France. Tras el innegable éxito de Rue Cases-Nègres (Euzhan Palcy, 1983), el cine antillano volvía a demostrar su potencial a nivel nacional.

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Nèg Maron de Jean-Claude Barny, 2005 ©Mars Distribution – Guadeloupe

2011: REPÚBLICA DOMINICANA - «LA HIJA NATURAL», DE LETICIA TONOS

Aunque su producción sea modesta, la República Dominicana cuenta con una oferta cinematográfica constante que está llena de pequeñas sorpresas. «La Hija natural» cuenta la historia de una joven que, tras la muerte de su madre —a cuya casa chocó un autobús (lo cual no es la única «fantasía» del guion de esta película)—, se va a conocer a su padre, al que nunca ha conocido.

Este último acepta acogerla a pesar de los temores que le despierta la llegada de esta chica desconocida. Como era de esperar, varios acontecimientos los acercarán. Sin embargo, aunque la trama pueda parecer típica, está firmemente arraigada en la realidad caribeña. Para empezar, la ausencia de una paternidad asumida, a veces sin reconocimiento oficial de los hijos, es una realidad que marca profundamente a ciertas sociedades del Caribe: así, aún hoy en día, más de una de cada dos familias es monoparental en las Antillas francesas.

Hay un fenómeno relacionado: el riesgo de enamorarse de una hermanastra o un hermanastro que no conoces, un recurso dramático que se usa muy bien en esta peli. Además, los personajes sueñan con los muertos y se aseguran de que sus fantasmas no estén en el jardín (con toda la naturalidad de la «magia» cotidiana del realismo mágico que se encuentra tanto en la literatura haitiana como en la latinoamericana) clavando un cuchillo en la tierra para ver hacia qué lado se inclina.

Tras una ceremonia vudú, una hipnótica secuencia nocturna en un plantón de plátanos muestra a la joven protagonista poseída por el espíritu de la difunta esposa de su padre, donde el pasado y el presente se mezclan sin problemas (un personaje secundario de unos sesenta años vuelve entonces a la infancia), sin que eso sorprenda a nadie. Por otra parte, con mucha discreción, esta película pone de relieve la jerarquía social «racializada» tan arraigada en el Caribe debido al pasado colonial: el padre tiene la piel blanca, mientras que su hija es mestiza, lo que puede explicar la falta de reconocimiento oficial por parte de este personaje influyente, y que el hombre que hace de todo para él sea negro.

En una escena que, a primera vista, parece sin importancia, es precisamente el hombre negro el que tiene que llevar una cesta de huevos que, a simple vista, parecen apestosos al vertedero, al otro extremo de la ciudad, mientras los vecinos, en su mayoría blancos y mestizos, se dedican a lo suyo, ya sea en misa o en las tiendas. El más reciente Sugar Island (Johanne Gómez Terrero, 2024), de trayectoria internacional, retoma algunos de los temas de La Hija natural, entre el vudú y la maternidad precoz, pero esta vez en una comunidad afrocaribeña.

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La Hija natural (La Fille naturelle) de Francisco Montas & Leticia Tonos, 2011 ©Producciones Linea Espiral/Isla Films – République dominicaine

2011: GUADALUPE - LA FELICIDAD DE ELZA, DE MARIETTE MONPIERRE

Hay muy pocas directoras de largometrajes de ficción en el cine antillano. La más famosa es la martinicana Euzhan Palcy, con la imprescindible Rue Cases-Nègres (1983), que se llevó un montón de premios y le abrió las puertas al panorama internacional. Sin embargo, hay que recordar que la primera mujer antillana en dirigir un largometraje fue la guadalupeña Sarah Maldoror con Sambizanga (1972), una película que trata sobre el proceso de liberación nacional de Angola y que forma parte de los clásicos del cine africano.

Por eso, esta última fue restaurada por elAfrican Film Heritage Project de la Film Foundation del director estadounidense Martin Scorsese en 2021. Además, con esta película, Sarah Maldoror se convirtió oficialmente en una de las primeras directoras francesas, junto a Alice Guy, Musidora, Germaine Dulac o incluso Agnès Varda. Con Le Bonheur d’Elza (2011), la guadalupeña Mariette Monpierre, con una trayectoria internacional (sobre todo en Estados Unidos), se convierte en la tercera mujer antillana en dirigir un largometraje que, tras su paso por festivales de Nueva York, tuvo el honor de ser elegido como «selección de la crítica» por el New York Times.

Esta película cuenta la historia de una joven que, con mucha determinación y en contra de la opinión de su propia madre, decide volver a Guadalupe para conocer a su padre, al que nunca ha conocido. Además, en un momento dado, Elza (Stana Roumillac) sufre un intento de violación en una ducha. Con el protagonismo que han cobrado los personajes femeninos en algunas películas recientes, la fragilidad de su situación se pone de manifiesto de forma más directa en su día a día, lo que pone en entredicho la imagen de la mujer antillana imperturbable y resistente (la «mujer de pie»).

Con La felicidad de Elza, Mariette Monpierre reivindica el derecho de las mujeres a ser vulnerables y a tener deseos sexuales, algo que el cine le «prohibía» hasta entonces. Esta película forma parte de un movimiento del cine antillano que empezó en 2010 y que, con películas como *Retour au Pays* (Julien Dalle, 2010), permite que los personajes, con una psicología ahora más profunda, sean individuos, a diferencia de los primeros treinta años de este cine, caracterizados por figuras que garantizaban el destino del colectivo (el barrio, la cultura, la identidad). Los personajes femeninos de este cine forman parte de ello de lleno.

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Le Bonheur d’Elza de Mariette Monpierre, 2011 ©Gwada Films – Guadeloupe

2015: MARTINICA – BATTLEDREAM CHRONICLE, DE ALAIN BIDARD

Esta película es una excepción en esta cronología: de hecho, es uno de los dos largometrajes de animación del cine antillano. Una hazaña notable: los dos los ha hecho íntegramente, tanto a nivel visual como sonoro (doblaje de varios personajes, sobre todo), el martinicano Alain Bidard. Battledream Chronicle, con una fuerte influencia de la estética manga, se desarrolla en un mundo futurista, en el año 2100, en el que las naciones del mundo real se enfrentan a través de un juego virtual, el Battledream.

Los perdedores ven cómo su nación (en esta peli, Martinica es una de ellas) queda totalmente dominada por los vencedores y cómo se borra su memoria colectiva. Reducidos a la esclavitud, los habitantes de las naciones conquistadas tienen que entregar regularmente una cierta cantidad de créditos («1000 XP»), igual que en otros tiempos había que cortar un número determinado de fardos de caña, a los Inquisidores, so pena de que su comunidad quedara arrasada.

Como ya habrás entendido, en esta película se hacen muchas alusiones al pasado esclavista y colonial a través de sutiles giros. Martinica logró resistir en medio de la Battledream será la última nación en plantarle cara al Imperio, llamado Mortemonde, y lo derrotará. Un dato a destacar: la gran batalla final la librarán dos protagonistas femeninas, que a veces llevan pendientes llamados «criollos» y otras veces un tocado de tela madras (« maré-tèt » en criollo), como mujeres típicas de las Antillas. Son, sin duda, el centro (« poto-mitan » en criollo) de la acción de esta peli: la «fémifocalidad» del cine antillano gana fuerza. En cuanto a la segunda peli de Alain Bidard, Opal (2021), aborda con mucha delicadeza el difícil tema del incesto.

Opal, la hija del rey y la reina de un reino futurista, lucha por escapar de su castillo y tiene que aguantar las visitas constantes de su padre, en cuya cara destaca un cuerno (una clara prolongación fálica), que le quita «su magia». A través del recurso imaginativo de la película de animación, Alain Bidard aborda el espinoso tema de la violencia sexual que sufren los niños y, más concretamente, las niñas. Ahora más que nunca, en el cine antillano, las mujeres están tomando el poder.

