En mayo de 1977, una bailarina cubana subió al escenario en Nueva York con el Alvin Ailey Dance Theatre. Esa noche, el actor Harry Belafonte estaba entre el público y calificó la velada como un hecho histórico importante. Esa bailarina se llama María Elena Llorente, primera bailarina y maestra de ballet del Ballet Nacional de Cuba. Su trayectoria abarca cincuenta años de danza, desarrollados casi en su totalidad en una sola compañía: la fundada por Alicia Alonso en La Habana, en una isla donde el ballet clásico se ha convertido, con el paso de las décadas, tanto en un motivo de orgullo nacional como en un arte.
María Elena Llorente, de la Sociedad Pro-Arte en la Academia Nacional
Todo empieza en la Sociedad Pro-Arte Musical, una escuela de La Habana donde las jóvenes cubanas aprenden los fundamentos clásicos incluso antes de que se fundara oficialmente el ballet nacional. María Elena Llorente continuó luego su formación en la Academia Nacional de Ballet, bajo la dirección de la propia Alicia Alonso, junto a Fernando Alonso, Marta Mahr, Alexandra Fedórova y José Parés.
Esta generación de profesores forja un estilo cubano muy reconocible, a la vez técnico y teatral, que se convertirá en el sello internacional del Ballet Nacional de Cuba. De esta escuela, María Elena Llorente se lleva una solidez técnica, un cuidado estilístico y una elegancia interpretativa que la crítica cubana le reconocerá a lo largo de toda su carrera.
De 1962 a 1976, María Elena Llorente se convirtió en primera bailarina
María Elena Llorente se incorporó al cuerpo de baile en 1962. Cinco años después, en 1967, la ascendieron a solista, un rango intermedio en el que ya le encargaban variaciones solistas, aunque aún no interpretaba los grandes papeles protagonistas. Tardó otros nueve años de actuaciones diarias antes de alcanzar, en 1976, el rango de primera bailarina, la cima jerárquica de la compañía fundada por Alicia Alonso. Esta lenta progresión —catorce años desde su entrada en la compañía hasta su consagración— refleja la exigencia propia de la escuela cubana, donde el rango nunca se consigue por adelantado, sino a través del escenario, noche tras noche.
Ofelia, el papel que solo María Elena Llorente ha bailado
El repertorio de María Elena Llorente abarca los grandes clásicos: Lisette en «La fille mal gardée», donde se consolida como un referente del ballet cubano; Giselle y Myrtha en «Giselle»; Odette-Odile en «El lago de los cisnes», Kitri en «Don Quijote», Aurora y Florina en «La bella durmiente» y Esperanza en «La tarde de un fauno». Pero hay un papel que se identifica exclusivamente con su nombre: el de Ofelia en la versión completa de «Hamlet» montada por el Ballet Nacional de Cuba.
Ninguna otra bailarina de la compañía ha interpretado este papel protagonista femenino desde entonces, algo poco habitual en un repertorio en el que los grandes papeles clásicos suelen pasar de una generación de bailarinas a otra. La velada neoyorquina de 1977 con el Alvin Ailey Dance Theatre confirma, por su parte, un reconocimiento que traspasa las fronteras de la isla, en una época en la que una gira cubana por Estados Unidos no era nada fácil. Su carrera también le valió la medalla de bronce en el IV Concurso Internacional de Ballet de Varna, en Bulgaria, uno de los eventos más exigentes de la danza clásica de su época, y posteriormente la medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela de primera clase.
María Elena Llorente, transmitir el repertorio más allá del escenario
María Elena Llorente baila su última función el 28 de octubre de 2002, en «Souvenir». No deja el Ballet Nacional de Cuba. Se convierte en maestra y repetidora, encargada de transmitir a las bailarinas más jóvenes los papeles que ella misma ha interpretado durante cuatro décadas, corrigiendo en el escenario los detalles de un movimiento de brazos o de una intención dramática que solo el escenario enseña de verdad.
Su labor como profesora la llevó hasta la Escuela Nacional de Ballet de Cuba y, después, a España, donde impartió clases en la Comunidad Valenciana en nombre de la Cátedra Alicia Alonso, difundiendo así la escuela que la había formado. En 2015, el Estado cubano le concedió el Premio Nacional de Danza, la culminación de una larga carrera construida íntegramente en una sola compañía, desde que entró en el cuerpo de baile hasta la paciente transmisión del repertorio.
María Elena Llorente falleció el 21 de septiembre de 2026 en La Habana, a los 80 años. Deja un repertorio que otras bailarinas siguen interpretando en los escenarios cubanos, en esa misma La Habana donde ella debutó, y el recuerdo de una noche en Nueva York en la que un papel cubano bastó para convencer a Harry Belafonte. Queda, en el escenario de La Habana, el papel de Ofélia, que se ha quedado sin heredera, y la pregunta de quién se atreverá algún día a retomarlo.
María Elena Llorente fue primera bailarina y profesora de ballet del Ballet Nacional de Cuba; entró en la compañía en 1962 y la ascendieron a primera bailarina en 1976. Falleció el 21 de septiembre de 2026 en La Habana, a los 80 años, tras haber dedicado cincuenta años exclusivamente a esta compañía.
Ha interpretado a Lisette en «La fille mal gardée», a Giselle y a Myrtha en «Giselle», a Odette-Odile en «El lago de los cisnes», a Kitri en «Don Quijote» y a Aurora en «La bella durmiente». Sigue siendo la única bailarina del Ballet Nacional de Cuba que ha interpretado a Ofelia en la versión completa de «Hamlet».
En 2015 recibió el Premio Nacional de Danza de Cuba, la medalla de bronce del IV Concurso Internacional de Ballet de Varna (Bulgaria), la medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela de primera clase.
«Asere, ¿qué bolá?», este saludo callejero cubano, ya se oía en los barrios populares de La Habana mucho antes de que un presidente estadounidense lo adoptara a su vez. El sábado 19 de marzo de 2016, en vísperas de un viaje presidencial sin precedentes en casi nueve décadas, Barack Obama apareció en un sketch de la tele cubana junto a Pánfilo, un personaje cómico muy conocido por los telespectadores de la isla, y suelta un «qué bolá» que nadie esperaba oír de boca de un jefe de Estado estadounidense.
Al día siguiente, nada más pisar La Habana, volvió a la carga en Twitter: «¿Qué bolá, Cuba? Acabo de aterrizar aquí». Dos palabras de la jerga habanera acababan de recorrer, en unas pocas horas, la distancia que separa la calle de la diplomacia.
¿Qué significa «Asere, ¿qué bolá?»?
Si lo tomas al pie de la letra, «asere» no se puede traducir realmente y «qué bolá», que viene de «bola», la pelota, no significa nada más que un vago «¿qué pasa con la pelota?». Juntas, las dos palabras funcionan como una forma sencilla de saludar entre amigos, el equivalente a un «¿qué tal, tío, qué tal?». Ninguna traducción capta del todo el sentido de la frase. «Asere, ¿qué bolá?» pertenece a ese tipo de expresiones que se entienden sobre todo por el contexto, el tono y la situación en la que se dicen.
«Asere, ¿qué bolá?»: un saludo que viene de África Occidental
«Asere, ¿qué bolá?» no surgió en la calle moderna. Varios lingüistas, entre ellos el investigador Ivor L. Miller en un estudio publicado en 2005 en la revista African Studies Review, relacionan «asere» con el efik, una lengua que se habla en la región del río Cross, entre el sureste de Nigeria y el suroeste de Camerún. Se cree que la palabra llegó hasta Cuba con los africanos esclavizados que fundaron, en el barrio de La Regla, en La Habana, en la década de 1830, la sociedad secreta abakuá. En este contexto ritual, «asere» sirve como saludo entre los iniciados.
Otros investigadores cubanos se inclinan más bien por un origen yoruba, relacionado con la santería, aunque no hay un consenso definitivo que zanjara la cuestión entre ambas hipótesis. Lo que ambas versiones tienen en común es una raíz africana mucho más antigua que la jerga de bar a la que a veces se reduce la expresión.
Una palabra de hombres, que durante mucho tiempo se consideró vulgar
Durante décadas, «Asere, ¿qué bolá?» se ha usado sobre todo entre hombres, en los barrios populares de La Habana. Si una mujer lo decía, se arriesgaba a que la tacharan de «chusma», una forma bastante dura de decir «vulgar». Los puristas de la lengua lo veían como un paso atrás, una forma de jerga que había que evitar en público. El cine, las series y las telenovelas cubanas han cambiado las cosas, introduciendo poco a poco la expresión en escenas cotidianas, hasta convertirla en un saludo casi trivial, reconocido como un rasgo de la identidad cubana más que como un defecto lingüístico. En La Habana también te encuentras con variantes de barrio, como el «qué bola, consorte» que todavía se oye en La Habana Vieja.