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Battledream Chronicle d’Alain Bidard, 2015 ©Pagod Films – Martinique

2020: CURAZAO – BULADÓ, DE ECHÉ JANGA

Buladó Es una de esas películas que reflejan a la perfección la capacidad de sorprender del cine caribeño. Seguimos a una adolescente marcada por la muerte prematura de su madre, a la que nunca conoció, atrapada entre su padre, Ouira, un policía de carácter naturalmente autoritario, y su abuelo, el excéntrico Weljo, que habla con los espíritus, al borde de la locura. A pesar de una trama ya vista y de unos conflictos bastante típicos, Eché Janga crea una película cautivadora que destaca las particularidades del paisaje de la pequeña isla neerlandesa de Curazao, con aires de desierto en el que se podría rodar un western, así como la gran calidad de su reparto y la belleza del papiamento (papiamentu), una lengua criolla que surgió de la mezcla entre el neerlandés, el portugués, el español, el inglés y palabras de origen africano y amerindio (arawak), y que se habla en varias islas neerlandesas del Caribe.

El conflicto entre el padre y el abuelo plasma muy bien la dualidad cotidiana entre el pensamiento racional europeo y un pensamiento mágico, de origen africano o amerindio, que aún hoy impregna muchas sociedades caribeñas, donde se practican rituales con regularidad en un sorprendente sincretismo de creencias que suelen señalar los etnólogos. La joven Kenza (interpretada por la sorprendente Tiara Richards) llegará incluso a decirle a su padre, mestizo como ella, que «profana» la cama de su perro, recientemente fallecido: «¡Eres realmente un blanco!», es decir, que se comporta como un occidental.

El duelo que la chica va superando poco a poco, mientras su madre le «habla», se mezcla con la irracionalidad asumida de su abuelo, magníficamente interpretado por Felix De Rooy, padre del cine caribeño neerlandófono. De hecho, este último dialoga con los espíritus amerindios desposeídos de sus tierras, cuya ira no parece haberse apagado. Así, nos vemos doblemente sumergidos en un misticismo de gran fuerza visual donde el sueño y la realidad a menudo se confunden. Esta película, una magnífica reflexión cinematográfica sobre el duelo, termina con estas palabras, en voz en off: «La muerte siempre está ahí. Quien aprende a vivir con ella es libre como el viento». Buladó fue elegida por los Países Bajos para representarlos en los Óscar de 2021.

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Buladó d’Eché Janga, 2020 ©Kepler Films/Les Films du Préau – Curaçao

2021: HAITÍ – FREDA, DE GESSICA GÉNÉUS

Las directoras son pocas en el cine caribeño. Además de las que ya se han mencionado en esta cronología, podemos destacar a la afrocubana Sara Gómez, de Cuba, con el docuficción *De cierta manera* (De cierta manera), estrenada en 1977, la primera película dirigida por una mujer en ese país, poco antes de que falleciera la directora. También bajo el régimen cubano, las famosas sagas cinematográficas Lucía (1968) y Cecilia (1982), de Humberto Solás, ponen en primer plano a protagonistas femeninas a través de las cuales se observa la historia de la isla.

Por parte de Haití, Gessica Généus, conocida por sus papeles como actriz en algunas películas haitianas como Moloch tropical (Raoul Peck, 2009) o Les Amours d’un zombi (Arnold Antonin, 2010) y, más recientemente, Kidnapping Inc. (Bruno Mourral, 2024), causa sensación con su primera película, Freda, seleccionada en la categoría «Un Certain Regard» del Festival de Cannes de 2021. Con delicadeza, sigue la trayectoria de Freda (cuyo nombre evoca sutilmente a la famosa pintora feminista mexicana Frida Kahlo), una joven que vive con su madre y su hermana en la trastienda de la modesta tienda que tienen, mientras estudia antropología en la universidad.

Esta película tiene el mérito de mostrarnos cómo es realmente la ciudad de Puerto Príncipe hoy en día, algo que, sin embargo, resulta muy difícil de filmar por razones obvias de seguridad. De hecho, alterna con acierto, por un lado, debates políticos entre estudiantes, manifestaciones sociales (a través de imágenes documentales captadas sobre la marcha) y tiroteos en las calles y, por otro, momentos de distensión, risas y diversión (bailes en la calle o en discotecas), a pesar de las dificultades de un país en el que muchos ciudadanos se preguntan si deben marcharse o no.

Por su parte, entre los que se quedan, la hermana mestiza de Freda (interpretada de forma brillante por Nehemie Bastien), muy codiciada, se casa a toda prisa con un senador ante una madre que observa, sin decir nada, el juego de seducción interesada que lleva a cabo su hija, pasando de un hombre a otro, como si el único objetivo fuera la ascensión social de su familia. Entre la violencia doméstica, el riesgo de violación y las mujeres embarazadas abandonadas, la fragilidad de la condición femenina en Haití se aborda con sobriedad a través de un reparto impecable y una cámara que se mueve con delicadeza, casi al límite de lo perceptible. Más recientemente, con La última comida (2024), una película impresionante sobre la dictadura de los Duvalier (1957-1986), que ha ganado un montón de premios internacionales, la haitiano-quebequense Maryse Legagneur se ha sumado a las filas de las directoras con talento de la primera república negra del mundo.

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Freda de Gessica Généus, 2021 ©Nour Films – Haïti

2025: GUADALUPE – ZION, DE NELSON FOIX

El estreno de «Magma», la película del director francés Cyprien Vial, muy inspirada en la erupción de la Soufrière de 1976 —que hizo temer la destrucción de la capital, Basse-Terre (Guadalupe)—, y luego de dos películas dirigidas por guadalupeños, respectivamente Fanon (de Jean-Claude Barny), sobre el famoso intelectual anticolonialista en su etapa argelina, y Zion, en menos de un mes, ha conseguido llamar la atención de los medios franceses (Le Monde, Libération, etc.) sobre el potencial del cine antillano y, en general, de las películas que tratan sobre los territorios de ultramar.

De hecho, el público, más allá de las Antillas y su diáspora, ha acudido en masa: casi 50.000, 250.000 y 500.000 entradas, respectivamente. En concreto, al centrarse en la miseria social del «gueto» y en la realidad de una parte de la juventud antillana entre el tráfico de drogas, las salidas en moto y el consumo diario de drogas, Zion se opone rotundamente a esa imagen «de postal» de las Antillas. Con ello, actualiza un proceso de deconstrucción de esa visión exótica (una «mirada desde fuera») de estas islas que empezó ya con el primer largometraje de este cine: Coco la Fleur, candidato (Christian Lara, 1979), que ya se centraba mucho en la miseria social y las dificultades cotidianas de la gente, y que fue una característica muy marcada de esta producción durante más de treinta años.

En cuanto a su aspecto urbano, sigue la línea de Nèg Maron (2005), de Jean-Claude Barny, con la necesaria adaptación de los códigos a una nueva generación. También marca el regreso masivo del criollo en un largometraje de ficción: una elección típica del cine antillano de los años 70 y 80 y, tras una menor presencia de esta lengua entre 1990 y 2010 (salvo en algunas pelis como Nèg Maron), un resurgimiento que se ha hecho patente en casi todos los cortometrajes de esta última década.

Último punto: siguiendo la trayectoria del joven Chris (interpretado por el sorprendente Sloan Descombes), un delincuente ingenioso y poco respetuoso con las mujeres (excepto con su vecina, interpretada con solidez por Axelle Delisle), que se encuentra literalmente con un bebé entre manos, abandonado de forma anónima en su puerta, el cine antillano reivindica con más fuerza que nunca el derecho a la presencia de los padres en sociedades donde la mayoría de las familias siguen siendo monoparentales, un proceso iniciado y mantenido en este cine desde principios de la década de 2000. Esta película, con una energía contagiosa y con el trasfondo de una explosión social en plena época de carnaval, respaldada por una dirección, una producción y una distribución sólidas, ha consolidado ante un amplio público las particularidades que el cine antillano ha ido construyendo pacientemente a lo largo de varias décadas.

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Zion de Nelson Foix, 2025 © The Jokers Films– Guadeloupe

Textos: @Guillaume Robillard. Realización: Ciclic, 2026.

En la República Dominicana, un encuentro puede empezar con tres palabras que desconciertan a quien traduce el español al pie de la letra. Llega un amigo, aparece un mensaje, empieza una conversación y suelta esa frase tan coloquial: «¿Qué lo que?». No hace falta darle una explicación complicada. Sobre todo, sirve para romper el hielo. Detrás de esta frase se esconden un uso social, una forma de hablar y, ahora, tres letras muy reconocibles: KLK.

¿Qué significa realmente «¿Qué lo que?»

Lo más parecido sería «¿qué tal?», «¿qué pasa?» o, en inglés, «what’s up?». SpanishDictionary clasifica la expresión como un regionalismo que se usa en República Dominicana y como un saludo. En otras palabras, la traducción literal no sirve de mucho. En una conversación, «¿Qué lo que?» sirve, ante todo, como una forma familiar de romper el hielo. Así que la respuesta no tiene por qué ser un relato detallado de cómo te ha ido el día. Como muchos saludos, la expresión puede servir simplemente para crear cercanía entre dos personas. El contexto, el tono y la relación cuentan tanto como las propias palabras. Ahí es donde el habla local se escapa de las traducciones demasiado mecánicas.

¿Qué lo que?

Una fórmula que se adapta al tono y al contexto

Decir «¿Qué lo que?» no es lo mismo que usar una expresión neutra en todas las situaciones. Su registro es coloquial. Cobre fuerza en las conversaciones cotidianas, entre familiares, amigos o gente que comparte los mismos códigos. Una expresión nunca es solo una definición. También indica quién habla, a quién, en qué situación y con qué grado de cercanía. El vocabulario se convierte así en un indicio de la vida social. En la República Dominicana, esta expresión forma parte de los elementos asociados a una forma local de expresarse.

¿Qué lo que?
¿Qué lo que?

De «¿Qué lo que?» a KLK

La historia se pone más interesante cuando pasa de la voz a la pantalla. En las conversaciones por escrito, la fórmula suele reducirse a tres letras: KLK. Esta abreviatura conserva el sonido y la intención del saludo, a la vez que se adapta al ritmo de los mensajes digitales. El fenómeno es lo bastante visible como para que se haya incorporado a los debates institucionales sobre el habla dominicana. En 2022, un encuentro organizado por la Academia Dominicana de la Lengua sobre cómo se habla en Santo Domingo se tituló «¿KLK ciudad? ¿Cómo habla la ciudad de Santo Domingo? ». La elección de KLK en este título demuestra hasta qué punto estas tres letras pueden funcionar como un signo lingüístico inmediatamente reconocible en el contexto dominicano.

¿Qué lo que?
¿Qué lo que?

Cuando tres letras se convierten en un símbolo de identidad

La relación entre «¿Qué lo que?» y la identidad dominicana también traspasa las fronteras de la isla. Un estudio presentado en 2024 en el Simposio de Lingüística Hispánica analizó varios elementos del léxico dominicano entre 25 residentes de Long Island, en el estado de Nueva York. Los investigadores observaron, sobre todo, que los participantes asociaban «que lo qué» con la identidad dominicana. La expresión también estaba muy relacionada con la idea de cordialidad. Así, el estudio muestra cómo ciertas palabras viajan con las comunidades y siguen generando asociaciones sociales lejos del territorio donde se usan.

Este resultado no significa que todos los dominicanos usen «¿Qué lo que?» de la misma manera, ni que esa expresión por sí sola resuma el español dominicano. De hecho, la Academia Dominicana de la Lengua recuerda que las formas de hablar varían según las zonas del país, con sus propios ritmos, sonidos y palabras. La singularidad radica precisamente en esa diversidad.

¿Qué lo que?

Una frase corta, una historia más larga

Con «¿Qué lo que? », bastan tres palabras para romper el hielo. Con KLK, ahora bastan tres letras para transmitir esa misma complicidad en una pantalla. La oralidad, la escritura digital y la diáspora: esta fórmula nos recuerda que una lengua también se transforma en el uso cotidiano. Quizá sea eso lo que hace que estas expresiones sean tan valiosas. No solo viven en los diccionarios. Circulan entre la gente, cambian de forma y, a veces, se convierten en signos de reconocimiento. Después de «KLK», ¿qué otra expresión del Caribe merece ser descifrada para entender lo que un territorio cuenta a través de su forma de hablar?

¿Qué lo que?

«¿Qué lo que?» es una expresión coloquial dominicana que se usa como saludo. Dependiendo del contexto, puede parecerse a «¿qué tal?», «¿qué pasa?» o al inglés «what’s up?».

KLK es la forma abreviada de «¿Qué lo que?», que se usa sobre todo en las comunicaciones escritas y digitales. Estas tres letras te permiten mantener el espíritu de este saludo dominicano en los mensajes y en las redes sociales.

«¿Qué lo que?» está muy ligada al uso lingüístico dominicano. Más allá de su significado, la expresión puede servir como indicador de cercanía e identidad, incluso en las comunidades dominicanas que viven fuera del país.

En Santo Domingo, Kundengo Minier y César Namnúm acaban de recibir un homenaje por haber dedicado más de cinco décadas al son y a la música tradicional dominicana. Pero durante el concierto «A Ritmo de Son», los dos no solo estaban ahí para recibir un premio: volvieron a coger sus instrumentos, compartieron el escenario y nos recordaron que un patrimonio musical sigue vivo mientras se siga tocando.

Un homenaje que termina con música

Había placas conmemorativas y homenajes. Pero, sobre todo, había música. Kundengo Minier y César Namnúm compartieron el escenario en «A Ritmo de Son», un concierto organizado por Roberto Bobadilla y el grupo Son Urbano. La velada mezcló música, baile y memoria cultural. Los dos músicos interpretaron varios temas, entre ellos «Ven mi morena», «Celo al aire», Isabel, La Paloma y En la loma de Belén. Su colaboración culminó con «Cuarto de Tula». Un momento que resume el espíritu de la velada: a estos dos hombres no se les homenajeaba por una historia que ya había terminado, sino por la música que siguen haciendo sonar.

El Centro Cultural Banreservas y la Fundación Arte y Cultura Raíces han querido reconocer unas trayectorias de más de cinco décadas dedicadas a la conservación, la investigación y la difusión del sonido. Detrás de este homenaje surge entonces una pregunta: ¿cómo consigue una música traspasar las generaciones sin convertirse en un simple recuerdo?

Kundengo Minier
@César Namnúm
Kundengo Minier
@César Namnúm
Kundengo Minier
@César Namnúm

Kundengo Minier, transmitir con las manos

En Kundengo Minier, la respuesta pasa, ante todo, por la acción. Guitarrista y cuatrista, también fabrica sus propios instrumentos. Su trayectoria lleva más de cincuenta años ligada a la conservación y difusión del sonido y otras expresiones de la música tradicional dominicana.

Esta dimensión le da a su trayectoria una fuerza especial. Transmitir música no consiste solo en conservar grabaciones o en contar lo que significaba en el pasado. En su caso, la transmisión también pasa por lo tangible: fabricar un instrumento, conocer sus sonidos, cogerlo y seguir tocando. Así, el patrimonio se vuelve algo tangible. Vive en un saber hacer y en unos gestos que otros pueden observar, aprender y luego imitar.

Kundengo Minier
@Kundengo Minier

César Namnúm, mantener viva la memoria

César Namnúm representa otra forma de dar vida a esta música. Músico, narrador y escritor, es conocido por su labor de investigación, promoción y difusión del sonido y otras formas musicales tradicionales dominicanas. Mientras que Kundengo Minier encarna sobre todo la práctica instrumental y la fabricación de instrumentos, César Namnúm nos recuerda que una tradición también debe contarse, documentarse y compartirse para que siga viva.

Estos dos recorridos se complementan. Uno muestra cómo se transmite una cultura a través de las manos y los instrumentos. El otro destaca la importancia de la palabra, la investigación y la difusión. Juntos, le dan a la palabra «conservación» una dimensión mucho más viva.

Kundengo Minier
@César Namnúm

La música dominicana no está en una vitrina

Quizá sea eso lo que la velada A Ritmo de Son lo ha dejado más claro. Tras el homenaje, la música siguió con Son Urbano y un repertorio que incluía, entre otros, «La Zona merece un son», «Son a Villa Francisca», «Son de San Antón» o también Homenaje a Piro Valerio. El público se dejó llevar por el ritmo y el baile. Así que el sonido no se presentaba como una pieza de museo que se mira desde lejos. Ocupaba el espacio, reunía a los músicos y hacía bailar a los que habían venido a escucharlo.