Cuando Cuba escuchó su propia jerga desde Washington
Este cambio cultural explica por qué el uso que hizo Obama de esa palabra en marzo de 2016 causó tanto revuelo. En ese momento, era el primer presidente estadounidense en ejercicio que visitaba Cuba desde Calvin Coolidge en 1928. Usar en Twitter, y luego en persona, una palabra que durante mucho tiempo se consideró demasiado popular para un acto oficial, es reconocer públicamente la cultura urbana cubana en lugar del lenguaje más formal que suele emplearse en un intercambio diplomático. La prensa cubana e internacional interpreta el gesto como un guiño calculado, más que como una improvisación, y muchos cubanos lo ven como un saludo que les concierne directamente, pronunciado sin tapujos por un líder extranjero.
Una forma cubana de decir que existimos
«Asere, ¿qué bolá?» tardó casi dos siglos en pasar del secreto de las sociedades abakuá a las calles de La Habana, y de ahí a la boca de un presidente estadounidense. Este recorrido cuenta, mejor que un largo discurso, cómo una expresión que nació en la clandestinidad de un grupo religioso afrocubano puede convertirse en la tarjeta de presentación sonora de todo un país. En Haití, RK ya ha contado cómo hay gente, hay gente resume toda una filosofía en pocas palabras. En la República Dominicana, ¿Qué dices? tiene una función parecida a la de una firma oral. ¿Qué otra expresión caribeña merece, a su vez, ser descifrada?
«Asere, ¿qué bolá?» es un saludo informal muy común en Cuba, sin una traducción literal exacta, que equivale a un «hola, ¿qué tal?» entre amigos.
Varios lingüistas, entre ellos Ivor L. Miller en un estudio de 2005, relacionan «asere» con el efik, una lengua de África Occidental, y con la sociedad secreta abakuá fundada por africanos en Regla, La Habana, en la década de 1830, aunque hay otra hipótesis que apunta a un origen yoruba.
Barack Obama tuiteó «¿Qué bolá, Cuba? » en Twitter el 20 de marzo de 2016, al aterrizar en La Habana para la primera visita de un presidente estadounidense en ejercicio desde Calvin Coolidge en 1928, después de haber usado ya esa expresión en un sketch de la tele cubana el día anterior.
La serie Historias del cine caribeño sigue recorriendo varias décadas de creación en la región. Tras un primer episodio que se remonta a los años 60, desde Cuba hasta el surgimiento del cine jamaicano con *The Harder They Come*, esta segunda entrega nos lleva a Trinidad y Tobago, a Cuba y luego a Guadalupe.
Entre conflictos sociales, la memoria de la esclavitud y las reivindicaciones políticas, tres películas muestran cómo el cine caribeño se adentra desde muy pronto en la historia y las relaciones de poder. Este artículo es el segundo episodio de una serie de diez. La primera entrega ya está disponible en Richès Karayib y otras ocho entregas continuarán esta cronología hasta 2025.
1974: TRINIDAD Y TOBAGO – BIM, DE HUGH A. ROBERTSON
Hugh A. Robertson tiene una trayectoria poco habitual entre los directores de cine del Caribe. Neoyorquino de padres jamaicanos, empezó muy joven en la industria cinematográfica y ha desempeñado diferentes puestos, entre ellos el de montador en películas como la famosa *Macadam Cowboy* (John Schlesinger, 1969), con Dustin Hoffman y John Voight, y uno de los clásicos de la «Blackploitation», Shaft, las noches rojas de Harlem (Gordon Parks, 1971), con Richard Roundtree.
Por la primera, fue nominado al Óscar al mejor montaje (una primicia para una persona negra) y ganó el BAFTA ese mismo año. Tras algunos trabajos para la tele y el largometraje Melinda (1972), una «película negra», según decía el cartel, se mudó al archipiélago de Trinidad y Tobago con su mujer y sus hijos, donde dirigió Bim y luego Obeah (1987), su segunda película, que se estrenó justo cuando falleció el director. Bim, inspirada en la trama clásica de una película de gánsteres, cuenta la historia de un trinitense de origen indio que, tras sufrir muchas vejaciones desde pequeño, se convierte en un capo y acaba metiéndose en política.
Lo que llama la atención de esta película es la franqueza con la que se muestran los conflictos interétnicos, sobre todo entre personas de origen africano y de la India (cada uno de estos grupos representa más o menos el 40 % de la población de la isla), desde el colegio hasta el ámbito político (donde la minoría blanca parece «mover los hilos»), pasando por la vida de pareja. Algunas secuencias tienen un marcado carácter etnográfico: por ejemplo, la película empieza con una boda hindú tradicional.
Aunque este último es mayoritariamente urbano, al igual que The Harder They Come (Perry Henzell, 1972), ya que Trinidad y Jamaica cuentan con grandes ciudades históricas, como Puerto España y Kingston, respectivamente, el trabajo en los campos de caña de azúcar, base histórica de la mayoría de las sociedades caribeñas, cobra protagonismo en una trama que se desarrolla en la época colonial, en plena efervescencia independentista de los años 1950-1960.
La marcada conciencia política de esta película recuerda a algunas películas trinitenses anteriores, como The Right and the Wrong (1970), del director indio Harbance Kumar, que trata sobre una revuelta en una plantación en una época indeterminada. Por otra parte, Bim destaca por su energía y la impresionante interpretación de Ralph Maharaj en el papel protagonista. Teniendo en cuenta la trayectoria de Robertson en el mundo del cine estadounidense, no es descabellado pensar que Brian De Palma viera su película, ya que la interpretación brillantemente exagerada de Al Pacino en Scarface (1983) recuerda mucho a Bim en varias ocasiones.
1976: CUBA - LA ÚLTIMA CENA, DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA
Este clásico es una película imprescindible sobre cómo se retrata la esclavitud en el Caribe, igual que lo es, para el sur de Estados Unidos, «Doce años de esclavitud» (Steve McQueen, 2013). Inspirada en la novela El Ingenio (La Plantación) de Manuel Moreno Fraginals (que a su vez se basa en hechos reales), la trama de La Última Cena se desarrolla en una plantación esclavista de Cuba, en el siglo XVIII, durante la Semana Santa.
Un gran terrateniente, un noble católico practicante, decide revivir, alrededor de una mesa bien surtida, los gestos de Cristo, en presencia de doce de sus esclavos. Todos comen y beben hasta saciarse. Al día siguiente, el capataz despierta a los esclavos para mandarlos a trabajar a los campos de caña de azúcar. Estalla una revuelta…
En un cine que, en un primer momento, apenas aborda la «cuestión negra» (por citar el título de un libro del intelectual trinitense C.L.R. James), esta película se enfrenta al pasado esclavista, común a la gran mayoría de los países caribeños, a través de una puesta en escena (visual y sonora) de una minuciosidad poco común sobre la jerarquía «racializada» propia de las plantaciones: los cuerpos blancos y negros no ocupan allí el mismo lugar (ni en sentido espacial ni en sentido figurado) ni tienen el mismo derecho a expresarse.
La secuencia del banquete (la famosa recreación de la Última Cena), de casi 45 minutos, destaca tanto por su gran maestría teatral (los diálogos y la interpretación de los actores) como cinematográfica (el montaje técnico, en el que los cambios de ángulo de cámara se asocian a las relaciones de poder entre los personajes). En cuanto al último tercio de la película, es una de las más bellas representaciones —tanto por los movimientos de cámara como por el encuadre de los cuerpos y los paisajes— de una revuelta de esclavos seguida de una fuga (huida de los esclavos de la plantación) que se haya hecho hasta la fecha. ¡Una auténtica obra maestra!
1979: GUADALUPE - «COCO LA FLEUR», CANDIDATO, DE CHRISTIAN LARA
Esta película del director más prolífico de las Antillas francesas, que ha conseguido la hazaña de rodar casi 25 películas (aunque a veces fuera en condiciones técnicas precarias), marca el inicio del cine antillano. Dos años antes, por allí en Martinica, el largometraje Dérives ou la femme-jardin (1977), de Jean-Paul Césaire —uno de los hijos del poeta, político y defensor de la negritud Aimé Césaire—, no había tenido la suerte de estrenarse comercialmente en las salas.