Preservar la música tradicional también significa hacer que siga sonando y practicándose. Significa crear espacios donde se pueda interpretar, donde se puedan contar sus historias y donde nuevos públicos puedan descubrirla.

¿Quién tomará el relevo?

Tras más de cinco décadas de trabajo, Kundengo Minier y César Namnúm representan dos formas complementarias de transmitir el sonido dominicano. Su reconocimiento celebra lo que ya han logrado, pero también llama la atención sobre lo que aún queda por difundir. Porque un patrimonio musical no sobrevive solo gracias a quienes lo han mantenido vivo durante cincuenta años. También depende de quienes, después, deciden aprenderlo, tocarlo, contarlo y compartirlo.

La pregunta que nos deja este homenaje mira tanto hacia el futuro como hacia el pasado: después de Kundengo Minier y César Namnúm, ¿qué manos, qué voces y qué escenarios seguirán dando vida al sonido dominicano?Preservar una música tradicional también significa permitir que siga sonando y practicándose. Significa crear espacios donde se pueda interpretar, donde se puedan contar sus historias y donde nuevos públicos puedan descubrirla.

Kundengo Minier es un músico dominicano, guitarrista, cuatrista y constructor de instrumentos. Lleva más de cinco décadas contribuyendo a preservar y transmitir el sonido y la música tradicionales dominicanas.

César Namnúm es un músico, locutor y escritor dominicano. Su trayectoria está especialmente vinculada a la investigación, la promoción y la difusión del «son» y otras expresiones musicales tradicionales de la República Dominicana.

Kundengo Minier y César Namnúm han sido homenajeados en Santo Domingo por sus más de cincuenta años dedicados a la conservación, la investigación y la difusión del «son dominicano» y de la música tradicional.

Al suroeste de la República Dominicana, el paisaje parece desafiar a la geografía. El lago Enriquillo, considerado el más grande de las Antillas, se encuentra en una depresión cuya superficie está a 40 metros por debajo del nivel del mar. Un lago salado, inmenso, sin salida al océano, donde viven cocodrilos americanos e iguanas. Detrás de esta escena tan concreta se esconde una pregunta mucho más amplia: ¿cómo se ha formado aquí un lago tan singular y qué nos cuenta sobre el territorio que lo rodea?

El lago Enriquillo, un lago sin salida al mar

Una de las claves está en la propia forma de la cuenca. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), un organismo público de investigación especializado sobre todo en ciencias de la Tierra, describe el lago Enriquillo y el cercano lago Azuéi, en Haití, como dos lagos salados situados en el valle del rift de La Española. Ambos ocupan una depresión cerrada: sus aguas no tienen ninguna salida natural hacia el mar.

El hecho de que no haya salida lo cambia todo. El nivel del lago depende en gran medida de las lluvias, la escorrentía y la evaporación. Cuando el agua llega a la cuenca, no se va hacia el océano. La evaporación juega entonces un papel fundamental en el equilibrio del sistema, mientras que las sales se concentran en el agua. Esa es una de las razones por las que los investigadores del USGS califican al lago de hipersalino.

Así que el paisaje nunca está del todo estático. Las imágenes del Landsat que ha analizado el USGS muestran cambios espectaculares a lo largo de las décadas. Entre 2002 y 2016, una fuerte crecida del agua inundó tierras de cultivo y obligó a miles de familias a mudarse. En el lago Enriquillo, esta realidad geográfica también se nota en el día a día de las comunidades ribereñas.

Lago Enriquillo

Un refugio para los reptiles

La otra particularidad del lago Enriquillo se aprecia a orillas del agua. La población de cocodrilos americanos de la República Dominicana se limita a esta zona geográfica. En un paisaje seco y salino, la presencia de este gran reptil le da al lago una identidad ecológica especialmente marcada.

Las iguanas también forman parte del paisaje. En esta región hay dos especies, entre ellas la iguana de Ricord, una especie con una distribución muy limitada en La Española. Isla Cabritos, que se incluye entre las visitas del parque nacional, es uno de los lugares emblemáticos para observar esta fauna y comprender la riqueza biológica del lugar.

Esta biodiversidad también explica el nivel de protección del territorio. El lago Enriquillo figura desde 2002 entre los humedales de importancia internacional de la Convención de Ramsar. El lago también forma parte de la reserva de la biosfera Jaragua-Bahoruco-Enriquillo, designada en la República Dominicana en 2002 e integrada desde 2017 en una reserva de la biosfera transfronteriza con La Selle, en Haití, bajo los auspicios de la UNESCO.

Lago Enriquillo
Lago Enriquillo
Lago Enriquillo
Lago Enriquillo

Cuando el lago Enriquillo también nos habla del clima

El lago también despierta el interés de los científicos por una razón menos obvia: sus sedimentos guardan información sobre el clima del pasado. En 2019, el equipo del USGS extrajo de allí varios núcleos sedimentarios, algunos de los cuales alcanzaban unos cinco metros. Su objetivo era reconstruir la historia de las precipitaciones y las sequías en el Caribe durante el Holoceno reciente.

Así, el lago Enriquillo se convierte en algo más que una curiosidad geográfica. Sus capas de sedimentos, su nivel cambiante y su salinidad son como un archivo natural que permite estudiar el equilibrio entre la lluvia y la evaporación. Lo que ves hoy en la superficie puede ayudar a los investigadores a entender mejor las variaciones climáticas que han ocurrido a lo largo de miles de años.

Lago Enriquillo
Lago Enriquillo

Unos 40 metros que te hacen ver las cosas de otra manera

Lo que hace que el Lago Enriquillo sea tan memorable se debe, en definitiva, a una aparente contradicción: el lago más grande de las Antillas está en una de las regiones más áridas de la República Dominicana, por debajo del nivel del mar, y aun así alberga una fauna increíble y guarda en sus fondos parte de la historia climática del Caribe.

Esa cifra de unos 40 metros llama la atención. Pero, sobre todo, te abre las puertas a un territorio donde la geología, el clima, la biodiversidad y las vidas humanas siguen estando íntimamente ligadas. ¿Y si algunos de los destinos más fascinantes del Caribe fueran precisamente aquellos cuyo paisaje te obliga, ante todo, a replantearte lo que creías saber?

El lago Enriquillo está en el suroeste de la República Dominicana. Ocupa una depresión cerrada y está a unos 40 metros por debajo del nivel del mar.

El lago Enriquillo no tiene ninguna salida natural al mar. El agua que llega a su cuenca se evapora, mientras que las sales se concentran, lo que explica su carácter hipersalino.

El lago Enriquillo se considera el lago más grande de las Antillas. Está situado por debajo del nivel del mar, alberga, entre otros, cocodrilos americanos e iguanas, y conserva en sus sedimentos rastros del clima que hubo en la región en el pasado.

En Barahona, en el suroeste de la República Dominicana, una piedra azul une la geología, la artesanía y la identidad nacional. El larimar no solo es apreciado por su color: su historia está ligada a un territorio concreto, a quienes lo extraen y a quienes lo transforman. Desde la Sierra de Bahoruco hasta los talleres de joyería, su trayectoria cuenta cómo un recurso local puede convertirse en patrimonio, símbolo y motivo de protección.

En Barahona, una piedra empieza su viaje

En 1974, el artesano dominicano Miguel Méndez se interesó por una piedra azul conocida en la región de Barahona. Junto con el geólogo Norman Rilling, ayudó a localizar su yacimiento y a desarrollar su uso en joyería. Méndez también le puso nombre: «Larimar», formado a partir de Larissa, el nombre de su hija, y de «mar», que significa «mar» en español. Detrás de este nombre, que ya te suena en la República Dominicana, hay una historia muy ligada a un territorio, a una familia y a un saber hacer.

Larimar: ¿por qué es esta piedra tan especial?

El larimar es una variedad azul de pectolita que las autoridades dominicanas presentan como exclusiva del país. Su yacimiento está en la Sierra de Bahoruco, al suroeste de la República Dominicana, concretamente en las localidades de Los Checheses y La Filipina, en la provincia de Barahona. Su color, que puede ir desde el azul claro hasta tonos más intensos, le da una identidad visual que se reconoce al instante.