Inspirado libremente enUna isla al sol de Robert Rossen (1957), con el famoso Harry Belafonte, Coco la Fleur, candidato es una comedia política que cuenta la historia de Coco, un candidato supuestamente «apolítico» manipulado por los tecnócratas de la prefectura, que durante la campaña decidirá preocuparse por el futuro de su «país». La reivindicación (como mínimo) autonomista de Guadalupe y Martinica la plantea sin rodeos el protagonista principal de este cine joven, que en varias ocasiones asume el papel del narrador criollo tradicional, un personaje clave en este conjunto de películas.
Por otra parte, esta película apuesta por el uso masivo del criollo. Tuvo un éxito rotundo, con más de 100 000 espectadores entre Guadalupe y Martinica, según diversas fuentes, y se mantuvo en cartelera en el cine Louxor de París durante varios años. Una mezcla eficaz de ligereza y reivindicaciones políticas que el director retomará con brillantez en su tercera película, *Mamito* (1980), otro clásico de este cine, cuyo personaje principal es una madre criolla (que cría sola a sus hijos).
Interpretado por la imprescindible Lucrèce Saintol (que también hace de madre de Coco), lo que pone claramente de manifiesto la «fémifocalidad» del cine antillano, es decir, la presencia casi sistemática de mujeres fuertes (fanm doubout) en este cine. Esa presencia destacada de las mujeres ya la anunciaba Dérives ou la femme-jardin, una película libremente inspirada en el relato Alléluia pour une femme-jardin del autor haitiano René Depestre, con su enigmática protagonista Isa.
Sobre el autor
Guillaume Robillard es doctor en cine, profesor e investigador, director de documentales y especialista en cine y producción artística antillana. Es autor de dos libros: «La conquista del espacio y del tiempo: el cine antillano (Editorial Jannink, «Hypothèses d’Art», 2023) y Un cine descolonial: los personajes del cine antillano (Presses Universitaires des Antilles, «Arts et Esthétique», 2024).
Serie «Historias del cine caribeño». La temporada 1/10 ya está disponible en Richès Karayib. Próximamente seguirá la temporada 3/10.
Con este primer episodio, «Richès Karayib» estrena una serie de diez entregas dedicada a las historias del cine caribeño, basada en el trabajo de Guillaume Robillard, doctor en cine, profesor e investigador, director de documentales y especialista en cine y producción artística antillana. Desde Cuba hasta Jamaica, desde Martinica hasta Curazao, esta cronología abarca más de sesenta años de creación cinematográfica en el Caribe.
Esta primera entrega nos lleva a los años 60 y principios de los 70, primero a Cuba y luego a Jamaica, donde varias obras empiezan a sentar las bases de unas cinematografías muy ligadas a las realidades sociales, culturales y políticas de sus territorios. Este artículo es el primer episodio de una serie de diez, que puedes encontrar en Richès Karayib.
Así pues, la historia del cine caribeño no empieza hasta los años 60, aunque ya se rodaban películas en el Caribe desde principios del siglo XX, sobre todo dos cortometrajes de los hermanos Lumière en Martinica en 1902. De hecho, es habitual distinguir claramente entre las películas rodadas en el Caribe y las realizadas por directoras y directores de las distintas islas de este archipiélago.
En cuanto a las producciones de Jamaica, Trinidad y Tobago y la República Dominicana, muestran cierta regularidad salpicada de agradables sorpresas, mientras que en Haití la producción semiprofesional fue durante mucho tiempo prolífica y contó con un numeroso público.
Por otro lado, algunos países pequeños producen de forma más bien irregular (Santa Lucía, Granada) o de vez en cuando (Barbados, Puerto Rico) películas cuyos temas se solapan con los de otros cines de la región, lo que demuestra un «espíritu caribeño» compartido a pesar de la evidente diversidad de estas producciones.
En cuanto al «cine antillano», es decir, el de Guadalupe y Martinica, hoy en día cuenta con unas cuarenta películas, cuyas tramas se desarrollan principalmente en estas dos islas.
Por último, cabe señalar que esta cronología se centra en el Caribe insular, por lo que no tiene en cuenta, por ejemplo, las películas continentales, de Guyana o de México. Un dato a destacar: la mayoría de las películas caribeñas están disponibles en plataformas de streaming gratuitas o de pago para que las disfrutes todo el mundo.
1964: CUBA - «CUMBITE», DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA
El tercer largometraje del imprescindible director cubano Tomás Gutiérrez Alea, uno de los cofundadores del ICAIC (Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos), la famosa escuela de cine cubana que ha formado a generaciones de profesionales latinoamericanos, es la adaptación de uno de los clásicos de la literatura haitiana, Gobernadores del rocío , de Jacques Roumain. Tras marcharse a la isla de Cuba, donde trabajó en los campos de caña de azúcar, el protagonista, Manuel, regresa a su pequeño pueblo rural de Haití, azotado por la sequía.
El héroe se pone entonces a buscar agua y encuentra un manantial escondido. No conseguirá cumplir la misión que se ha impuesto, y muere sin su amada Annaïse ni su madre Délira. Gracias a ellas, los habitantes se darán cuenta de la necesidad de formar una comunidad, a través del «coumbite» —una palabra criolla que significa trabajo colectivo basado en la ayuda mutua—, y llevarán el agua al pueblo. Al abordar el tema de la deforestación descontrolada, que ha marcado profundamente la historia de Haití, el libro tiene una fuerte dimensión ecológica que se refleja generosamente en su adaptación cinematográfica.
Como digno heredero del neorrealismo italiano (el director estudió cine en Italia), esta película oscila entre un gran clasicismo visual (composición de la luz y el encuadre, retratos fotogénicos, fluidez del montaje) y el cine de lo real, sobre todo en una impactante secuencia de vudú (una religión africana que se mantiene en Haití) que no tiene nada que envidiar al famoso documental Divine Horsemen de la rusa Maya Deren (rodado entre 1947 y 1951), que es toda una referencia en la materia. Y por último, pero no menos importante: Cumbite es una de las primeras adaptaciones, de gran belleza, de una obra de la literatura caribeña.
1966: CUBA – LA MUERTE DE UN BUROCRATA, DE TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA
Justo al principio de la película, vemos el funeral de un hombre al que entierran con su carné de trabajador para honrar su compromiso con el proletariado. Sin embargo, ese carné resulta ser un documento imprescindible para que su viuda pueda cobrar una pensión. Como tiene que recuperar ese preciado objeto y no puede exhumar el cuerpo, un sobrino del difunto llegará incluso a desenterrar ilegalmente a su tío, lo que le acarreará una serie de líos burocráticos que no tienen fin…
Esta película, con influencias de la comedia italiana de los años 60, te cautiva por su libertad formal (uso de fotos y montajes acelerados, entre otras cosas), algo poco habitual en el cine caribeño. Además, muestra una fuerte intertextualidad con un grupo de directores, citados en los créditos (escritos a máquina en un papel administrativo, en consonancia con el tema de la película): montaje de diversos archivos para presentar la vida del difunto (a modo de eco de Ciudadano Kane de Orson Welles), animación stop motion con una máquina «trituradora» de hombres (en un guiño a Tiempos modernos de Charlie Chaplin), una secuencia onírica que hace referencia al El perro andaluz de Luis Buñuel, etc.
Este juego de referencias, que demuestra una gran cultura cinematográfica, no la convierte, sin embargo, en una película europea o estadounidense. De hecho, está muy arraigada en la sociedad cubana, la trama se pregunta cómo un régimen (en este caso, el de Fidel Castro) puede acabar convirtiéndose a su vez en una burocracia «absurda», a pesar de sus intenciones de acabar con la burocracia («Muerte a la burocracia», como se indica varias veces en la película).
Por otra parte, el origen amerindio del protagonista, que sufre las iras de la administración —cuya mayoría de representantes es de origen europeo—, tal vez apunte discretamente a una jerarquía social cubana «racializada». Esta crítica a los límites de un régimen, o más en general al ejercicio del poder, tendrá su continuación en la no menos famosa Memorias del subdesarrollo (1968), la siguiente película de este director, con un tono más abiertamente político y que tuvo el honor de proyectarse en Cannes Classics en 2016.
1972: JAMAICA – «THE HARDER THEY COME», DE PERRY HENZELL
Esta película marca el inicio del cine jamaicano y va a sentar una «fórmula» que se ha repetido mucho desde entonces: la puesta en valor de la música jamaicana, sobre todo el reggae, cuya fama internacional ya no hace falta recordar, a través del viaje del joven cantante Iván (interpretado por el famoso Jimmy Cliff) en busca de un productor, pero también del criollo jamaicano (una variante del inglés con un acento y una entonación característicos) como «raíz lingüística» caribeña y, por último, de la figura del héroe rebelde frente a un «sistema» que se considera injusto o represivo.