Pero lo que la hace especial no es solo su aspecto. Se debe sobre todo a su origen geográfico: Barahona no es solo un escenario en torno a la piedra, es el lugar que le da su historia. Esta precisión territorial cambia la forma de verlo: detrás de cada pieza trabajada hay una idea de procedencia que el país quiere preservar.

Larimar

Cuando la piedra pasa por las manos de los artesanos

Extraer esta piedra es solo el principio. Una vez sacada del subsuelo, hay que seleccionar, cortar, pulir y, por último, transformar el material. Ahí es donde los artesanos se vuelven imprescindibles. Las joyas, los colgantes, los anillos o las piezas decorativas le dan a la piedra una segunda vida y convierten un recurso mineral en un objeto cultural. En diciembre de 2025, las autoridades dominicanas indicaron que al menos la mitad del material extraído se quedaba en el país para ser trabajado localmente, sobre todo en la artesanía y la joyería.

Esta transformación supone un reto importante: conservar más valor en la zona en lugar de limitarse a exportar solo materia prima. Además, permite mantener un vínculo visible entre el origen de la piedra y los procesos que le dan su forma final, antes de que se distribuya a nivel internacional.

Larimar
Larimar

¿Cómo se convirtió el larimar en un símbolo dominicano?

Esta relación entre la piedra, el territorio y la tradición artesanal ha ido más allá del ámbito comercial. El 4 de noviembre de 2011, la ley 296-11 declaró al larimar «piedra nacional» de la República Dominicana. Desde que se aprobó otra ley en 2018, el 22 de noviembre también se celebra como el Día Nacional del Larimar.

Estos reconocimientos le dan una dimensión institucional a lo que los artesanos y las comunidades de Barahona llevan décadas construyendo. Así que llevar esta piedra ya no es solo elegir una piedra azul. La piedra remite a un lugar, a una historia de transformación y a una identidad que el país ha decidido reconocer oficialmente.

Larimar

Proteger el nombre «Larimar Barahona»

La siguiente pregunta era casi inevitable: ¿cómo proteger ese origen cuando la piedra sale del país? La respuesta pasa hoy por la denominación de origen «Larimar Barahona ». Su registro internacional en el sistema de Lisboa de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual permite vincular legalmente el nombre al territorio del que procede.

En junio de 2026, el Ministerio de Energía y Minas de la República Dominicana señaló que esta denominación gozaba de protección en 28 países. El objetivo va más allá de la lucha contra los usos indebidos del nombre. También consiste en mejorar la trazabilidad y fomentar el tallado, el pulido y la creación de joyas en la República Dominicana.

De Barahona al mundo: lo que realmente cuenta el larimar

La historia de esta piedra cuenta, al fin y al cabo, mucho más que una simple curiosidad geológica. Un material enterrado en la Sierra de Bahoruco se ha convertido en un recurso, luego en un saber hacer, en un símbolo nacional y, ahora, en un origen que la República Dominicana busca proteger más allá de sus fronteras. En esta historia, Barahona sigue siendo hoy en día el punto de partida y el hilo conductor.

Quizá ahí sea donde está el verdadero valor patrimonial de esta piedra. Su singularidad no solo viene de lo rara que es, sino del vínculo entre un lugar, las personas y los gestos que transforman la piedra. Proteger este vínculo también nos lleva a plantearnos una pregunta más amplia: en un Caribe rico en producciones íntimamente ligadas a sus territorios, ¿cuántos otros saberes podrían, a su vez, convertirse en patrimonios mejor identificados, mejor transmitidos y mejor protegidos?

El larimar es una variedad azul de la pectolita típica de la República Dominicana. Su yacimiento está en la Sierra de Bahoruco, en la provincia de Barahona.

El larimar se ha convertido en un símbolo nacional relacionado con la identidad, la artesanía y el saber hacer dominicanos. En 2011 fue declarado piedra nacional de la República Dominicana.

La denominación de origen «Larimar Barahona» protege el vínculo entre la piedra y su territorio de origen. Su objetivo principal es preservar su trazabilidad, su autenticidad y el valor que se genera a nivel local en torno a su transformación.

Delante de una pantalla que mostraba 1 083 448 visitantes, el ministro David Collado presentó los resultados de julio de 2026. Detrás de este récord turístico en la República Dominicana, las autoridades quieren mostrar efectos concretos en el empleo, los proveedores y los ingresos públicos. Pero las cifras también revelan que las llegadas se concentran en unas pocas zonas.

En julio se superó un nuevo hito

La República Dominicana recibió en julio a 921 718 turistas que llegaron en avión y a 161 730 pasajeros de cruceros, lo que suma un total de 1 083 448 visitantes. Esta cifra supone un aumento del 2,9 % respecto a julio de 2025, del 6,4 % respecto a 2024 y del 60,6 % respecto a 2019.

En los primeros siete meses de 2026, el país ha recibido un total de 7 700 118 visitantes: 5 885 259 llegaron en avión y 1 814 859 por mar. La cifra acumulada supera en un 7 % la de 2025 y en un 10,4 % la de 2024. Así, el turismo en la República Dominicana confirma un crecimiento que no se basa en un solo mes excepcional.

Tourisme en République dominicaine
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Punta Cana concentra el 58 % de las llegadas por vía aérea

Es un récord nacional, pero la distribución geográfica sigue siendo desigual. En julio, el aeropuerto de Punta Cana recibió a 537 204 pasajeros, lo que supone el 58 % de las llegadas aéreas. El aeropuerto de Las Américas recibió a 219 494, es decir, el 24 %, mientras que el de Cibao registró 119 662, lo que supone el 13 %. Puerto Plata representa el 3 %, frente al 1 % de La Romana y Samaná.

Esta distribución muestra la importancia de Punta Cana en el turismo de la República Dominicana. Sin embargo, otros destinos también registran una actividad constante. La ocupación hotelera nacional alcanzó el 76 %, con un 92 % en Bayahíbe, un 83 % en La Romana, un 82 % en Miches y un 80 % en la zona de Bávaro–Punta Cana.

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183 000 puestos de trabajo gracias a las habitaciones ocupadas

Las autoridades calculan que los hoteles generan más de 183 000 puestos de trabajo directos y que unas 605 000 personas dependen económicamente del turismo. La cocina es el principal sector de empleo en la hostelería, con 42 460 puestos de trabajo. Los restaurantes suman 28 991 y los bares, 14 443.

A estos oficios se suman el sector de servicios, el mantenimiento, la seguridad, las excursiones, el transporte y el comercio. Yanira Eusebio, que vende bebidas en la playa de Guayacanes, explicó que la reforma de su puesto y una formación en atención al cliente le habían permitido aumentar sus ingresos. Su testimonio nos recuerda que el turismo en la República Dominicana no se limita a los complejos hoteleros.

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Nóminas, proveedores e impuestos

En julio, la masa salarial de los hoteles alcanzó los 4.77 mil millones de pesos dominicanos. Las compras a proveedores ascendieron a 11.59 mil millones, lo que supone más de 374 millones de pesos al día. Además, el sector pagó 8.729 mil millones de pesos en impuestos, según los datos que ha presentado el ministerio.

La cadena de suministro amplía estos beneficios. Según la viceministra Jacqueline Mora, el 92 % de las superficies agrícolas que abastecen a los restaurantes de los hoteles se encuentran fuera de la región Este. Así que una parte del gasto que genera el turismo en la República Dominicana beneficia a productores que están lejos de las playas más concurridas.

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¿Salen los visitantes de los hoteles?

Seis de cada diez turistas habrían realizado alguna actividad fuera de su alojamiento, como excursiones, visitas, buceo con esnórquel o paseos en buggy. Esta actividad puede suponer un apoyo para los guías, los transportistas, los restauradores y las pequeñas empresas. Además, permite descubrir territorios y patrimonios más allá de la estancia con todo incluido. Los niveles de satisfacción siguen siendo altos: una media de 4,4 sobre 5, el 91 % de los encuestados dice que quiere volver y el 59 % afirma que recomendaría el destino.

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Lo que el récord aún no cuenta

Estos resultados reflejan el poderío económico del sector, pero no toda su distribución. No dan detalles sobre la estabilidad de los puestos de trabajo, ni sobre los sueldos por profesión, ni sobre la parte de los ingresos que se queda en cada municipio. Tampoco miden los efectos sobre la vivienda, el agua, los residuos o las costas. Así que el próximo reto del turismo en la República Dominicana será convertir los récords de llegadas en valor sostenible. Tras los 1 083 448 visitantes de julio, la cuestión ya no es solo cuántas personas llegan, sino cuántos territorios, trabajadores y empresas locales avanzan con ellas.

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La República Dominicana recibió 1 083 448 visitantes en julio de 2026. Este total incluye 921 718 turistas que llegaron en avión y 161 730 pasajeros de cruceros.

Según los datos del Ministerio de Turismo, los hoteles generan más de 183 000 puestos de trabajo directos. En julio de 2026, habrían pagado 4.77 mil millones de pesos en sueldos, compró 11 590 millones de pesos en productos y servicios a proveedores y generó 8.729 millones de pesos en impuestos.

Punta Cana sigue siendo la principal puerta de entrada turística del país. En julio de 2026, su aeropuerto recibió 537 204 pasajeros, lo que supone el 58 % de las llegadas en avión, por delante de Las Américas, con un 24 %, y de Cibao, con un 13 %.

En Santiago de los Caballeros, en la República Dominicana, algunas casas victorianas aún conservan sus balcones ornamentados, sus tejados de zinc y sus colores vivos. Sin embargo, detrás de esas fachadas, el tiempo hace mella. El abandono, el deterioro y las ocupaciones ilegales están debilitando parte de este patrimonio. Según el urbanista Reynaldo Peguero, en la ciudad quedan unos 400 edificios victorianos y republicanos. Cada uno cuenta algo más que una historia de arquitectura: un barrio, una familia, a veces incluso un episodio nacional.

Esta realidad le da un toque concreto al debate que se está llevando a cabo en la República Dominicana. El Senado aprobó en segunda lectura, el 24 de julio de 2026, un proyecto de ley sobre la protección y la adquisición del patrimonio cultural. El texto aún tiene que ser examinado por la Cámara de Diputados antes de que se remita al poder ejecutivo. Así que todavía no es una ley promulgada. Detrás de este proyecto se esconde una dificultad concreta: restaurar un edificio antiguo requiere recursos, mientras que dejar que pase el tiempo puede hacer que pierda su valor. Por eso, la solución no puede recaer ni en los propietarios ni en el Estado por sí solo.

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República Dominicana: cuando la propiedad se cruza con la memoria

El proyecto reconoce como patrimonio cultural los bienes públicos o privados que tengan valor histórico, artístico, arquitectónico, arqueológico, documental, científico o etnológico. También abarca el patrimonio inmaterial, el patrimonio subacuático y ciertas colecciones. El propietario conservaría su bien, pero tendría que cumplir con unas obligaciones concretas: mantenerlo, permitir que lo inspeccionen y pedir permiso antes de hacer ciertas reformas.

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La medida más controvertida es la expropiación. En determinadas circunstancias, el Estado podría adquirir un bien privado cuando la falta de mantenimiento ponga en peligro su conservación, cuando su protección lo exija o cuando se demuestre que existe un interés público. El procedimiento debería respetar el marco legal y prever una indemnización.

Así que la cuestión va más allá de un simple conflicto entre la administración y los propietarios. Cuando se derrumba una casa histórica, no solo desaparece un edificio privado. Son las técnicas artesanales, los recuerdos familiares y una forma de vivir la ciudad las que se vuelven ininteligibles. La propiedad es de una persona. Pero la memoria que guarda puede pertenecer a toda una comunidad.

Un patrimonio vivo, no un simple decorado

En la República Dominicana, Reynaldo Peguero pide que se identifiquen mejor los edificios vulnerables y que se coordine a los actores públicos y privados. Saúl Abreu, director ejecutivo de la Asociación para el Desarrollo de Santiago, también cree que el Estado debería plantearse la adquisición de propiedades con un gran valor patrimonial. El objetivo no sería dejar esas casas tal y como están, sino darles una nueva función: museo, espacio cultural, centro de formación o edificio institucional.

Este enfoque encaja con una idea clave para la República Dominicana: proteger no significa solo conservar una fachada para los visitantes. Un patrimonio sigue vivo cuando se sigue visitando, contando su historia y transmitiéndola. Sin uso, una restauración puede convertirse en una cáscara vacía. Sin habitantes, artesanos, historiadores y asociaciones, la protección legal no basta.

El proyecto también prevé un derecho de adquisición preferente para el Estado cuando un propietario quiera vender un bien patrimonial. Regulara las intervenciones en los monumentos nacionales, la salida del territorio de ciertos objetos y las excavaciones arqueológicas. También se prevén sanciones que van desde 10 hasta 50 salarios mínimos del sector público.

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¿Quién decidirá qué merece ser salvado?

Sin embargo, el texto plantea varias preguntas. ¿Cómo se determina que un propietario ya no cumple con su deber de conservación? ¿Qué ayudas se le ofrecerán antes de una expropiación? ¿Cómo se fija una indemnización justa? Y, sobre todo, ¿dispondrá el Estado después de los presupuestos, los especialistas y el tiempo necesarios para restaurar los bienes adquiridos? Estas preguntas son fundamentales. Una ley de protección no debe convertirse en una herramienta arbitraria. Debe basarse en inventarios transparentes, peritajes independientes, vías de recurso accesibles y una estrategia a largo plazo. También debe reconocer que algunos propietarios quieren conservar su bien, pero simplemente no tienen los medios para hacerlo.

En la República Dominicana, el debate no se reduce, pues, a elegir entre la propiedad privada y la intervención pública. Nos invita a construir una responsabilidad compartida. El Estado puede regular y financiar. Los propietarios pueden mantener y transmitir. Las comunidades pueden documentar. Los ciudadanos pueden volver a dar un lugar a estos sitios en la vida cotidiana. En el fondo, la pregunta es sencilla: cuando un edificio forma parte de nuestra historia común, ¿tenemos que esperar a que desaparezca para darnos cuenta de que era importante?

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El proyecto tiene como objetivo evitar que desaparezcan edificios, objetos o colecciones con valor patrimonial. Se podría plantearse una expropiación regulada cuando el abandono o la falta de mantenimiento pongan en peligro su conservación.

No. El texto ya lo ha aprobado el Senado dominicano en segunda lectura, pero aún tiene que seguir su proceso legislativo antes de que se pueda promulgar.

La protección podría referirse a edificios históricos, obras de arte, archivos, colecciones, yacimientos arqueológicos y otros bienes materiales o inmateriales reconocidos por su valor cultural.

Del 13 al 17 de julio de 2026, investigadores, estudiantes y profesionales del patrimonio se reunirán en la Ciudad Colonial de Santo Domingo. En su 31.ª edición, el Congreso Internacional de Arqueología del Caribe defiende una idea clave: el mar que separa los territorios es también el que cuenta sus vínculos.

Congrès international d’archéologie de la Caraïbe

Santo Domingo, punto de encuentro de los investigadores caribeños

Dentro de unos días, las salas del Centro Cultural INDOTEL acogerán a especialistas que vendrán a compartir sus hallazgos. Algunos estudian los primeros asentamientos del archipiélago. Otros investigan las sociedades agrícolas, la esclavitud, la arqueología subacuática o las huellas que dejó la época colonial. El Congreso Internacional de Arqueología del Caribe se celebrará en pleno corazón de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La elección del lugar no es casual. En esta parte de la capital dominicana, las diferentes capas de la historia siguen siendo visibles en las calles, los edificios, las colecciones y los yacimientos arqueológicos.

Organizado por la Academia de Ciencias de la República Dominicana y la Asociación Internacional de Arqueología del Caribe, el Congreso Internacional de Arqueología del Caribe también reunirá a estudiantes, gestores del patrimonio y un público interesado en estas disciplinas. Las sesiones principales están programadas del 13 al 17 de julio de 2026.