También se destaca el potencial del tejido urbano (en este caso, el de Kingston): el comienzo de la película ofrece algunas de las imágenes más bonitas de la energía que tenía esta ciudad en aquella época, junto con unos retratos preciosos. Además, la arquitectura «barroca» y «desordenada» de los barrios pobres se muestra en detalle. Frente al peso de la religión, se desarrolla una historia de amor marcada por un coqueteo y un poco de desnudez.
Los enfrentamientos con las fuerzas del orden, sobre todo en tiroteos, y la cárcel también están presentes, con una secuencia destacada de castigo físico. Todos estos elementos, salvo la figura del rebelde (o del resistente), han estado totalmente ausentes en el cine de las Antillas francesas (por ejemplo) durante casi treinta años, con muy pocas excepciones. Mientras le persigue un policía en moto, el protagonista le dispara, como forma de desafío al orden establecido: se desata entonces una persecución en varias etapas que terminará en el manglar y concluirá en una playa donde intenta llegar a Cuba (isla considerada revolucionaria) subiéndose a un barco.
En las paredes de la ciudad se ven grafitis del tipo « I was here but I disappear » («Estuve aquí, pero desaparecí»), tantas alusiones que lo convierten en un «negro marrón» (esclavo que huye de la plantación) «moderno» que se opone a una sociedad en la que los que tienen (los productores, por ejemplo) y los que ostentan la autoridad (los comisarios de policía) son sutilmente mestizos o blancos, frente a una población negra empobrecida que ansía comodidades (« Puedes conseguirlo si de verdad lo quieres, al final lo lograrás / «Puedes conseguirlo si de verdad lo deseas, al final lo lograrás», dice una canción de la película mientras Iván va en un coche de lujo robado por un campo de golf): una jerarquía social «racializada» que, curiosamente, recuerda al pasado colonial.
Sobre el autor:
Guillaume Robillard es doctor en cine, profesor e investigador, director de documentales y especialista en cine y producción artística antillana. Es autor de dos libros: «La conquista del espacio y del tiempo: el cine antillano (Editorial Jannink, «Hypothèses d’Art», 2023) y Un cine descolonial: los personajes del cine antillano (Presses Universitaires des Antilles, «Arts et Esthétique», 2024).
Serie «Historias del cine caribeño». Próximamente, la segunda temporada, episodio 10.
Fundada en 1511, Baracoa fue la primera ciudad colonial de Cuba. Sin embargo, no fue hasta diciembre de 1965 cuando contó con una conexión por carretera moderna con el resto del país. Entre esas dos fechas, 454 años que cuentan una historia de cómo la geografía ha protegido, frenado y moldeado profundamente la identidad de la «Ciudad Primada».
Una carretera que parece colgar entre la montaña y el precipicio
En La Farola, el trayecto nunca parece una simple entrada a la ciudad. La carretera se aferra a las laderas del macizo de Sagua-Baracoa, encadena una curva tras otra y domina valles cubiertos de vegetación. Para los conductores, cada curva les recuerda lo mismo: llegar a Baracoa por tierra fue durante mucho tiempo todo un reto.
La ciudad está en el extremo oriental de Cuba, entre el Atlántico y una cordillera difícil de atravesar. Esta ubicación le ha regalado paisajes espectaculares, pero también ha limitado las comunicaciones por tierra durante siglos. Baracoa no estaba aislada del mundo: el mar, los senderos y los intercambios locales mantenían los vínculos. Sin embargo, carecía de una carretera continua comparable a las del resto de la isla.
1511: la primera ciudad de Cuba
Diego Velázquez fundó Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa en 1511. Las fuentes oficiales cubanas la describen como la primera villa, la primera capital y la primera sede episcopal de Cuba. Además, conserva su ubicación original, otra singularidad entre las primeras fundaciones españolas de la isla.
Esta situación podría hacer pensar que la ciudad se convertiría rápidamente en el centro de los intercambios nacionales. Pero la historia tomó otro rumbo. Tras el traslado del poder colonial a otras ciudades, Baracoa quedó aislada tras sus montañas. Su fachada marítima siguió siendo fundamental, mientras que su interior desarrollaba sus propias prácticas agrícolas, alimentarias y culturales.
Este relativo aislamiento contribuyó, sobre todo, a reforzar el papel del cacao y el coco en la economía local. Incluso hoy en día, estos cultivos siguen estando muy ligados a Baracoa, hasta el punto de que se reflejan en sus recetas y en sus paisajes rurales.
36 kilómetros construidos en 20 meses
El cambio empezó en abril de 1964. Se iniciaron las obras del viaducto de La Farola para crear un paso por carretera a través del macizo. Las obras abarcaron 36 kilómetros y terminaron en diciembre de 1965, tras veinte meses de trabajo. Los constructores se enfrentan a pendientes, barrancos, lluvias torrenciales y deslizamientos de tierra. Algunas obras se llevan a cabo en laderas empinadas, con poco espacio para la maquinaria. Así que el reto no es solo construir una carretera, sino mantener una trayectoria estable en una montaña húmeda y accidentada.
En 1997, La Farola fue incluida entre las siete maravillas de la ingeniería civil cubana. Este reconocimiento resume su importancia técnica, pero no del todo su importancia humana. La carretera establece por fin una conexión terrestre regular entre Baracoa, Guantánamo y el resto del país. Facilita el desplazamiento de la gente, las mercancías y los servicios, sin ignorar las dificultades que plantea el relieve.
Una biodiversidad que también explica el aislamiento
Las montañas que rodean Baracoa no son solo un obstáculo. Forman parte de uno de los conjuntos naturales más destacados de las Antillas. La reserva de la biosfera de las Cuchillas del Toa abarca 208 305 hectáreas, de las cuales 6 013 son marinas. La UNESCO ha registrado allí 928 especies endémicas. Estas cifras nos dan otra perspectiva de La Farola. La carretera atraviesa un territorio al que es difícil llegar, lo que probablemente ha ayudado a conservar unos ecosistemas excepcionales. Así que la apertura de la carretera ha conectado Baracoa con el exterior, pero también ha planteado una cuestión que seguirá vigente: ¿cómo mejorar la movilidad sin poner en peligro lo que hace que esta región sea única?
Lo que 454 años han dejado en Baracoa
La Farola ha cambiado la relación de Baracoa con Cuba, pero no ha convertido a la ciudad en un destino cualquiera. Su arquitectura, sus cultivos, su relación con el mar y su entorno montañoso siguen reflejando una historia que se ha forjado lejos de las grandes vías de comunicación.
Quizá ese sea el verdadero mensaje que hay que recordar. Baracoa no solo esperó una carretera durante 454 años. Durante esa espera, desarrolló una identidad lo bastante fuerte como para sobrevivir a su apertura. Sesenta años después de La Farola, el reto ya no es llegar a la ciudad. Se trata de saber cómo conectarla mejor sin mermar esa singularidad que su aislamiento ha ayudado a forjar. Una ecuación que se ha vuelto clave para su futuro cultural y medioambiental.
Baracoa se considera la primera ciudad colonial de Cuba, ya que se fundó en 1511 con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa. También fue la primera capital y uno de los primeros centros administrativos y religiosos de la isla. Sin embargo, su ubicación, entre el océano Atlántico y las montañas del este de Cuba, limitó su desarrollo por tierra durante varios siglos.
La Farola es una carretera de montaña construida entre 1964 y 1965 para unir Baracoa con el resto de la provincia de Guantánamo y de Cuba. Con una longitud de unos 36 kilómetros, atraviesa un relieve escarpado marcado por barrancos, pendientes y fuertes lluvias. Su inauguración puso fin al aislamiento terrestre histórico de Baracoa y facilitó la circulación de la gente, los servicios y las mercancías.
Baracoa te permite entender cómo varios siglos de aislamiento han forjado una identidad local única. La ciudad se asocia sobre todo con el cacao, el coco, su arquitectura histórica y su entorno montañoso. Los viajeros también pueden pasear por La Farola, contemplar los paisajes dominados por El Yunque y descubrir una región cercana a la reserva de la biosfera de Cuchillas del Toa.
Cuando Alicia Alonso murió en octubre de 2019, el Ballet Nacional de Cuba, que Alicia Alonso fundó en 1948 y dirigió durante siete décadas, quedó huérfano. Sólo quedó una persona al mando: Viengsay Valdés. Ahora, con 49 años, dirige una de las compañías de ballet más respetadas del mundo. Lo hace desde La Habana, una ciudad en crisis, con unos recursos que ninguna institución comparable de Europa o Estados Unidos aceptaría. El reto es de otra época. Pero Viengsay Valdés se mantiene firme.