Congrès international d’archéologie de la Caraïbe
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El mar del Caribe como vía de paso

El tema de esta edición es: «La arqueología: tendiendo puentes a través del mar del Caribe», da la vuelta a una visión muy común de la región. El mar ya no aparece solo como una distancia entre las islas. Se convierte en un espacio de circulación, migraciones, intercambios y transformaciones. Las investigaciones que se presenten deben abarcar períodos que vayan desde la prehistoria hasta la época colonial. Permitirán observar cómo se desplazaban las poblaciones entre las costas continentales y los territorios insulares, pero también entre las propias islas.

Ahí es donde el Congreso Internacional de Arqueología del Caribe va más allá de un simple encuentro científico. Te invita a replantearte las identidades caribeñas a partir de pruebas materiales: fragmentos de cerámica, restos humanos, vestigios de viviendas, objetos rituales, pecios o restos de comida. Cada elemento puede cambiar una historia que durante mucho tiempo se ha dado por sentada.

Congreso internacional de arqueología: temas que van más allá de las vitrinas de los museos

Las líneas de trabajo anunciadas muestran la amplitud de los temas que se van a tratar. El programa científico debe incluir, entre otras cosas, a los primeros habitantes de la región, la arqueología de los grupos esclavizados, el arte rupestre, la arqueología subacuática, los estudios de ADN e isótopos, así como los vínculos entre el medio ambiente, el cambio climático y la ocupación humana.

El Congreso Internacional de Arqueología del Caribe también tiene previstas mesas redondas, conferencias magistrales y ponencias en español, inglés o francés, con traducción simultánea. Esta diversidad lingüística es clave en una región donde las investigaciones suelen estar dispersas entre distintos ámbitos académicos y editoriales. Los organizadores anuncian visitas a museos, exposiciones y yacimientos arqueológicos dominicanos para vincular los debates científicos con el terreno.

Congrès international d’archéologie de la Caraïbe
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Una historia regional que aún está incompleta

Tras 31 ediciones, el Congreso Internacional de Arqueología del Caribe nos recuerda, sobre todo, que la historia de la región nunca está del todo escrita. Los nuevos métodos pueden sacar a la luz información de los yacimientos que ya conocemos. Las nuevas excavaciones pueden cambiar las cronologías. Las nuevas comparaciones pueden revelar relaciones que las fronteras actuales han hecho menos visibles.

Para los caribeños, lo que está en juego va más allá de conocer el pasado. También tiene que ver con cómo proteger los yacimientos, cómo transmitir los descubrimientos y cómo hacer que estos conocimientos sean accesibles más allá de los círculos especializados. En Santo Domingo, la arqueología no se limitará, pues, a buscar lo que se ha perdido. Intentará entender qué unía ya a las sociedades caribeñas antes de que sus historias se contaran por separado. ¿Y si las próximas grandes historias del Caribe aún estuvieran bajo nuestros pies, en una cueva o en el fondo del mar?

Congrès international d’archéologie de la Caraïbe
Congrès international d’archéologie de la Caraïbe
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La 31.ª edición del Congreso Internacional de Arqueología del Caribe se celebrará del 13 al 17 de julio de 2026 en Santo Domingo, en la República Dominicana. Investigadores, estudiantes y profesionales del patrimonio presentarán allí trabajos dedicados a la historia, los asentamientos y el patrimonio arqueológico de la región.

El congreso se celebrará en la ciudad colonial de Santo Domingo, principalmente en el Centro Cultural INDOTEL. Esta elección sitúa los intercambios científicos en el corazón de un territorio marcado por varios períodos de la historia caribeña y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El tema de esta 31.ª edición es «La arqueología: tender puentes a través del mar del Caribe». Pone de relieve el mar como un espacio de circulación, intercambios y relaciones entre las islas y las costas continentales, más que como una simple frontera.

En el Caribe, una factura de energía demasiado elevada puede frenar el ritmo de una empresa. Una tormenta puede cortar una carretera, bloquear un puerto o poner en peligro una cosecha. Una crisis de seguridad también puede traspasar las fronteras de un solo país. Es en esta realidad cotidiana donde el diálogo entre Canadá y la CARICOM adquiere hoy una nueva dimensión.

Reunidos en la Ciudad de Panamá, al margen de la Asamblea General de 2026 de la Organización de los Estados Americanos, los ministros de Asuntos Exteriores de Canadá y de la CARICOM han querido dar un nuevo impulso a su alianza estratégica. El tema central de las conversaciones fue un plan de acción centrado en tres prioridades fundamentales para la región: la seguridad, el clima y la economía.

Una cooperación que busca resultados concretos

La colaboración entre Canadá y la CARICOM es una continuación del acuerdo estratégico que se puso en marcha en 2023. Pero la reunión de 2026 marca un hito importante: ahora ambas partes quieren seguir adelante con un plan más concreto, más claro y más cuantificable.

El objetivo no es solo mostrar cercanía diplomática. Se trata de establecer prioridades, calendarios y mecanismos de financiación que den resultados. Para los países caribeños, esta precisión es importante. La región se enfrenta a una serie de retos que se entrecruzan: el coste de la energía, las catástrofes climáticas, la seguridad marítima, la vulnerabilidad financiera y la crisis haitiana. El Caribe no solo pide ayuda. Busca socios que entiendan sus realidades y que actúen junto a él a largo plazo.

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La seguridad, una cuestión urgente en la región

La seguridad ocupa un lugar central en este nuevo plan entre Canadá y la CARICOM. Los ministros han hablado de la delincuencia transnacional, las bandas, la migración irregular, la seguridad marítima y los flujos ilícitos. Para la región, estos temas no están aislados. El mar es un vínculo, pero también una zona de vulnerabilidad. El tráfico ilícito, las redes criminales, las ciberamenazas y las crisis políticas a veces se propagan más rápido que las respuestas institucionales.

Canadá ya apoya algunas iniciativas regionales a través del desarrollo de capacidades, intervenciones específicas y colaboraciones operativas. El nuevo reto es avanzar hacia una respuesta más coordinada: proteger mejor los espacios marítimos, reforzar las instituciones, compartir la información útil y limitar la influencia de las redes criminales.

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Haití, una crisis que afecta a todo el Caribe

Haití ocupa un lugar destacado en los debates. La crisis política, de seguridad y humanitaria que atraviesa el país tiene consecuencias directas en la región. Los ministros han destacado, sobre todo, los riesgos relacionados con el tráfico de drogas y de armas. El apoyo a la Fuerza de Represión de las Pandillas ha sido uno de los temas tratados. Esta fuerza debe ayudar a restablecer la seguridad sobre el terreno, con un mandato que se renovará en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero la respuesta no puede limitarse solo a la seguridad. Los ministros también han recordado el derecho de los haitianos a elegir a su gobierno. Apoyan la celebración de elecciones creíbles en cuanto las condiciones lo permitan, así como los esfuerzos contra la corrupción y la impunidad. Haití nos deja claro algo muy importante: no se puede construir una estabilidad duradera en el Caribe dejando a un territorio solo ante una crisis tan profunda.

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Clima y economía: las dos caras de un mismo reto

El nuevo plan Canadá-CARICOM también establece un vínculo claro entre el clima y la economía. En el Caribe, una catástrofe natural nunca es solo un fenómeno meteorológico. Afecta a las familias, a las empresas, a las carreteras, a las escuelas, a los puertos y a las finanzas públicas. El acceso a una energía fiable y asequible vuelve a ser una prioridad. Una energía demasiado cara frena la innovación y supone una carga para los hogares. Una energía más estable puede impulsar la industria, los servicios, la inversión y la transición hacia modelos más sostenibles.

El comercio también forma parte de la ecuación. El programa CARIBCAN, que ofrece a la mayoría de los productos procedentes de 18 países y territorios caribeños de la Commonwealth acceso libre de aranceles al mercado canadiense, sigue siendo una herramienta importante. Esto nos recuerda que la colaboración entre Canadá y la CARICOM no se limita a la diplomacia. También abarca las oportunidades económicas, las cadenas de suministro y la capacidad de las empresas caribeñas para expandirse más allá de su mercado local.

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Se tiene más en cuenta la vulnerabilidad del Caribe

Otro punto clave de la colaboraciónentre Canadá y la CARICOM es la financiación. Varios países del Caribe se consideran de renta media. Sin embargo, siguen estando muy expuestos a catástrofes climáticas, crisis económicas y cortes en el suministro. Esa es una de las grandes paradojas de la región. Sobre el papel, algunos países parecen demasiado «avanzados» para acceder fácilmente a financiación en condiciones favorables. En realidad, una sola crisis puede echar por tierra años de esfuerzos.

Por eso, los ministros han insistido en la necesidad de reformar la arquitectura financiera internacional. La idea es sencilla: hay que tener más en cuenta la vulnerabilidad real de los Estados pequeños. No solo su renta media.

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Un plan que hay que seguir de cerca

Los próximos meses serán importantes. Los responsables aún tienen que ultimar los detalles del plan de acción, identificar las iniciativas prioritarias, elaborar un calendario de ejecución y reforzar el seguimiento. Está previsto que en otoño se celebre un diálogo entre altos funcionarios para avanzar en este trabajo.

La colaboraciónentre Canadá y la CARICOM no va a resolver por sí sola los retos del Caribe. Pero dice mucho del momento actual: la región quiere que se la escuche como un espacio estratégico, no solo como una zona vulnerable. Ahora queda la verdadera pregunta: ¿este nuevo plan traerá cambios visibles para la gente, las empresas y los territorios caribeños?

El nuevo plan Canadá-CARICOM es una hoja de ruta destinada a reforzar la cooperación entre Canadá y la Comunidad del Caribe. Se basa en tres prioridades: economías más resilientes, la lucha contra el cambio climático y la seguridad regional. El objetivo es pasar de una colaboración diplomática a acciones más concretas, con plazos, resultados medibles y mecanismos de financiación sostenibles.

Haití ocupa un lugar central porque su crisis política, de seguridad y humanitaria tiene consecuencias para toda la región. Los ministros han hablado del tráfico de drogas y armas, del apoyo a la Fuerza de Represión de Pandillas, pero también del derecho de los haitianos a elegir a su gobierno. Para la CARICOM, la estabilidad de Haití sigue siendo, por tanto, un asunto regional, no solo nacional.

La colaboración entre Canadá y la CARICOM vincula directamente el clima y la economía. Destaca el acceso a una energía fiable y asequible, el desarrollo del comercio, el fortalecimiento de las cadenas de suministro y el acceso a una financiación adaptada a las vulnerabilidades de los pequeños Estados del Caribe. El objetivo es que la región pueda resistir mejor las catástrofes naturales, las crisis económicas y las crisis internacionales.

Al amanecer, en muchos barrios de Santo Domingo, las cocinas cobran vida con un gesto sencillo: machacar plátanos verdes después de cocinarlos. A este puré se le suelen añadir cebollas rojas aderezadas con vinagre, salami dominicano, queso para freír y huevos. Este desayuno emblemático tiene un nombre corto: mangú. Detrás de esta palabra tan familiar se entrelazan la historia culinaria dominicana, las influencias africanas y una etimología que aún se debate.

https://en.wikipedia.org/wiki/Mang%C3%BA

Una palabra para un plato de todos los días

El mangú es, ante todo, un plato a base de plátanos verdes hervidos y luego machacados hasta conseguir un puré suave. Dependiendo de cada familia, se le añade agua de la cocción, mantequilla o aceite para ajustar su textura. Las cebollas rojas, que a menudo se saltean con vinagre, aportan un toque ácido que contrasta con el dulzor del plátano macho.

mangú

Este plato se suele servir con «los tres golpes»: salami dominicano frito, queso para freír y huevos fritos. Esta combinación se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles del desayuno dominicano. Aunque no tiene el estatus oficial de plato nacional, ocupa un lugar destacado en los hábitos alimenticios y en la forma en que el país da a conocer su gastronomía.

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Raíces africanas en el plato

Las raíces del mangú suelen relacionarse con las tradiciones africanas de los alimentos ricos en almidón hervidos, machacados o triturados. Estas prácticas culinarias cruzaron el Atlántico con los africanos esclavizados y luego se fueron adaptando según los productos disponibles y las costumbres locales.

En el Caribe y en Latinoamérica, hay varios platos que también se basan en el plátano machacado. El mofongo puertorriqueño suele llevar plátanos fritos y machacados. En Cuba, el fufú de plátano se prepara de otra forma. En Colombia, el cayeye suele elaborarse con plátano verde cocido, mientras que el bolón ecuatoriano suele combinar plátano con diferentes acompañamientos. Estas recetas no son iguales y sus nombres no tienen por qué tener el mismo origen. Sin embargo, son un reflejo de los intercambios culinarios relacionados con la historia africana de las Américas.

mangú

Una etimología que siempre deja espacio para nuevas interpretaciones

El origen exacto de la palabra «mangú» sigue sin estar claro. Una teoría muy repetida la relaciona con «mangusi», que se dice que es un término procedente de la cuenca del Congo. Sin embargo, esta hipótesis no se basa en documentación lingüística lo bastante clara como para afirmarla con certeza.

Otra historia cuenta que un soldado estadounidense, durante la ocupación de la República Dominicana que empezó en 1916, probó el plato y exclamó: «¡Tío, qué bueno! ». Se dice que los dominicanos convirtieron luego esa frase en «mangú». La historia es muy conocida, pero la cronología la desmiente. La palabra ya aparecía en 1899 en un texto de Francisco Ortea sobre los usos lingüísticos observados en el país.

Esta prueba, por sí sola, no basta para aclarar toda la etimología. Sin embargo, demuestra que el término no surgió durante la ocupación estadounidense. En lugar de elegir entre dos versiones poco sólidas, es más riguroso reconocer que el origen de la palabra sigue sin estar claro. El plato puede tener raíces africanas sin que su nombre se vincule automáticamente a una lengua africana concreta.

Del país a la diáspora

Hoy en día, el mangú va mucho más allá del simple desayuno. Se puede servir a diferentes horas del día y sigue estando presente en los restaurantes dominicanos de la diáspora, sobre todo en Nueva York, Miami o Madrid. En Estados Unidos, donde viven más de dos millones de personas de origen dominicano, este plato sigue teniendo un gran valor sentimental. En cada familia, su textura, sus acompañamientos y su presentación varían, pero su presencia crea un punto de referencia que se reconoce al instante entre generaciones, tanto en el país como en las comunidades que se han establecido en otras partes del mundo.

mangú

Para muchos, un plato de mangú les recuerda la cocina casera, una mañana de domingo o una mesa compartida. La palabra no resume toda la República Dominicana, pero cuenta una parte íntima de ella: la de los gestos que se transmiten, los sabores adaptados y las historias que seguimos cuestionándonos.

La semana que viene, RK Words cruzará otro mar. Nos vamos a Jamaica para entender qué es el «bashment», una palabra del patois jamaicano relacionada con la fiesta, el dancehall y toda una forma de dominar el escenario.

mangú

El mangú es un plato dominicano que se hace con plátanos verdes hervidos y luego machacados hasta conseguir un puré suave. Suele ir acompañado de cebollas rojas aderezadas con vinagre. Aunque se asocia mucho con el desayuno, también se puede comer en otros momentos del día. El mangú ocupa un lugar emblemático en la cocina familiar y en la identidad culinaria de la República Dominicana.

El origen exacto de la palabra «mangú» sigue sin estar claro. Una teoría la relaciona con un término que supuestamente proviene de la cuenca del Congo, pero esta hipótesis carece de pruebas lingüísticas sólidas. Otra versión afirma que la palabra vendría de la expresión inglesa «Man, good! », que se decía durante la ocupación estadounidense de la República Dominicana. Esta versión se ve contradicha por un registro escrito de la palabra que data de 1899, antes de que empezara la ocupación en 1916.

«Los tres golpes», o «los tres golpes», se refiere a los tres acompañamientos que se suelen servir con el mangú: el salami dominicano frito, el queso para freír llamado queso de freír y los huevos fritos. Esta combinación es uno de los desayunos más típicos de la República Dominicana. Dependiendo de cada familia y restaurante, el plato también puede llevar cebolla roja o aguacate.