Exigir formación cubana
Nacida en La Habana en 1976, comenzó a bailar a los 9 años en la escuela elemental de ballet Alejo Carpentier, antes de continuar su formación en la Escuela Nacional de Ballet de Cuba, una de las más prestigiosas del mundo, gratuita y abierta a todos los niños cubanos mediante audición. Allí entró en contacto con el mundo de Alicia Alonso, la directora de la época. Fue un encuentro que marcaría toda su carrera. Ingresó en el Ballet Nacional de Cuba en 1994, a la edad de 18 años. Se convirtió en bailarina principal en 1996 y en primera bailarina en 2001. Fue una carrera rápida, incluso para los estándares cubanos.
Una firma técnica reconocida
Sus fouettés se han convertido en su firma. Las ejecuta con una particular lentitud, casi suspendida, que obliga a jurados y espectadores a contener la respiración. Esta técnica, que ha perfeccionado a lo largo de los años, le ha valido invitaciones para trabajar con importantes compañías internacionales, como el Washington Ballet, el Ballet Concierto de Puerto Rico, el Joburg Ballet, el Bolshoi y el Mariinsky. Durante todo este tiempo, siguió siendo bailarina principal del Ballet Nacional de Cuba. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, nunca abandonó la isla.
La lealtad tiene un precio
Esta lealtad tiene un precio. Entre 2000 y 2010, varios destacados bailarines cubanos abandonaron la isla rumbo a Miami y Europa. El Ballet Nacional de Cuba estaba sufriendo una hemorragia de talento. Viengsay Valdés se quedó. A menudo ha explicado esta elección como una forma de deuda con el sistema que la formó gratuitamente, y como su apego a la escuela de ballet cubana.
Tras Alicia Alonso, una responsabilidad histórica
En 2019, Alicia Alonso falleció a la edad de 98 años. La sucesión es una de las más delicadas en el mundo de la danza. Alicia Alonso no era sólo una directora: era un icono político, cultural y feminista. Dirigir el Ballet Nacional de Cuba después de Alicia Alonso es cargar con un enorme peso simbólico. Viengsay Valdés fue nombrada subdirectora artística en enero de 2019, antes de ser nombrada directora general del Ballet Nacional de Cuba en enero de 2020. Asume su cargo en un contexto de grave crisis económica en Cuba, agravada por la pandemia y los cortes de electricidad que afectan a la capital varias veces por semana.
Mantener la escuela cubana abriendo el repertorio
¿Su estrategia? Mantener la excelencia técnica cubana -la famosa “escuela cubana de ballet”-, abriéndose al mismo tiempo a nuevos repertorios. Encarga coreografías a jóvenes autores latinoamericanos. Invita a bailarines extranjeros a realizar residencias. Restablece progresivamente las colaboraciones internacionales. El Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso, evento emblemático fundado en 1960, debería celebrar su 29ª edición en otoño de 2026 bajo su dirección, si se mantiene el calendario anunciado. Será su gran prueba de público.
Dirección artística bajo presión
Dirigir una compañía de ballet de talla mundial con el presupuesto de un país en crisis es tanto una proeza administrativa como artística. Hay que remendar los trajes, los estudios a veces carecen de electricidad o equipos, y hay que negociar uno a uno los viajes al extranjero. Sin embargo, el Ballet Nacional de Cuba sigue produciendo temporadas completas, formando bailarines que pasan a trabajar con las principales compañías del mundo y manteniendo una calidad técnica que muchos en el mundo del ballet consideran intacta.
Una mujer cubana al frente de una institución mundial
Un aspecto particular de este retrato merece ser mencionado. Viengsay Valdés es una mujer cubana al frente de una institución de ballet de categoría mundial. En un mundo de ballet clásico internacional dominado durante mucho tiempo por las grandes instituciones europeas y norteamericanas, esto es algo poco frecuente. Cuba, desde Alicia Alonso, es una excepción. Esta singularidad, en el panorama mundial, es uno de los legados que Viengsay Valdés lleva consigo.
La cita de 2026
Así pues, en otoño de 2026 se celebrará en La Habana el 29º Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso, bajo su dirección, si se confirma el programa anunciado. Se espera que asistan compañías invitadas, antiguas estrellas, jóvenes estrenos: todos los que importan en el ballet internacional. Para Viengsay Valdés, será una demostración. Para Cuba, una afirmación. Y para el Caribe, quizás un recordatorio de que la excelencia no depende de las divisas. Si Viengsay Valdés resiste, entonces cierta idea de la cultura caribeña resistirá con ella.
📸 Crédito de la foto: Cuenta de Instagram de Viengsay Valdés – @Viengsay_v
Viengsay Valdés es una bailarina cubana nacida en La Habana en 1976. Formada en la Escuela Cubana de Ballet, ingresó en el Ballet Nacional de Cuba en 1994, se convirtió en bailarina principal en 2001 y asumió la dirección general de la compañía en 2020, tras ser nombrada subdirectora artística en 2019.
Viengsay Valdés forma parte del legado artístico de Alicia Alonso, fundadora del Ballet Nacional de Cuba en 1948. Tras la muerte de Alicia Alonso en 2019, Viengsay Valdés se convertirá en una de las figuras responsables de preservar la excelencia de la escuela de ballet cubana, al tiempo que abre la compañía a nuevos repertorios.
Viengsay Valdés encarna una forma de excelencia artística caribeña que suele ser menos visible que la música, los carnavales o el patrimonio popular de la región. Como directora del Ballet Nacional de Cuba, demuestra que el Caribe es también un lugar para la formación clásica, la disciplina coreográfica y la influencia cultural internacional.
José Martí no es sólo una gran figura de la historia de Cuba. Es uno de los intelectuales más importantes del mundo caribeño, porque fue capaz de combinar la escritura, el pensamiento político, el periodismo y la acción revolucionaria en una sola carrera. Nacido en La Habana el 28 de enero de 1853 y muerto en combate en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, se convirtió en el símbolo de la lucha de Cuba por la independencia de España. Sin embargo, su influencia pronto se extendió más allá de Cuba a toda América Latina y el Caribe.
¿Por qué José Martí sigue siendo una figura importante?
Lo que distingue a José Martí de muchas figuras políticas del siglo XIX es la amplitud de su legado. Fue poeta, ensayista, periodista, organizador político y pensador sobre la soberanía. Su nombre sigue asociado a la idea de dignidad, emancipación y responsabilidad histórica.
Una juventud marcada por la represión y el exilio
La carrera de José Martí cambió a una edad muy temprana. Siendo adolescente, se posicionó a favor de la independencia de Cuba en el contexto de la guerra que comenzó en 1868. Como consecuencia, fue condenado a trabajos forzados y deportado a España. Allí continuó sus estudios y obtuvo una licenciatura universitaria en Zaragoza. Fue un periodo decisivo: formó a un hombre convencido de que la libertad política no podía disociarse de la educación, la cultura y la lucidez histórica.
Así pues, el exilio no le alejó de Cuba. Al contrario, amplió sus horizontes. José Martí visitó varios países, entre ellos México, Guatemala, Venezuela y, sobre todo, Estados Unidos. Desde Nueva York, observó las tensiones geopolíticas de su tiempo y desarrolló una idea central: Cuba debía liberarse de la dominación española sin caer en otra forma de dependencia.
José Martí, destacado escritor y periodista
Sería un error reducir a José Martí a una figura revolucionaria. Su importancia literaria es inmensa. Su escritura combina densidad política, fuerza moral y rigor estilístico. Sus ensayos se consideran a menudo su contribución más duradera a la literatura hispanoamericana. Su poesía, por otra parte, nunca se separa de la realidad. Para José Martí, escribir no significa distanciarse del mundo, sino mirarlo más de cerca. Este vínculo entre literatura y compromiso explica por qué su obra sigue siendo estudiada mucho más allá de Cuba.
"Nuestra América", un texto fundamental
Entre sus escritos, “Nuestra Américapublicado en 1891, sigue siendo fundamental. En él, José Martí defendía una idea sencilla pero profunda: los pueblos de la región no deben copiar mecánicamente modelos de otros lugares. Deben construir sus instituciones, su cultura y su futuro sobre la base de su propia realidad histórica. Estas ideas siguen siendo muy pertinentes hoy en día en el Caribe. Arroja luz sobre los debates acerca de la identidad, la soberanía cultural, la educación y el modo en que las sociedades caribeñas pueden hacer valer su voz en un mundo dominado por grandes centros de poder.
El estratega de la independencia cubana
No se limitó a escribir. Desempeñó un papel concreto en la organización de la última fase de la lucha independentista cubana. Ayudó a formar la Partido Revolucionario Cubano e hizo de Nueva York el centro de preparación del levantamiento. Su objetivo era unificar las fuerzas independentistas y dar coherencia política a la causa cubana. En 1895, se unió a la expedición a Cuba con Máximo Gómez. Poco después de su regreso a Cuba, murió en combate en Dos Ríos el 19 de mayo. Su temprana muerte fijó su imagen en la memoria colectiva: la de un hombre que hacía coincidir sus pensamientos con sus acciones.
Un legado que perdura en el Caribe
La influencia de José Martí no terminó en el siglo XIX. Su legado sigue vivo en los debates contemporáneos. En esencia, sigue siendo esencial porque encarna una idea poco común: la de un intelectual caribeño capaz de transformar la literatura en una fuerza histórica. Su vida es un recordatorio de que el Caribe no sólo ha producido resistencia, sino también grandes pensamientos capaces de arrojar luz sobre el presente. José Martí sigue siendo una referencia esencial no sólo para comprender Cuba, sino también la profundidad política y cultural de la región.
José Martí fue un escritor, periodista, poeta y político cubano nacido en La Habana en 1853. Se le conoce sobre todo por su papel central en la lucha por la independencia cubana de España. Su carrera combinó el compromiso intelectual y la acción política, lo que le convirtió en una figura importante no sólo en la historia de Cuba, sino también en el pensamiento caribeño y latinoamericano.
José Martí está considerado uno de los grandes símbolos de la nación cubana porque defendió la idea de una Cuba libre, soberana y políticamente consciente. No sólo apoyó la independencia a través de sus discursos y escritos, sino que también desempeñó un papel activo en la organización de la lucha por la independencia. Su nombre sigue estando asociado a la dignidad, el patriotismo y la coherencia entre el pensamiento y la acción.
No, y eso es precisamente lo que hace que su legado sea tan fuerte. José Martí fue también un destacado escritor, con una rica obra literaria y periodística. Sus textos tratan de la libertad, la identidad, la educación, la justicia y el futuro de los pueblos de la región. Por ello ocupa un lugar especial, en la encrucijada de la literatura, el periodismo y la historia política.
“Nuestra América” es uno de los textos más influyentes de José Martí. En él defiende la idea de que los pueblos de América Latina y el Caribe deben construir su futuro a partir de su propia realidad histórica, social y cultural. Este texto sigue siendo de gran actualidad, ya que plantea cuestiones esenciales sobre la identidad, la soberanía cultural y cómo pensar el desarrollo sin reproducir mecánicamente modelos externos.
José Martí sigue interesando a los lectores contemporáneos porque sus reflexiones trascienden su época. Habla de libertad, responsabilidad política, educación y dignidad colectiva, temas que siguen estando en el centro de los debates actuales. Para los lectores del Caribe, también representa la prueba de que un pensamiento nacido en la región puede tener alcance universal y seguir iluminando el presente.
El 24 de febrero de 1895 sigue siendo una de las fechas más importantes de la historia de Cuba. Cuba. Ese día estallaron simultáneamente varios levantamientos en toda la isla, marcando el inicio oficial de la última guerra de independencia contra España. A menudo se hace referencia a este acontecimiento como el Grito de Bairellamado así por una de las ciudades donde se declaró la insurrección.
Pero sería un error reducir esta fecha a un mero desencadenante militar. El 24 de febrero de 1895 encarna un momento político importante para el Caribe: el día en que una colonia estratégica decidió volver a tomar las armas para construir su soberanía. Ese día fue el resultado de años de preparación, debate y compromiso, tanto sobre el terreno como en el exilio.
Una larga lucha por la independencia
Para comprender el significado del 24 de febrero de 1895, es importante recordar que Cuba no comenzó su lucha contra España ese día. La isla ya había librado una larga guerra de independencia entre 1868 y 1878, seguida de un intento más breve a finales del siglo XIX. Estos conflictos no condujeron a una ruptura definitiva con la potencia colonial, pero transformaron profundamente la sociedad cubana.
Los años siguientes estuvieron marcados por una gran tensión política, una crisis económica vinculada al azúcar y una creciente frustración por las reformas prometidas pero raramente aplicadas por Madrid. En este contexto, se fue imponiendo la idea de una nueva guerra. Ya no se trataba de una revuelta aislada, sino de una ofensiva coordinada y estructurada. El 24 de febrero de 1895 estalló la insurrección en varias regiones de la isla, sobre todo en el este, donde la desigualdad económica era elevada y el sentimiento anticolonial especialmente fuerte. El levantamiento simultáneo en muchos lugares marcó oficialmente el inicio de la segunda Guerra de Independencia cubana.
José Martí: el arquitecto político de la sublevación
Detrás de la organización del 24 de febrero de 1895 había una figura central: José Martí. Poeta, periodista y estratega político, José Martí desempeñó un papel decisivo en la preparación de la guerra. Fundador del Partido Revolucionario Cubano en 1892, trabajó para unificar las fuerzas independentistas y preparar una insurrección capaz de triunfar donde las anteriores habían fracasado.
Desde el exilio, sobre todo en Estados Unidos, José Martí movilizó a la diáspora cubana, recaudó fondos y construyó una sólida red política. Veía la guerra como una necesidad histórica, pero también como un proyecto de sociedad. Su objetivo no era sólo expulsar a España: quería construir una república independiente, capaz de preservar su soberanía frente a las influencias exteriores.
El 24 de febrero de 1895 marcó la culminación de este largo esfuerzo. La insurrección que había contribuido a organizar se desencadenó en varias regiones de la isla, de acuerdo con una estrategia preparada durante meses. Pocas semanas después, José Martí regresó a territorio cubano para participar directamente en los combates. Murió el 19 de mayo de 1895 durante la batalla de Dos Ríos, convirtiéndose en una de las figuras más emblemáticas de la historia nacional cubana.
Una guerra organizada y estructurada
Junto a José Martí, líderes militares experimentados tomaron la iniciativa. Entre ellos se encontraban Máximo Gómez y Antonio MaceoEran veteranos de guerras anteriores y reconocidos estrategas. Su experiencia permitió estructurar el ejército independentista y adoptar tácticas adaptadas al terreno. La guerra se desarrolló primero en el este de la isla, antes de extenderse gradualmente hacia el oeste. Los insurgentes utilizaron la movilidad y la guerra de guerrillas para debilitar a las fuerzas españolas, que se encontraban en inferioridad numérica.
A pesar de los difíciles comienzos en algunas regiones, el movimiento se organizó rápidamente. A finales de 1895, las fuerzas independentistas controlaban una parte importante del territorio y proclamaron la República de Cuba en armas.
Una guerra con consecuencias regionales
El conflicto que estalló el 24 de febrero de 1895 se extendió rápidamente más allá de la isla. La represión española, en particular la creación de campos de concentración para aislar a los insurgentes de la población civil, provocó una fuerte emoción internacional. La situación atrajo la atención de Estados Unidos, que ya tenía una fuerte presencia económica en la región. En 1898, la explosión del acorazado USS Maine en La Habana desencadenó la Guerra Hispano-Norteamericana. España fue derrotada y perdió sus últimas colonias importantes en el Caribe.
Cuba obtuvo oficialmente la independencia en 1902, aunque su soberanía permaneció bajo influencia estadounidense durante varias décadas.
¿Por qué es hoy tan importante esta fecha?
El 24 de febrero de 1895 no trata sólo de la historia de Cuba. Arroja luz sobre toda la trayectoria del Caribe. A finales del siglo XIX, la región se encontraba en un punto de inflexión: los imperios europeos declinaban gradualmente, mientras se afirmaban nuevas potencias. Para Cuba, esta fecha simboliza el deseo de existir política y culturalmente como nación. Es un recordatorio de que la independencia suele ser el resultado de un largo proceso de intentos, fracasos y nuevos intentos.
Para el Caribe, nos recuerda que las luchas nacionales siempre han estado vinculadas a dinámicas regionales e internacionales. Las redes del exilio, la circulación de ideas y la solidaridad entre territorios desempeñaron un papel decisivo en la lucha por la soberanía. Incluso hoy, el 24 de febrero de 1895 sigue siendo un punto de referencia importante en la memoria colectiva de Cuba. Encarna la determinación de un pueblo para definir su futuro y defender su identidad.
El 24 de febrero de 1895 comenzó la última guerra de independencia de Cuba contra España. Varios levantamientos estallaron simultáneamente en el este de la isla, sobre todo en Baire, dando lugar a lo que se conoce como la Grito de Baire. Esta insurrección no fue improvisada: fue el resultado de años de organización política por parte de los independentistas cubanos, decididos a poner fin a la dominación colonial española. Esta guerra condujo a la derrota de España en 1898 y allanó el camino para la independencia oficial de Cuba en 1902.
José Martí fue uno de los principales artífices políticos de la Guerra de Independencia de Cuba, iniciada en 1895. Fundador del Partido Revolucionario Cubano en 1892, trabajó para unir a las fuerzas independentistas y organizó los preparativos del levantamiento. José Martí no se contentó con la retórica patriótica: desarrolló una visión precisa de una república cubana soberana y socialmente equilibrada. Se unió a la lucha en 1895 y murió pocos meses después, convirtiéndose en una figura fundacional de la identidad nacional cubana.
El 24 de febrero de 1895 trascendió los estrictos confines de Cuba, ya que formaba parte de un movimiento más amplio de luchas anticoloniales en el Caribe a finales del siglo XIX. La guerra contribuyó a debilitar la presencia española en la región y alteró el equilibrio geopolítico en el Caribe. También precedió a la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898, que tuvo un impacto duradero en el equilibrio de poder en la cuenca del Caribe. Por tanto, esta fecha brinda la oportunidad de comprender cómo la dinámica local en Cuba tuvo repercusiones regionales e internacionales.
El 17 de febrero de 2026, el pastor y activista por los derechos civiles Jesse Jackson murió a los 84 años. Figura importante en la lucha por la igualdad racial en Estados Unidos, Jesse Jackson dejó tras de sí más de medio siglo de compromiso político, social y moral. Su muerte ha provocado una oleada de homenajes en todo el mundo, aclamándolo como un servidor de la justicia cuya influencia se extendió más allá de las fronteras estadounidenses.
Pero sería un error reducir a Jesse Jackson a la historia política estadounidense. Su trayectoria se inscribe en una dinámica diaspórica mucho más amplia, en la que el Caribe desempeña un papel estratégico. Haití, Cuba y Guadalupe fueron ámbitos de intervención, reflexión y solidaridad que arrojan nueva luz sobre el legado de esta gran figura y nos ayudan a comprender el alcance de su influencia internacional.
De la América segregada a la escena mundial
Nacido el 8 de octubre de 1941 en Greenville, Carolina del Sur, Jesse Jackson creció en una sociedad marcada por la segregación racial. Implicado en el movimiento por los derechos civiles desde muy joven, se unió a Martin Luther King Jr. en los años 60 y participó en importantes campañas contra la discriminación. Dentro de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, destacó por sus dotes oratorias y su capacidad de movilización. En particular, desarrolló la iniciativa Operación Panera, que utilizaba el boicot económico para obligar a las empresas a contratar a más afroamericanos. Esta estrategia le convirtió en uno de los rostros más visibles de la lucha por la justicia económica dentro del movimiento por los derechos civiles.
En 1971, fundó la Operación PUSH, una organización dedicada a la capacitación económica y política de las comunidades negras. Esta estructura, seguida de la Coalición Arco Iris, contribuyó a ampliar la lucha por los derechos civiles hasta convertirla en una coalición multirracial y social. Como candidato a la nominación demócrata a la presidencia de Estados Unidos en 1984 y de nuevo en 1988, se convirtió en uno de los primeros afroamericanos en alcanzar este nivel de competición electoral nacional, allanando el camino a una nueva generación de líderes políticos negros.
Sin embargo, su influencia no se limitó a Estados Unidos. Desde muy pronto considera la lucha por la igualdad como una lucha global que vincula a África, Estados Unidos y el Caribe.
El Caribe, central en la conciencia negra
En el pensamiento político de Jesse JacksonEl Caribe nunca es periférico. Representa un espacio fundador de la historia negra moderna, marcado por la esclavitud, la colonización y la lucha por la independencia. Esta lectura histórica alimenta su visión de la solidaridad transnacional entre los pueblos afrodescendientes. Para él, las injusticias que sufren las comunidades negras en Estados Unidos no pueden disociarse de las realidades económicas y políticas que se viven en el Caribe.
Su acción internacional se inscribe, pues, en una lógica diaspórica en la que los destinos afroamericano, caribeño y africano están estrechamente vinculados. Este planteamiento explica las posiciones que ha adoptado repetidamente sobre las grandes cuestiones caribeñas.
Haití: justicia económica y dignidad humana
Entre los territorios caribeños que han marcado este compromiso, Haití ocupa un lugar central. En varias ocasiones visitó el país para alertar sobre la pobreza, el hambre y la inestabilidad política. Durante una visita especialmente significativa en 2008, pidió la condonación de la deuda de Haití y una acción internacional para hacer frente a la crisis alimentaria. También denunció las desigualdades en el trato a los migrantes haitianos e insistió en la responsabilidad de las grandes potencias en la situación económica del país.
Para Jesse JacksonHaití simboliza la injusticia histórica sufrida por las sociedades nacidas de la esclavitud y el colonialismo. Su defensa de la dignidad haitiana forma parte de una visión más amplia de la justicia racial global.
Cuba: diplomacia paralela y diálogo
La relación entre Jesse Jackson con Cuba es otro capítulo importante de este compromiso caribeño. A partir de los años 80, participó en misiones diplomáticas paralelas entre Washington y La Habana. En 1984, desempeñó un papel decisivo en la liberación de presos estadounidenses en Cuba, demostrando su capacidad para intervenir en cuestiones geopolíticas delicadas. Sus intercambios con las autoridades cubanas se inscriben en una voluntad de diálogo y desescalada entre ambos países.
Crítico con el embargo estadounidense contra la isla, abogó por un enfoque más humano y pragmático de las relaciones entre Estados Unidos y el Caribe. Esta postura refuerza su imagen de actor político internacional capaz de trascender las divisiones ideológicas.
Guadalupe: recordar la esclavitud y transmitirla
En 2015, la visita de Jesse Jackson en el Mémorial ACTe de Guadalupe marca un momento simbólico importante. Para él, este centro dedicado a la memoria de la esclavitud y la trata transatlántica de esclavos es un lugar esencial para la transmisión y el reconocimiento de la historia. Ante un numeroso público, saludó la importancia de esta institución en la construcción de una conciencia negra colectiva y en el diálogo entre los pueblos de la diáspora. Su presencia en Guadalupe subraya la importancia de la memoria caribeña en la historia global de la lucha por la dignidad humana.
Este paso ilustra el apego a una memoria compartida que une a afroamericanos y caribeños, más allá de las fronteras nacionales.
Una visión diaspórica adelantada a su tiempo
A lo largo de su carrera, ha desarrollado un enfoque global de las luchas negras. Apoyó el movimiento contra el apartheid en Sudáfrica, intervino en crisis en Centroamérica y multiplicó las iniciativas de mediación internacional. En esta visión, el Caribe aparece como un espacio estratégico donde se entrecruzan cuestiones históricas, económicas y culturales. Las migraciones, las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y las cuestiones de memoria son temas recurrentes en este compromiso.
Al vincular estas diferentes dimensiones, contribuye a reforzar la idea de una comunidad negra internacional que comparte luchas comunes.
¿Qué legado para el Caribe en 2026?
La desaparición de Jesse Jackson llega en un momento en que las cuestiones de justicia racial, desigualdad económica y memoria histórica siguen estando en el centro de los debates mundiales. Para el Caribe, su carrera es un recordatorio de la importancia de la solidaridad diaspórica y la cooperación internacional. Las cuestiones que ha defendido -la deuda, la migración, la dignidad económica y la memoria de la esclavitud- siguen siendo de gran actualidad.
También pone de relieve la necesidad de que la región siga reivindicando su lugar en los debates mundiales sobre justicia e igualdad.
Una figura americana, una herencia caribeña
Jesse Jackson será recordado como una de las grandes voces de la justicia social del siglo XX y principios del XXI. Pastor, activista, mediador y candidato presidencial, dedicó su vida a defender a las poblaciones marginadas y a promover la solidaridad mundial. Más allá de América, su trayectoria revela la importancia del Caribe en la construcción de una conciencia negra internacional. Sus intervenciones en Haití, Cuba y Guadalupe dan testimonio de una visión política en la que la región desempeña un papel central en la lucha por la dignidad y la igualdad.
Tras la muerte de Jesse Jackson, esta lectura diaspórica de su legado ofrece una clave esencial para comprender su influencia. Sobre todo, nos recuerda que el Caribe, lejos de ser periférico, sigue estando en el centro de la historia y el futuro de la lucha por la justicia global.
Fue pastor baptista y figura destacada del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Estrecho colaborador de Martin Luther King Jr, dedicó su vida a la justicia social, la igualdad racial y la defensa de las poblaciones marginadas a escala internacional.
Se ha implicado en varias ocasiones en importantes asuntos caribeños. Ha abogado por la condonación de la deuda de Haití, ha dirigido misiones diplomáticas a Cuba y ha visitado Guadalupe, en particular el Memorial ACTe, para apoyar la memoria de la esclavitud y la solidaridad diaspórica.
Su compromiso con cuestiones de justicia económica, migración, memoria histórica y relaciones internacionales sigue siendo relevante para el Caribe. Su trayectoria es un recordatorio de la importancia de la solidaridad entre los pueblos afrodescendientes y del lugar central que ocupa la región en los debates mundiales sobre igualdad y dignidad.
“Sin Cuba no hay rumba y sin rumba no hay Cuba”. Esta frase resume acertadamente una realidad profundamente arraigada en la historia y la vida cotidiana de la isla. La Rumba no es sólo un género musical o una danza folclórica estática. À CubaEs un lenguaje social, un espacio de memoria y una forma colectiva de existir. Nacido en los barrios obreros y en los puertos, se ha convertido en una de las expresiones culturales más fuertes de la identidad cubana.
Este artículo profundiza en la historia musical y cultural de la Rumba tal y como se practica hoy en Cuba. Se trata de una herencia afrocubana siempre en movimiento, conformada por la transmisión oral, el cuerpo y la comunidad, alejada de los tópicos turísticos.
La rumba en Cuba: una definición basada en la realidad
En Cuba, la palabra Rumba designa un conjunto indisociable de música, canto, baile y prácticas sociales. Se toca principalmente con instrumentos de percusión, se canta según un principio de llamada y respuesta, y se baila en un entorno donde la improvisación y la interacción son esenciales. No puede entenderse de forma aislada, sino que adquiere todo su significado en grupo, en un patio, en una calle, en una reunión espontánea.
A diferencia de algunas formas que se han exportado y estandarizado a otros lugares, la rumba cubana permanece profundamente arraigada en los contextos en los que nació. No fue concebida para el escenario, sino para la vida cotidiana, para expresar la relación entre el trabajo, las relaciones humanas, el deseo, la rivalidad y el orgullo.
Orígenes moldeados por la historia social cubana
Su nacimiento es inseparable de la historia de la esclavitud y la urbanización cubana del siglo XIX. Tras la abolición de la esclavitud, las poblaciones afrodescendientes se concentraron en las ciudades portuarias, sobre todo en La Habana y Matanzas. En los patios comunales conocidos como solares, la música se convirtió en un medio de mantener las tradiciones africanas al tiempo que se adaptaban a un nuevo entorno social.
Estas zonas son el centro de una intensa vida comunitaria. Comparten trabajo y dificultades, pero también celebraciones. Es una respuesta colectiva a la marginación. Permite que los gestos cotidianos se transformen en un lenguaje artístico, y que el ritmo se convierta en una herramienta de cohesión.
Los tres estilos principales de la rumba cubana
No es una forma única. Se expresa a través de tres estilos principales que reflejan diferentes funciones sociales y estéticas.
Memoria y contención yambú
El yambú se considera una de las formas más antiguas de rumba. Su tempo es lento y su carácter introspectivo. Hace hincapié en la narrativa corporal, el movimiento sutil y la expresión interior. Los bailarines no buscan la interpretación, sino la precisión del movimiento y una relación íntima con la música. El yambú se asocia a menudo con los ancianos. Evoca respeto, continuidad y transmisión. Cada movimiento parece cargado de una historia personal o colectiva. En este estilo, la danza se convierte casi en una narración silenciosa en la que el cuerpo habla sin exceso.
Guaguancó la escena social y el diálogo
El guaguancó es la forma más popular y extendida. Presenta un diálogo entre un hombre y una mujer construido en torno a un juego de seducción y desafío. El famoso gesto del vacunao simboliza un intento de conquista seguido inmediatamente de una respuesta de la pareja, que esquiva, desvía o se anticipa. Más allá de su aspecto lúdico, el guaguancó refleja la dinámica social y las relaciones de poder. Deja mucho espacio para la improvisación, el humor y las personalidades de los bailarines. Cada interpretación es diferente, según el contexto, la energía del grupo y la mirada del público.
Columbia, virtuosismo y afirmación individual
La Columbia es la más rápida y técnicamente exigente. Tradicionalmente bailada en solitario, pone de manifiesto la agilidad, resistencia y creatividad del bailarín. Los movimientos son complejos, los cambios de dirección rápidos y el diálogo con el solista del tambor constante. La Columbia suele considerarse una demostración de maestría y carácter. Requiere un agudo oído para el ritmo y una gran libertad física. Aunque durante mucho tiempo se ha asociado a la expresión masculina, ahora lo adoptan bailarinas que reinterpretan sus códigos con fuerza y legitimidad.
Los instrumentos y el ritmo como lenguaje colectivo
La rumba cubana se basa en una arquitectura rítmica precisa pero profundamente orgánica. Se siente antes de analizarla.
En el corazón de esta estructura está la clave, el motivo rítmico fundamental que organiza la música en su conjunto.
La clave no siempre se toca explícitamente, pero guía cada entrada, cada silencio, cada reinicio.
Alrededor de esta columna vertebral hay un conjunto de instrumentos de percusión, principalmente congas.
Generalmente, se utiliza un trío de tambores, incluido un tambor agudo que improvisa y conversa directamente con el bailarín.
Este diálogo es esencial. Crea una tensión permanente entre la música y el movimiento, como si cada uno provocara al otro.
La voz también desempeña un papel central. Un cantante solista lanza frases a menudo improvisadas, a las que responde un coro.
Rumba en La Habana contemporánea
Aún hoy, forma parte del paisaje sonoro y social de La Habana. No se limita a los escenarios oficiales. Aparece en los barrios en reuniones espontáneas, en patios o en ciertas calles que se han convertido en emblemáticas.
El Callejón de Hamel es uno de los lugares más conocidos para observar esta tradición viva. Cada semana, músicos, bailarines y vecinos se reúnen allí en un ambiente que combina fervor artístico y vida de barrio. Pero más allá de este lugar, la rumba sigue expresándose en muchos espacios menos visibles, donde sigue siendo ante todo un asunto comunitario.
Festivales y transmisión contemporánea
La vitalidad de la rumba cubana también es evidente en eventos dedicados a ella. El Festival Internacional de Rumba de Timbalaye es un ejemplo importante. Se celebra todos los años y reúne a grupos de distintas regiones de Cuba y de otros países vinculados a la historia afrocaribeña. Estos festivales no se limitan a conciertos. Ofrecen talleres, encuentros intergeneracionales y oportunidades para reflexionar sobre la transmisión de conocimientos. Se aborda como un patrimonio vivo que sigue evolucionando sin perder sus raíces populares.
Figuras clave e influencia mundial
La rumba cubana ha ejercido una profunda influencia en la música mundial. Ha alimentado la música afrocubana, la salsa, el jazz latino y numerosas formas híbridas. Artistas como Mongo Santamaría han desempeñado un papel clave en la difusión de la rumba, poniendo en diálogo los ritmos de la rumba con el jazz norteamericano. De estas trayectorias surge un patrón claro. Las prácticas locales de los barrios obreros se convierten en lenguajes musicales universales. Circulan con los artistas, con las migraciones y con las diásporas, creando puentes culturales duraderos entre Cuba y el resto del mundo.
Una tradición en movimiento
La Rumba sigue siendo una de las expresiones culturales más poderosas de Cuba. Cuba. Vincula el pasado con el presente, transforma la memoria en movimiento y sigue evolucionando con el paso de las generaciones. En los patios, en las calles de La Habana o en los grandes festivales, sigue siendo un espacio de libertad, de afirmación y de compartir. Entender la rumba es acercarse a Cuba a través del cuerpo, del sonido y de las relaciones humanas. Significa comprender cómo una cultura nacida de la coacción se ha elevado al rango de símbolo universal sin perder nunca sus raíces populares.
Es una expresión cultural completa que combina percusión, canto, danza e interacción social. Nacida en los barrios obreros del siglo XIX, se basa en las tradiciones afrocubanas y se transmite principalmente a través de la práctica colectiva y la oralidad.
Hay tres estilos principales. El yambú favorece la lentitud y la narración gestual. El guaguancó presenta un seductor diálogo entre parejas. La Columbia se distingue por su velocidad y virtuosismo, y a menudo se baila en solitario.
Todavía se practica en muchos barrios de La Habana y otras ciudades cubanas en reuniones comunitarias. Algunos lugares emblemáticos, como los patios de vecinos y las calles históricas, brindan la oportunidad de observar esta tradición en su contexto social vivo, así como en festivales dedicados a ella.